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AULA DE CULTURA VIRTUAL

La Fundación Grupo Correo está desarrollando este año un interesante programa de conferencias cuyas transcripciones ofrecemos en El Correo Digital.

Si quieres la paz, busca y construye la justicia

MATEO AGUIRRE, DIRECTOR DEL SERVICIO JESUITA DE REFUGIADOS
Bilbao, 12 de febrero de 2001

Mateo Aguirre. EL CORREO
Para mí es un privilegio y una alegría estar aquí, en Bilbao, con vosotros, participando en esta campaña número 42 de Manos Unidas. Un privilegio al sentirme asociado a esta campaña que me sedujo desde el principio precisamente por su lema: Si quieres la paz, busca y construye la justicia. Efectivamente, el objetivo de Manos Unidas es consolidar nuestra solidaridad y darle, al mismo tiempo, su verdadera dimensión: ayudarnos a diseñar una sociedad que tanto desde el punto de vista legal como en sus estructuras sea un espacio en el que el hombre pueda vivir de pie, con dignidad, en función de la dignidad que le viene dada como hijo del mismo Dios para todos nosotros.

Por otra parte, me encuentro muy a gusto porque es la ocasión de pagar, en cierta manera, la deuda que he contraído con Manos Unidas a lo largo de todos estos años. Yo estoy trabajando en colaboración con este organismo desde el año 1994, justo después de los sucesos de Ruanda que todos recordamos, cuando tuvo lugar aquel gran genocidio en el que murieron, por lo que se dice, hasta un millón de personas entre tutsis y hutus moderados, y que no solamente acabó con todas ellas, sino que al mismo tiempo generó uno de los dramas humanos más importantes que ha conocido la sociedad del siglo XX: alrededor de casi 2.100.000 personas tuvieron que huir de sus países y refugiarse en los países vecinos para proteger su vida. En ese ámbito, como digo, me puse yo en contacto con esta asociación, y hay varias anécdotas que os contaré a continuación.

Yo recuerdo que aterricé en una ciudad que se llama Bucavu, al borde del Lago Kivu, al Este del Congo, para trabajar en el Servicio de Jesuitas de Refugiados, este servicio que fue fundado por el padre Arrupe, al que todos conoceréis porque es de Bilbao. Dicho Servicio tiene como prioridad acompañar, servir y defender a los refugiados, y en ese contexto, un grupo de voluntarios europeos, australianos... -había de todo- e incluso africanos movidos por un mismo ideal, por una misma visión del hombre, se pusieron al servicio de esta gente. Cuando llegué, me encontré con unas "ciudades" -vamos a llamarlas así-, los campos de refugiados, en cuya totalidad habría aproximadamente 500.000 personas en las situaciones más duras de precariedad.

Habían estado huidos durante casi dos meses, habían llegado a Bucavu totalmente agotados y debíamos ofrecerles de todo: comida, vestido, albergue, acompañamiento, presencia, etc. Lo primero que hicimos fue tomar conciencia de esos problemas y comprobar cuáles eran las prioridades; luego, hacer proyectos. Y cuando ya me encontré con esos proyectos elaborados, entonces tuve que venir a Europa, ofuscado porque eran unos proyectos que iban más allá de los 2.000.000 de dólares (unos 300.000 millones de pesetas), a buscar gente y ayuda. Al cabo de un mes, volví con gente y con fondos suficientes para poder empezar, y mi primer contacto fue precisamente Manos Unidas. Yo toqué a muchas puertas, tuve muchos contactos, pero recuerdo aquella mañana en Madrid, donde me recibieron un poco cansado de recibir muchas buenas palabras y poco soporte; recuerdo el intercambio que tuvimos, cuando les hablé de aquellos huérfanos, de aquellos niños -de los que os voy a hablar ahora- que estaban en situaciones al límite del infierno. Fue una experiencia muy agradable el poder encontrar a alguien al que de verdad interesaban estas cuestiones; de hecho, regresé a África llevando conmigo la colaboración de Manos Unidas.

Gracias a esta organización, el Servicio Jesuita de Refugiados ha podido hacer dos grandes proyectos. Uno, en Ruanda, en la antigua capital del imperio tutsi. Allí nos encontramos con cientos de niños que lo habían perdido todo; no sólo es que fueran huérfanos, sino que también habían perdido a hermanos, tíos..., al resto de su familia. Y gracias a la colaboración y presencia de Manos Unidas pudimos reconstruir un antiguo colegio destruido por la guerra, les pudimos dar pan, vestirlos, escolarizarlos, darles todos los cuidados necesarios para su salud y sobre todo llevarles vuestra solidaridad.

Pudimos hacerles comprender que había gente en el mundo que consideraba que tenían valor, que tenían un precio, y hoy en día, esos niños de ayer, algunos de ellos, ya están en primero o en segundo año de universidad, y muchos están en las escuelas secundarias; es decir, la mayor parte está caminando. Pero es que además de ofrecerles esa ayuda material, pusimos a su disposición dos elementos importantes: uno, un acompañamiento psicológico para acompañarles en sus traumas; otro -porque Manos Unidas tiene mucha experiencia en este tipo de situaciones-, al darnos cuenta de que un huérfano es huérfano durante toda la vida y no basta con ocuparnos de ellos durante un tramo de su existencia, sino que había que ofrecerles la posibilidad de seguir creciendo con autonomía, la creación de "miniproyectos" de desarrollo. Recuerdo que pudimos comprar unas 10 hectáreas para cultivar, construimos una serie de lagos para piscifactorías, toda una granja, con vacas y con todos los animales apropiados. Con todo ello, gracias a vuestra solidaridad, hoy día esos niños siguen viviendo; eso sí, libres, autónomos, porque ellos mismos se han implicado.

 

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