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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia del escritor Lorenzo Silva el 8 de mayo de 2000 - 4

En cuanto a ese becerro de oro, casi lo llamaría así, adorado a lo largo de todo el siglo por los escritores y los literatos españoles, ese maravilloso estilo, ¿qué hacer con él?, ¿qué hacer con el estilo? Respecto a este asunto, yo creo que un novelista debería ser consciente de que el idioma, el lenguaje, para él es una herramienta. Habrá quien a lo mejor se escandalice de esto, `bueno, un escritor diciendo que el idioma es una simple herramienta´; pues lo digo, porque no lo digo como escritor, lo digo como novelista. Éste es alguien que cuenta historias con el lenguaje, y para él, lo primero es la historia y después el lenguaje; decir, además, que el lenguaje es una herramienta no es despreciarlo.

A mí me admira algo que cada vez es más difícil: ver a quien desempeña un oficio manual, a un carpintero o a un herrero, o a un fresador, qué se yo, y una de las cosas que me admira de observar a, por ejemplo, un carpintero es el mimo que tiene con sus herramientas; es difícil encontrar a alguien que cuide más una cosa que quien utiliza herramientas para un trabajo manual la manera. Podemos considerar a la palabra una herramienta y sin embargo cuidarla, pero cuidarla como herramienta; yo creo que el carpintero nunca te pondrá su serrucho a su trabajo, sabrá que su serrucho es algo que le sirve para hacer mejor su trabajo y que no debe maltratarlo, pero también es consciente de que no debe ponerlo por encima de lo que está haciendo.

Cuando se plantea uno el problema del estilo, aparte de estas reflexiones de Marsé que leía antes, a mí me vienen a la cabeza muchas otras; la verdad es que hay muchas que merecen la pena, como, por ejemplo, la de otro escritor español, Ramón Sender, al que una vez le preguntaron `¿para usted qué es el estilo?, ¿cuál es el mejor estilo que puede tener un narrador?´, a lo que él respondió de una manera bastante sencilla y breve, `el mejor estilo para un novelista es el que no se nota´, y estoy absolutamente de acuerdo. Cuando uno lea una buena novela, una novela que le engancha de principio a fin, de lo último que se preocupa es del estilo; cuando uno se fija en el estilo, algo empieza a fallar en la historia.

Otra cita -sin querer resultar agotador en esto de los ejemplos- es la de un escritor, en este caso no español, sino inglés, Robert Graves, un buen narrador que consiguió que mucha gente leyera y conociera sus historias, desde Yo, Claudio hasta muchas otras. Él decía que lo que sabía del estilo lo había aprendido en el colegio -tan temprano como entonces-; tuvo la suerte de ir a uno de esos colegios ingleses -la suerte y la desgracia, porque era uno de esos sitios donde te apaleaban con regularidad, aunque, por otra parte, de vez en cuando, te enseñaban algo que merecía la pena- y a él le enseñaron, le enseñó, de hecho, uno de esos preceptores en aquel colegio, que para escribir había que hacer, ante todo, dos cosas: primera, no utilizar adjetivos si se podía decir lo mismo con un verbo y un sustantivo -es un buen consejo, hay muchas novelas donde hay demasiados adjetivos; su excesiva utilización no describe, no califica, sino que ahoga al lector y al escritor-; segunda, nunca escribas una frase de más, ante la duda, táchala; por último, los dos consejos se resumían en uno: nunca olvides, si sigues escribiendo, que tu mejor amigo es el cesto de los papeles.

Y esto es verdad, el cesto de los papeles es el lugar a donde va todo aquello que uno escribe en un momento determinado pero que, cuando puede reflexionar, se da cuenta de que sobra, de que no sirve para nada; eso, indudablemente, hay que tirarlo, no hay que hacerle a nadie perder el tiempo con ello simplemente porque a uno le ha costado trabajo escribirlo; está bien que uno se quiera, pero uno no debe valorar su labor hasta el extremo de imponérsela a los demás cuando no merece la pena. En definitiva, ¿por qué todo esto?, pues porque vuelvo a algo que he apuntado antes y que quisiera afirmar con rotundidad: la novela no es un género para una élite cultural, la novela no es un género de élites; la novela, desde que la inventó Cervantes, es un género popular -creo que esa es su grandeza y, probablemente, también su miseria-, es un género que ha tenido, a lo largo de los siglos, la capacidad de llegar a muchas personas de muy diversa condición social, económica, incluso cultural, de muy diversos países. Una de las cosas que más envidia le puede producir a uno es la cantidad de personas, de lugares tan remotos, que conocen las andanzas de un hidalgo llamado Alonso Quijano; ése es, quizá, el principal valor de El Quijote, que es una historia capaz de llegar a muchísimos sitios, incluso a muchísimas épocas.

Desde mi propia percepción de la coyuntura narrativa, los novelistas tenemos el deber de seguir defendiendo la novela como algo que sirve para conocer la realidad, que sirve para criticarla, para comprenderla un poco mejor, pero que, al propio tiempo, cumple esa función, no con respecto a tres o cuatro listillos, no con respecto a tres o cuatro iniciados, sino con respecto a muchas personas; eso es, posiblemente, lo que más ennoblece y lo que más valor le da a la novela como género literario.

Dicho todo esto, yo quisiera bajar el tono de esta exposición y entrar un poco más, si quieren, en lo que casi podríamos calificar de cotilleo. Me gustaría hablar de algunos nombres y me gustaría, también, hablar de todas esas cosas que, cuando teorizamos sobre la literatura, nos callamos porque, bueno, tampoco son tan presentables ¿A qué me refiero?, pues me refiero, en primer lugar, a la literatura, a la novela, como fenómeno de mercado, como fenómeno comercial, incluso si quieren como fenómeno mediático, ahora que está de moda esa palabra.

De esto no podemos hablar, es de mal gusto, los escritores escribimos porque sentimos una llamada cuasi religiosa hacia la literatura, y no nos importa ganar o perder dinero, no nos importa ser o no ser famosos, eso dirá casi todo el mundo ¿Cuál es la verdad de todo esto?, la verdad de todo esto es que, cuando alguien tiene la oportunidad de entrar en la lista de los libros más vendidos, va por su barrio enseñándole la lista a todo el mundo y diciendo `aquí estoy, aquí estoy, cuidado conmigo que ya estoy entre los más vendidos´, y al final, la realidad es que muchas veces, como decía... -no recuerdo ahora quién, pero era un escritor español actual-, las reuniones de escritores, lejos de convertirse en reuniones en las que se hable de asuntos elevados, casi siempre acaban tratando de dinero; es decir, a tí cuánto te han dado de anticipo, tú cuánto has vendido, a tí a cuántos idiomas te han traducido. En fin, que, más allá de la hipocresía, la verdad es que a todo el mundo le importa la repercusión comercial de lo que hace.

Creo, además, que hay una parte legítima en el hecho de que tu libro se venda o no se venda, porque es una medida de lo que tu libro se lee o no se lee, y decía antes que todos escribimos para que nos lean. Hay otras partes que parecen ser menos legítimas, y que incluso son un poco patéticas; a mi modo de ver, patético es, por ejemplo, que los españoles se empeñen en ser personajes famosos. Esto existe, e incluso hay personas que se dedican a la literatura como manera de alcanzar notoriedad pública, lo cual me parece una decisión ridícula cuya naturaleza, además, puedo justificar, para que no se me tilde de desconsiderado, con algunas experiencias propias que han sido muy aleccionadoras. Una de éstas se produce todos los años en la feria del libro, una ceremonia que se celebra en varios sitios aunque su dimensión más importante es en Madrid, adonde van cientos de miles de personas y adonde vamos todos los escritores, a ponernos en casetas, a que alguien, presuntamente, venga a pedirnos que le firmemos un ejemplar.

Bueno, lo primero que tiene de gracioso la feria del libro es que -no sé si conocen bien Madrid, ni si lo conocen de hace mucho tiempo o de hace poco-, en el mismo lugar donde ahora se celebra, antaño, estaba el zoo; el zoo era la casa de fieras, como se decía entonces, antes de que lo trasladaran a la casa de campo. Allí estaban los monos, los leones, los tigres, las cebras, metidos en una especie de cajones, cajones en los que, como ya se imaginarán, había ese letrero de ´por favor, no echen comida a los animalesª. Cuando uno está en la feria del libro, en ese mismo lugar, metido en otro cajón, viendo cómo la gente pasa por delante y le mira o no le mira -eso depende del interés que cada uno tenga-, a veces, por lo menos quien les habla, se piensa que lo único que falta aquí es un `por favor, no les echen comida a los escritores´, porque es exactamente lo mismo. Ahí estamos para que nos vean, además de que se oyen estas cosas curiosas del tipo `qué barbaridad, qué cola más enorme tiene Antonio Gala´, con lo que tú procuras pensar `bueno, es que, ya se sabe, puede tener 3.000 personas para que le firmen el libro, pero no son de gran calidad´, o `bueno, pues esta vez he conseguido firmar treinta´, o `he conseguido firmar cuarenta´, o, ya preocupado, `no viene nadie´.

Yo he visto autores que se levantaban irritadísimos de la feria del libro porque no venía nadie a pedirles una firma; daban por sentado que alguien debía ir para adorarlos o admirarlos, o no sé muy bien para qué, o daban por sentado que les debía suceder como a Gala, de cuyos más fieles admiradores me han contado -no lo he visto, pero me lo ha dicho una persona creíble- que llegan, incluso, a pedirle que bendiga a niños; creo que le han llegado a pedir `por favor, Don Antonio, ponga sus manos sobre las del chiquillo para que el día de mañana tenga un próspero porvenir´. Por mi parte, la verdad es que he vivido dicha feria como animal encerrado en el cajón, deseando que no le echen comida, aunque también debo decir que es ya tópico que los escritores se quejen de la feria del libro, y que la razón por la que lo sigo haciendo es que no me vienen miles de personas, como en el caso anterior, si bien es cierto que, en las últimas ediciones, sí suelen venir diez, quince, veinte, veinticinco personas que han leído lo que has escrito, incluso diez, quince, veinticinco personas de las que a lo mejor diez o doce han leído muchos o todos los libros que has escrito, y creo que es un privilegio, de vez en cuando, tener la oportunidad de conocer a esas personas.

Por eso, como digo, seguiré yendo, aunque a veces, lo confieso, me siento sometido a una especie de pequeña humillación que es buena para la vanidad, me parece terapéutica, a la que todos los escritores deberían someterse. Tuve una de estas terapias de choque, y lo cuento en plan de anécdota, en la pasada edición del día del libro en Barcelona ; me tocaron diversos papelones que representar, pero el peor de todos se produjo en El Corte Inglés de la Plaza de Cataluña.

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