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Transcripción de la conferencia de Charles Powell- 3

Dicho esto, ahora querría analizar muy rápidamente algunos aspectos del propio régimen de Franco que facilitaron el cambio hacia la democracia, y con ello no quiero decir que lo facilitaran intencionadamente, aunque posteriormente ha habido miembros de aquella elite política que sostuvieron que ése había sido precisamente su objetivo. Simplemente les resumiré dos o tres aspectos del modus operandi de aquel régimen que paradójicamente favoreció el cambio pacífico. El primero sería la ausencia de un partido único: en los países comunistas había un partido único que tamizaba todo, que interpretada todo, que era el guardián de la ortodoxia; en España, ese partido, la Falange, existió en los años 30 y 40, y fue importante en aquel momento fundacional, pero rápidamente perdió importancia y peso dentro del propio Régimen, por lo que hacia los años 70 resultaba ser una cáscara vacía, una prolongación de la administración, y como tal, era incapaz de oponerse al cambio.

El segundo aspecto es el constituido por las Fuerzas Armadas, que creo que muy a menudo han sido mal interpretadas. Sin duda, al principio, inmediatamente después de la Guerra Civil, ocuparon un lugar crucial en el entramado del régimen franquista, pero su papel, al igual que en el caso del Movimiento, también declinó en los años 60 y 70, hasta el punto de que un general de la época definió al Ejército como «el pariente pobre del desarrollo». De hecho, el Ejército ni siquiera pudo exigir que se dedicasen recursos a su propia modernización, y precisamente una de sus mayores paradojas la constituye que en el año 1975 llegó a un estado más bien lamentable. Fíjense que en el año 1973, por ejemplo, el Estado español tuvo un gasto militar inferior al 2% del producto interior bruto -ningún país de Europa, salvo Luxemburgo, gastó menos en defensa en aquel año-, y esto es paradójico, porque a menudo pensamos en el franquismo como en un régimen militar, cuando yo diría que más bien fue la dictadura de un militar, no una dictadura militar.

Los militares, en los años 60 y 70, no gobernaban, aunque estuviesen cerca de los que sí lo hacían, y tampoco tenían poder real, aunque podían condicionar a quienes sí lo ejercían; es más, la propia participación del Ejército en algunas instituciones políticas del Régimen como las Cortes, el Consejo del Reino e incluso el Gobierno debilitó su capacidad para defender sus intereses estamentales, corporativos, porque esa misma presencia fomentó también el rechazo de otros sectores del Ejército. Por ejemplo, recordarán ustedes la Unión Militar Democrática, fundada en el año 1974 por jóvenes oficiales partidarios de una salida democrática; pues bien, esto demuestra que las Fuerzas Armadas no sólo estaban divididas en cuanto a su función política, sino que también carecían del poder y de la autoridad para imponerse, de ahí que, quizás en contra de lo que muchas personas habían esperado, el Ejército no tuviera un papel destacado en la Transición. Como institución, a lo largo de todo el proceso solo pudo oponerse a un acontecimiento: la legalización del Partido Comunista en la Semana Santa de 1977; eso sí, se opuso a posteriori, cuando ya se había realizado y, por lo tanto, de forma totalmente inoperante, ya que lo único que fue capaz de hacer para frenar o limitar el proceso de cambio fue negarse a aceptar aquellas reformas que le afectaban directamente como institución, como, por ejemplo, la amnistía del año 1977, que afectaba precisamente a esos militares de la Unión Militar Democrática a los que ya me he referido.

El asunto es: ¿por qué es importante todo esto? Porque significa que en el año 1975, cuando murió Franco, la base institucional y organizadora del Régimen era mayoritariamente civil, y la experiencia comparada de otros países como Portugal, Grecia, Argentina, Chile o Brasil ha demostrado que las posibilidades de éxito en un proceso de transición son siempre mayores si quienes lo inician son los elementos civiles que controlan el régimen. Esto es así porque, en parte, todo instituto armado tiene el monopolio de la fuerza, mayor capacidad para imponer ciertos dominios reservados, así que este declive del Movimiento y del Ejército es síntoma de otro fenómeno muy importante para entender la Transición: la creciente separación entre Régimen y Estado. En sus inicios, el franquismo fue lo que Umbral ha llamado «un Estado "campamental"», donde todo se fundía y se confundía; realmente no había una distinción clara entre Gobierno, Ejército, Falange, Iglesia, etc. Pero a medida que fue avanzando este desarrollo social y económico del que he hablado, aparecieron nuevas políticas en el ámbito de la educación, de la salud, de la creación, e incluso un mini-Estado de bienestar, rudimentario, evidentemente.

Esto supuso un notable crecimiento del Estado: entre los años 50 y 70, el gasto en administraciones públicas se multiplicó por dos, pasando del 10 al 20% de la renta nacional, y lo importante es no sólo que creciera el Estado, sino también dónde creció y en que ámbitos. Y creció precisamente en ámbitos estrictamente civiles, como hemos visto antes, relacionados con la actividad económica y con los servicios públicos, las pensiones, la educación, la salud, etc. Por lo tanto, el Estado creció y además se hizo más sofisticado, lo que necesitó de una racionalización y una burocratización de la administración pública, de una selección menos arbitraria de los funcionarios y, por consiguiente, de una mayor neutralidad de dichos funcionarios públicos. Así que, paradójicamente, el Régimen se fue quedando anquilosado, sin sufrir apenas transformaciones internas, pero el Estado se modernizó y creció de una manera autónoma e independiente, lo que explica un fenómeno muy importante: que la administración jamás fue un obstáculo para la democratización.

El Estado, que se había creado a la sombra del Régimen, nunca fue un obstáculo para la democratización; ni siquiera la policía. Por ejemplo, la organización Justicia Democrática, que agrupaba a algunos jueces, se creó en el año 1971, y buena parte de los profesores de universidad, que por supuesto eran funcionarios del Estado, no eran precisamente afines al Régimen a la altura del año 1975. Y esto es muy importante, porque a diferencia de lo ocurrido en la Europa central y oriental, hubo diferenciación entre el Régimen y el Estado; cuando desapareció o se transformó el primero, el segundo permaneció para garantizar la continuidad, no como en los países comunistas, donde la caída del primero supuso la disolución del segundo. Esto supone que, por lo tanto, ha sido necesario crear un nuevo Estado a la vez que se creaba un nuevo régimen democrático. Y fíjense ustedes, a tenor de lo que está pasando todavía en Rusia, en lo difícil que está resultando esa tarea bastantes años después de la caída del sistema comunista.

Cambiando de aspecto, hay dos cuestiones más en relación con la propia dinámica interna del Régimen. En primer lugar, éste gozaba de una cierta legitimidad de origen, evidentemente no compartida por todos los españoles, por su victoria en la Guerra Civil, pero esa legitimidad de origen fue perdiendo fuerza a medida que pasaron los años y el Régimen sintió la necesidad de generar nuevas formas de legitimidad. Por eso intentó institucionalizar una cierta participación, por supuesto limitada, de aquellos sectores de la sociedad que lo apoyaban; más concretamente, intentó una institucionalización de lo que se ha denominado «el pluralismo político limitado» o, si lo prefieren, las familias políticas que componían el Régimen. Eso dio lugar, por ejemplo, a la aprobación de la Ley Orgánica del Estado en el año 1966, que abrió un enorme debate sobre las asociaciones políticas, sobre si era posible lo que en aquella época se llamaba «la concurrencia de criterios» dentro del propio Régimen. Al final, ese debate se cerró en falso por un motivo muy sencillo: porque cualquier institucionalización del pluralismo, de ese pluralismo limitado que existía en el Régimen, podía limitar el poder de arbitraje del propio general Franco, que en última instancia era la clave del sistema. Eso produjo el desencanto cada vez mayor de los llamados «aperturistas», muchos de los cuales se convirtieron en reformistas porque buscaban en las urnas el instrumento que les permitiese acceder al poder, acceso que el propio Régimen les estaba negando. En este sentido, creo que Manuel Fraga Iribarne es un buen exponente de ese desencanto aperturista que se transforma en reformismo.

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