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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de Santiago Muñoz Machado- 2

Otra diferencia de ese mercado, además de las vistas, se da también en la publicidad. Lo primero que tiene que hacer cualquier comerciante es hacer publicidad de su negocio para darse a conocer como profesional, para saber si vende un servicio o lavadoras. Si lo que pretende es hacer todo esto a través de la red, la publicidad no tiene nada de especial con respecto a los medios habituales, salvo cuando afecta o agrede especialmente a la intimidad. La publicidad en Internet -los que sean usuarios habituales de la red lo habrán comprobado- es muy parecida a la que se puede manejar en televisión; por ejemplo, hay un tipo publicitario muy característico de este ámbito: los banners, cintas que aparecen ocupando un trozo de pantalla y que son muy parecidas a lo que en televisión llama los crolls, cintas, anuncios, que corren a través de la pantalla y no obstaculizan la visión de lo que está ocurriendo. También pueden ser simples anuncios, iguales a los famosos spots televisivos, o comunicaciones sonoras de cualquier clase, la única variación existente en este sistema de publicidad. Asimismo, la serie de reglas que prohiben o disciplinan la publicidad sobre el tabaco o el alcohol, son igualmente aplicables a este nuevo espacio por razones que no vienen al caso. Sin embargo, lo que sí tiene de singular el ámbito de la red virtual es que su publicidad puede molestar al usuario de un modo en que no pueden hacerlo ni la televisión ni otros medios de comunicación, en virtud de algunas cualidades técnicas que estos últimos no poseen. Me refiero a una forma de publicidad que ofrece la posibilidad de mandar mensajes a un usuario reiteradamente, de un modo mecánico y abrumador. Y con respecto a esta cuestión, la regulación creada a escala europea es impedir que esos mensajes entren cuando no se han solicitado, o que al menos existan resortes tecnológicos que impidan la entrada de este tipo de informaciones cuando no son directamente requeridas.

Pero volvamos a un punto anterior. Hemos hablado de transacciones; pues bien, otro aspecto que toca a la regulación que de este ámbito se hace es el que tiene que ver con la posibilidad de asegurarnos de que quien dice ser una persona determinada cuando hace un contrato efectivamente lo sea, independientemente de que se trate del comprador o del vendedor. Asegurarse, por ejemplo, de que quien firma una transacción es realmente la persona dueña de esa firma, asegurarse de la autenticidad de dicha firma. Precisamente esta cuestión de la firma electrónica es en este momento, como digo, objeto de algunas regulaciones que en algún tiempo supondrían también, creo yo, un reto tecnológico. Y estoy convencido, además, de que es uno de los problemas de este ámbito que pasarán a ser historia dentro de bien poco; estoy convencido, porque lo he visto en las películas, como ustedes, de que identificarse a través de las pantallas en breve consistirá simplemente en poner un dedo en la pantalla, o en mirarla para que verifique cuál es la estructura del iris de nuestro ojo. En realidad, no estamos tan lejos de que esto suceda, pues dicha regulación de la firma electrónica ha resuelto la identificación de las partes, es algo que ha sustituido al apretón de manos con el que se terminaba un acuerdo contractual o a la firma ante notario si se trata de una sociedad industrial más compleja. Efectivamente, la firma electrónica trata de hacer lo mismo, trata de garantizar, como digo, que quien hace un pedido a través de Internet es realmente esa persona, y no otra que ha podido abrir la terminal del usuario y falsificar la firma de aquélla. Es un procedimiento extraordinariamente seguro, mucho más seguro, curiosamente, que la firma manuscrita que practicamos todos nosotros, porque asegura no sólo la autenticidad de la firma misma, sino también su pertenencia al usuario, además de garantizar que el mensaje que ha lanzado dicho usuario es correcto. No les aburro para explicarles cómo se hace esto desde un punto de vista técnico, pero la fórmula que ha acogido nuestra propia legislación en una ley, la FEA (Firma Electrónica Avanzada), que regula todo esto es algo que los técnicos llaman un criptograma asimétrico que está compuesto por dos claves, una clave pública y otra clave privada. La cosa es bastante sencilla; las claves públicas de cada firma electrónica figuran en catálogos que, por expresarlo de un modo que se pueda entender claramente, son algo parecido a las guías telefónicas y que son expedidos por autoridades de certificación provinciales, locales, nacionales o mundiales; así, cuanto más amplio es el ámbito territorial que abarca una autoridad de certificación, mejor, porque más seguro será que quien dice ser dueño de una firma efectivamente lo es. De esta forma, cuando cualquiera de nosotros quiera hacer una transacción y asegurarse de que la firma de alguien es tal, allí verá que la firma de Santiago Muñoz Machado, por ejemplo, tiene tal numeración o tal criptograma, y cuando yo quiera comprar algo, cuando Santiago Muñoz Machado quiera comprar algo a alguien que ofrece un servicio, lo único que tendré que hacer será poner también mi clave privada, algo que conozco yo, en el mensaje que envío. Entonces, el que lo recibe casa la clave pública que conoce él con la que viene por el ordenador, que él mismo destapa; luego, el criptograma se abre y se descubre inmediatamente lo que viene cifrado, por lo que se puede acceder a todo. Éste es, en realidad, un procedimiento sencillo, técnicamente muy elaborado y dispuesto para resolver el problema de la seguridad en ese tráfico de compra-venta, así que, como pueden comprobar, no hay nada que esté fuera del mundo, que sea imposible de regular, que necesite autoridades o regulaciones demasiado densas. Las cosas problemáticas son cuatro o cinco, y sus soluciones pueden arbitrarse de un modo técnica y jurídicamente sencillo.

El otro aspecto en el que la regulación puede hacerse necesaria es en lo relativo a la otra gran característica de Internet: ser un gran medio de comunicación. El mundo de la red virtual es lago absolutamente prodigioso que hasta hace poco no existía, y lo es porque en Internet nos convertimos en editores cualquiera de nosotros. Hasta ahora, para tener un medio de comunicación donde expresarse hacía falta ser o empresario de un grupo de prensa o dueño de una cadena de televisión; hacía falta un instrumental que ahora desaparece. Realmente, cualquiera puede ser, como digo, editor de su propio mensaje en cuanto abre la pantalla de su ordenador. Además, este medio tiene la virtud de transmitir los mensajes de modo automático, con una rapidez extraordinaria y sin ningún tipo de frontera que se lo obstaculice; su posibilidad expansiva es realmente inmensa comparada con cualquier otra cosa que conozcamos ahora. Pues bien, por no desviarnos del asunto, en tanto en cuanto que es medio de comunicación, ¿debe Internet ser o no regulado?, ¿y cómo debe ser esa regulación? De nuevo se plantea aquí, de un modo mucho más vivo, la cuestión de la libertad en este medio. Les decía hace un momento que era el sitio de la libertad en su origen universitario, allí donde no había ninguna interferencia del poder, donde los primeros cibernautas se decían lo que les parecía y se conciliaban para cualquier cosa, sin ningún límite; pues bien, son éstos los que ahora dicen que el hecho de que hayan venido a ocuparla los empresarios y el mundo del capital es lo que está provocando la necesidad de una regulación que hasta ahora no había sido necesaria en absoluto. A mi juicio, esas críticas son razonables, pero sólo parcialmente, porque en cuanto el ciberespacio se constituye en mercado es ineludible una mínima regulación del mismo; hay que tomar como principio básico que si no hay una mínima regulación de cualquier mercado enseguida hay alguien dispuesto a ejercer el uso y abuso de éste, a concentrar poder de mercado. Y lo mismo ocurre en el terreno de la comunicación, ámbito en el que es un axioma que una libertad absoluta puede terminar agrediendo, abatiendo, limitando, afectando a las libertades de los demás. De manera que las regulaciones que puedan ser precisas en Internet, concebido éste como medio de comunicación, son justamente aquéllas que pueden venir exigidas por el respeto de los derechos de los demás usuarios; aquí se revive, por tanto, una problemática que es general y común a otros medios de comunicación. Lo que se sitúa frente a la libertad de comunicación y de información es el honor y la dignidad de las personas; en cuanto cualquier tipo de información afecte a la intimidad o a otros derechos personales como la protección de la infancia, la juventud o la ética moral o política -por ejemplo, la difusión de agresiones o de las ideologías nazis y su instrumental, según un ejemplo francés reciente-, la presencia de una regulación es obligada.

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