a


AULA DE CULTURA VIRTUAL

ANTERIOR / PRINCIPAL

Transcripción de la conferencia "El juego de la memoria: luna lunera" de la escritora Rosa Regás 4

Entonces es cuando uno acaba enamorándose de sus personajes, o al menos de uno, con un verdadero amor, con un amor tan profundo como el que se pueda tener hacia una persona real, y acaba odiándolos también, teniéndoles compasión, acaba hartándose de un personaje que siempre aparece cuando no se quiere que aparezca. Uno se acostumbra a vivir en este paisaje y en este mundo que ha inventado, con estas gentes que lo habitan, por eso, cuando el libro se acaba, la desolación es total: uno se queda solo, abandonado, y ya no sabe a quién recurrir, porque aquel libro ya se ha ido; uno lo entrega al editor y, cuando el editor lo devuelve en forma de galeradas, ya no es lo mismo, es como si alguien hubiera irrumpido en la intimidad y se hubiera llevado una parte de ella, y poco a poco, estos personajes que uno busca por la noche cuando se acuesta, que ya no son nuestros, que empiezan a ser personajes de los lectores y que cada vez más serán sus personajes, viviéndolos y mirándolos a su manera.

El que a mí me parece un santo, a ellos les parece un demonio, y el que a mí me parecía un hombre inteligente, les parece un cretino, porque es la creación del lector lo que importa. Todo este mundo va desapareciendo, y el autor se queda -yo, al menos- muy solo. Tal vez por ese motivo uno se dedica a la promoción y va de un sitio a otro: para no enterarse del vacío que tiene dentro. Sin embargo, poco a poco, muy poco a poco, y a través de una bruma, como si se tratara de estos jinetes que aparecen en el desierto y se ven, en un principio, borrados por la sombra de la arena para ir apareciendo en el horizonte, alguien, algo, un bulto que uno no sabe muy bien qué es, se va acercando, se va acercando, y se va conviertiendo en un personaje que luego irá desarrollándose y traerá su mundo; así volverá a surgir otra novela. Ésta es, en cierto modo, la historia de lo que me está pasando a mí en este momento, lo que pasa es que, cuando vuelvo a hablar de Luna lunera y vuelvo a pensar en sus personajes, todavía estoy en la época en la que me entra verdadera nostalgia. No tengo nostalgia de Azul, por ejemplo, ni siquiera nostalgia de Memoria de Almator, pero sí tengo todavía nostalgia de los personajes de mi última novela.

Ahora bien, estoy segura de que, dentro de un mes, o un mes y medio, cuando las cuatro notas que estoy tomando del personaje que se acerca por el horizonte las tenga ya un poco más claras, desaparecerá definitivamente este mundo de la calle Fernando de Barcelona, este mundo opresivo de la postguerra. Se convertirá en un mundo que yo les pasaré a ustedes, convencida de que la creación literaria, el misterio y la grandeza de la creación literaria, no está solamente en la capacidad de crear este mundo, este mundo que es tan real como el mundo real, que, aunque sea la cosa más disparatada, acaba convenciéndonos ócomo si ustedes leen, por ejemplo, La metamorfosis de Kafka, que es la historia de un hombre que se convierte en una inmensa cucaracha, por el que acabamos teniendo piedad, ya que la familia no quiere saber nada de él y le encierran en su cuartoó, sino también en el papel que les toca a los lectores, en lo que yo llamo los placeres activos, contrapuestos a los pasivos ótodos sabemos cuáles son éstos: se pone uno delante del televisor y se empieza hacer zapping, y te tocan las 3 de la mañana.

A mí me pasa, así que acaba uno no teniendo televisor, porque, si no, ni habría escrito ni habría llamado por teléfono ni habría hecho nada más que esto, ya que es muy poco esfuerzo el que exige la televisión-. Los placeres activos son aquéllos en los que nosotros ponemos nuestra fantasía, nuestra imaginación; nos recuerdan algo, ponemos nuestra memoria y, en ella, aparecen las imágenes como quieren, porque ya saben que la memoria nos hace trampas constantemente, y que, a veces, un jardín que nos parecía inmenso, nos lo devuelve pequeñito. Pues bien, todo esto se va mezclando con lo que leemos: ponemos una cara a un personaje y no es más que la cara de alguien que hemos conocido, y lo que estamos leyendo lo estamos transformando con nuestra propia experiencia, con nuestros cromosomas, con nuestra manera de ser. Con nuestra manera de ver el mundo transformamos una novela, convirtiéndola, únicamente, en nuestra.

Si yo, por ejemplo, estoy viendo un cuadro de Velázquez, estoy viendo en este cuadro algo que Velázquez nunca pudo imaginar; la grandeza de esta obra persiste porque yo la veo y porque la ve otro señor, y porque, en cada mirada, cada uno pone su vida y transforma este cuadro en una nueva obra de arte. Esto es lo que pasa con las novelas: cuando el escritor deja su novela, se la da al editor y se la da a los lectores; entonces, son los lectores los que transforman ésta en su propia novela. En ello reside, como he dicho, la grandeza de la obra de arte.

Finalmente, querría hablarles de lo que es propiamente dicha novela y de por qué nos fascina tanto a los que la escribimos y a los que la leemos. Tengamos en cuenta que, ciertamente, una novela es la cosa seguramente más inútil del mundo; si yo no la escribo, nadie me exigirá que lo haga, no pasará nada. Es muy distinto a si un ingeniero no hace un puente o a si un obrero no hace la pieza que le han encargado; si no se hace una novela, no se hace. Aun así, ella aporta un conocimiento que, no siendo científico, es de otro orden: es un conocimiento poético, un conocimiento que nos ayuda no sólo a identificarnos con los personajes de una novela y a meternos en su mundo, sino también a ser capaces de ponernos en la propia mirada del escritor y ver con él el mundo que ha creado, haciéndolo nuestro.

Esto nos enseña de la vida y nos enseña de nosotros mismos, y nos saca tantas cosas de nuestro interior que se puede decir, y yo creo que se dice de verdad, que el conocimiento poético de una obra que se lee es, muchísimas veces, más importante que todas las críticas que nos puedan ofrecer los grandes sabios, porque, tal vez, lo más significativo en un escritor es su talento. Esto que acabo de decir es evidente. A veces me hablan de la literatura femenina, de la literatura de los jóvenes, de la literatura de la generación tal, y yo no creo en estas cosas. Son adjetivos, pero son adjetivos que no enseñan profundamente lo que es un escritor. Un escritor joven puede tener menos experiencia o puede tener más: Raymond Radiguet, por ejemplo, escribió una novela a los 20 años y era una verdadera maravilla; en cambio, hay otras personas que, a sus 60 años, no han acumulado dicha experiencia y siguen escribiendo como escribiría un niño de la escuela. Las mujeres pueden tener mucha sensibilidad, y nosotras decimos que nos gusta leer libros de mujeres porque nos hablan de lo nuestro, como los negros de América hablan de los problemas raciales, pero no porque sea fundamental, no porque tengan una manera de escribir distinta.

Lo único que define realmente a un escritor es, como ya he dicho, su talante; no hay más. Todo lo demás son maneras de englobarnos en generaciones, en grupos, bien geográficos, bien por sexos..., en lo que sea, para mayor tranquilidad o, tal vez, para mayor facilidad, para poder conocernos e intentar definirnos. Sin embargo, lo único que define a un escritor es su talento, ése que le vemos y que, a lo mejor, no está desarrollado, aunque se intuya. Muchas veces, uno lee un libro y no acaba de gustarle; no obstante, dice ´cuánto talento hay en este escritor'. Entonces, te entran ganas de seguir porque sabes que, un día u otro, este escritor escribirá una novela buena, buenísima, o un poema fantástico. Así que, como ya he dicho, el talento es lo único que nos define, lo único; el poco o mucho talento que tengamos, el talento que queramos tener, el que queramos desarrollar, el que estemos dispuestos a jugarnos Decía Folkner que, si es necesario, hay que matar a la propia madre para escribir una buena novela. Yo no creo que haga falta matar a nadie, y menos a la madre, pero sí que quiero decir que el escritor que tiene talento, poco o mucho, se juega el alma en una novela.

De hecho, tiene más posibilidades de escribir una buena novela que aquél que sólo quiere figurar, estar en la cresta de la ola, alcanzar la fama o alcanzar el dinero. Y yo no digo que todo este afán sea malo -hay muchas personas para las cuales esto es el objetivo importante en su vida-, pero, para los que quieren escribir una buena novela, yo creo que lo más importante es poner en ella todo lo que uno tiene, saber exactamente, y aquí viene lo que les decía de la crítica, que la distancia que hay entre lo que uno ha escrito y lo que uno quería escribir es muy grande, porque, ciertamente, así es: uno no acaba escribiendo lo que quería hacer. Sin embargo, hay que ser consciente de esto, no hay que dejarse llevar por la vanidad; cuando nos han dicho ´ha escrito una novela estupenda' tendemos a pensar ´ya he llegado adonde quería llegar', y no, el escritor sabe, realmente, que no ha llegado. Y eso es lo mejor que le puede ocurrir: que no llegue nunca a lo que se ha propuesto, que intente trabajar en ello toda la vida, que cada vez se acerque más pero nunca llegue a conseguirlo, porque, si llega, dejará de buscar y no hará más que repetirse para siempre. Ésta es la crítica que tiene que tener un escritor. Decía el otro día Carlos Bousoño que la medida de un escritor es la medida del crítico que tiene dentro.

Yo no tengo nada más que decirles. Espero que compartan algunas de estas ideas conmigo y que, por lo menos, reflexionen sobre ellas, para que alguna vez les saquen algún provecho.

ANTERIOR / PRINCIPAL

Enviar la noticia a un amigo

subir




info@diario-elcorreo.es

Pintor Losada 7
Teléfono: +34 1 944870100 / Fax: +34 1944870100
48004BILBAO