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AULA DE CULTURA VIRTUAL

La Fundación Grupo Correo está desarrollando este año un interesante programa de conferencias cuyas transcripciones ofrecemos en El Correo Digital.

Conferencia de Mario Vargas Llosa
BILBAO, 14 de marzo


EL CORREO

Mario Vargas Llosa durante su estancia en Bilbao el pasado 14 de marzo.
Llevo más de una semana hablando de La Fiesta del Chivo, de tal manera que me siento como un disco rallado y algo reticente a seguir haciéndolo, porque tengo la impresión de que no hago más que repetirme. Es una experiencia extraña, después de haberme pasado años, tres años -en el caso de esta novela-, trabajando en la soledad en que trabaja un escritor encerrado con sus fantasmas, con imágenes, fantasías que no comparte sino con uno mismo, verse expuesto, de pronto, con motivo de la publicación del libro, a esta continua exigencia de explicaciones sobre lo que fue la gestación de esta novela. Es una experiencia que he vivido varias veces y que no deja nunca de sorprenderme. Siempre tengo la sensación de que lo que digo está de más, de que lo que tenía que decir lo dije ya en la novela publicada, y de que todo lo que puedo añadir es superfluo; sin embargo, lo hago no sólo por las exigencias de lo que son las presentaciones del libro, sino también porque, a pesar de que llevo tantos años escribiendo y de que he pasado por la experiencia varias veces, me sigue intrigando todavía esa misteriosa trayectoria que tienen las novelas que escribo desde que surge en mí, por primera vez, una idea, el embrión de una posible historia, hasta que, mucho tiempo después, se concreta en una novela; como digo, es un proceso siempre largo y muy misterioso.

Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, por lo menos en mi caso, la elección de un tema no es algo racional, lúcido, sino más bien una experiencia que se gesta como por accidente, por obra de la casualidad; algo me ocurre, conozco a alguien , escucho algo o leo algo que, por una razón que nunca queda del todo clara, deja una huella muy firme en mi memoria y que luego, a partir de un cierto tiempo, se convierte en la fuente de un fantaseo, del que surge el embrión de una historia. Siempre me he preguntado por qué ciertas experiencias, entre las miles de miles que yo vivo, dejan esa impronta que se convierte después en el estímulo para la invención de una historia y por qué otras no; seguramente, son experiencias que tienen que ver con algún fondo traumático de la personalidad que encuentra en ciertas historias, en ciertas situaciones, en ciertos personajes, una manera de manifestarse. En todo caso, el origen de todas las novelas que he escrito ha sido siempre ése, alguna experiencia vivida que la memoria retiene y que luego muestra una extraordinaria fertilidad para la imaginación, para el fantaseo. Ése fue el caso, también, de esta novela, La Fiesta del Chivo.

Yo estuve en el año 1975, durante ocho meses, en la República Dominicana, un país que no conocía, y, pasar allí esa temporada, fue realmente una experiencia magnífica; conocí gente estupenda, entré en contacto con un país, por una parte, muy bello, y, por otra parte, muy trágico, con una de las historias quizá más dramáticas de todas las que han vivido los países del Caribe o latinoamericanos. En esos meses, oí hablar mucho y leí muchas cosas sobre la Dictadura de Trujillo, que es una experiencia importantísima para los dominicanos pero que lo fue también, en cierto modo, para toda América Latina. Cuando yo era joven, estudiante universitario, una época en que el continente estaba prácticamente ocupado, de un confín a otro confín, por dictaduras militares como la de Trujillo, la Dictadura dominicana del generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina era, en cierta forma, la dictadura emblemática, por su desmesura, por su crueldad, por las extravagancias que el personaje de Trujillo cometía y que daban a su régimen una coloración particular; todo eso lo recordaba yo, y todo eso se reavivó escuchando anécdotas, testimonios de gentes que vivieron, que padecieron en carne propia la Dictadura. Entonces, todo ello me abrió el apetito y empecé a leer lo que caía en mis manos con respecto a este régimen que duró 31 años, desde 1930 hasta 1961. Leí, sobre todo, dos libros interesantísimos, una biografía de Trujillo del historiador norteamericano Cross Willer y un libro escrito por un periodista del New York Times, Bernard Dieverich, que era el corresponsal de este periódico en la zona del Caribe, durante la época de la muerte de Trujillo. Tras ésta, periodo en el que estaba prohibido entrar en la República Dominicana, viajó a Santo Domingo, que, en aquel entonces, se llamaba Ciudad Trujillo, y escribió un reportaje que es un magnífico trabajo periodístico sobre lo que fue la conspiración para matar al dictador, el magnicidio que acabó con él, y lo que ocurrió inmediatamente después de su asesinato. Todo ello me intrigó, me horrorizó, me fascinó, y, desde esos días, me quedó dando vueltas en la cabeza la idea de una novela, de una historia inventada pero situada dentro de ese contexto histórico, no tanto en los 31 años de la Dictadura de Trujillo como en los momentos finales de ésta, concretamente, en la conjura para acabar con el generalísimo.

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