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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia 'La mujer en el siglo XX'- 4

Eso sí, yo creo que ahora ya no corren buenos tiempos para aquellas teorías, para La mística de la feminidad, porque la violencia contra las mujeres ha vuelto a aumentar en los países desarrollados, o por lo menos es más evidente. En los otros, en los de siempre, en el Tercer Mundo, sigue siendo exactamente igual que siempre, y yo me pregunto al ver la historia de aquella mujer, al ver las estadísticas, al ver el libro que ha escrito, un tanto lacrimógeno y en el que se lamenta de ciertas etapas de su vida, para qué habrá servido la lucha de tantas mujeres. Y cuando veo a nuestras hijas, a estas hijas adolescentes que persiguen al Alejandro Sanz de turno o a cualquier maravilloso cantante de éstos, pienso para qué les han servido tantos anticonceptivos, tanta doctrina. A pesar de tantos ejemplos, se siguen quedando embarazadas contra su voluntad, muchas siguen abortando clandestinamente, a veces se casan no por voluntad propia, sino por casarse, y en ocasiones dejan que les peguen sus maridos. Entonces defendíamos la igualdad con ciertas teorías que están totalmente revisadas y equivocadas, que eran un poco andróginas, que nos obligaban a prescindir de joyas, de perfumes y del tacón de aguja porque nos parecían signos externos un poco contraproducentes para sentirnos más libres; y resulta que ahora, la estética actual obliga no sólo a pintarse los labios con carmín, sino a inflarlos con silicona o con colágeno. No oculto que la decepción que aflige a muchas de las que participamos en aquel movimiento puede venir, bien es verdad, porque ya actuamos como abuelitas que contamos viejas batallas, pero el filósofo José Antonio Marina, que ha escrito el prólogo de algunos de mis libros, me aconsejaba, concretamente en El sentir de las mujeres, que no nos dejemos engañar, que no dejemos de escuchar las voces que nos vienen del fondo de los siglos para que podamos construir una nueva memoria y que debemos empezar ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde.

El último libro de éxito sobre este tema me ha llegado de Estados Unidos. Se titula La esposa rendida y da consejos a las mujeres para conseguir un matrimonio duradero, entre los que se encuentran, por ejemplo, no llevar la contraria al marido, tenerle preparada la comida a tiempo, las zapatillas calentitas por si tiene los pies fríos cuando vuelve del trabajo o lavarle la cabeza cuando él lo desee. Y lo asombroso es que tiene un éxito arrollador; es un libro de autoayuda que se vende mucho en Estados Unidos, pero, qué duda cabe, es un volver a empezar "¿Qué hay de malo en esto?", se preguntarán algunos hombres; pues nada excepto tener que hacerlo por obligación y no por devoción. A las mujeres no nos molesta en absoluto agradar a los hombres, siempre que no se convierta en una pauta de obligado cumplimiento, y lo que sobre todo nos gusta es que la actitud sea recíproca y ellos pretendan o intenten hacer lo mismo. Está claro que por convertirnos en esposas rendidas perdimos la libertad ¿Por qué la valoramos tanto si es una palabra grandilocuente, hueca, no significa nada?; pues porque yo creo que se trata de mucho más que de un principio abstracto, retórico. La libertad es algo muy simple, muy modesto, muy humilde; queremos ser libres simplemente para pasearnos sin miedo por donde nos apetezca, para disponer de nuestras cosas, para movernos con quien queramos, para tener los amigos que nos gusten más, para elegir las compañías que nos parezca, para tener hijos o no tenerlos. En resumen, la libertad es una cosa tan simple como la capacidad personal para desarrollar nuestra vida y nuestro proyecto de felicidad como lo consideremos más oportuno; no es nada más que eso. Algo tan simple como elegir lo que nos gusta y rechazar lo que no nos gusta, y esto sin estar sometidas a un destino o al capricho de lo que los demás quieran.

Sin embargo, hay muchas mujeres que ni siquiera pueden tomar estas decisiones tan elementales porque no les dejan organizar su vida a su manera; nada más. Lo que piden las mujeres de este siglo no es ninguna lucha contra los hombres, no es una igualdad a ultranza; simplemente es eso a lo que me acabo de referir. Además, yo creo que no hay que confundir nunca la sumisión obligada con la voluntaria que se produce cuando decidimos poner nuestra felicidad en manos de los otros; como por ejemplo cuando nos enamoramos, o cuando somos niños y confiamos tanto en los padres que les entregamos satisfechos nuestra felicidad sin echar de menos ninguna libertad, o cuando la gente tiene arrebatos místicos, políticos o de cualquier otro tipo y quiere seguir a un líder. En estos casos excepcionales no es ninguna cuestión degradante el querer ofrecer nuestra libertad en aras de algo que adoramos. Ahora bien, en estos casos nuestra felicidad no depende de la libertad, depende de esa otra persona.

El caso es que siempre vivimos tapando los agujeros que nosotros mismos hemos abierto y aprendemos mejor con el escarmiento, cuando nos damos cuenta, a través de la propia experiencia, de que nos hemos equivocado. La conquista de los derechos es una lucha larga tanto para los hombres como para las mujeres, los esclavos o los negros, y todos los que han luchado en algún movimiento de liberación lo han luchado por ellos. Una lucha que es muy larga y nunca avanza de manera lineal, sino con traspiés que parecen hacernos retroceder. Sin embargo, los derechos no se conquistan de una vez por todas; hay que afianzarlos, defenderlos continuamente para poder seguir manteniéndolos, porque si no, nos los quitan. Ya digo que hay muchos momentos personales, sociales, políticos e históricos en los que tenemos la sensación de que todo se va a ir al traste, de que perdemos nuevamente nuestra dignidad y de que ninguno de los esfuerzos realizados merecieron la pena; entonces es cuando nos entra el desánimo y buscamos un refugio engañoso. Algunas mujeres se vuelven escépticas respecto a las conquistas, y en más de una ocasión, he oído a muchas mujeres independientes caer en la tentación de dejar de serlo para encontrar falsos refugios. Cuántas veces hemos oído: "prefiero ser una mujer objeto o encontrar un buen hombre que me mantenga. Estoy harta de realizarme, de vivir así". Y eso sucede porque olvidamos lo difícil que resulta sentirse bien cuando una es dependiente, cuando termina siendo esclavizada, sometida y privada de esa elemental y sencilla libertad personal que radica únicamente en elegir lo que a una le gusta y rechazar lo que a una le disgusta. Debemos acordarnos siempre de que la dependencia nos priva de la libertad, de que esa aventura de depender de alguien de una manera necesaria, imprescindible, sin tener nuestros propios recursos, siempre acaba mal. Y no sólo para nosotras, sino también para los otros. Sin independencia económica no tendremos las otras independencias; ni política, ni sexual, ni igualdad ante la ley, ni posibilidad de elegir nuestro destino. Ahora bien, algunas mujeres de mi generación no tienen del todo claro si han logrado el suficiente bienestar después de tanto esfuerzo, porque hemos sido madres trabajadoras, hemos dedicado demasiado tiempo a sentirnos eso de lo que hablaba antes, realizadas, y quizá no hemos sabido transmitir que ese esfuerzo mereció la pena.

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