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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de José Masdeu- 3

¿Qué le pasa a una persona con Parkinson? Una de las consecuencias más habituales es que se mueve como si fuera a cámara lenta y tiene temblores; además, en muchas ocasiones, incluso afecta más a un lado del cuerpo que al otro. Esta inestabilidad hace que tiendan a caerse; lo habrán notado ustedes mismos al ver dar un paso a esta persona: tiene que tener cuidado porque la pérdida del equilibrio puede jugarle una mala pasada. Por otra parte, la rigidez es otra de las notas características; mientras las personas sanas se mueven ejecutando movimientos de todo tipo, este paciente posee una cierta rigidez muscular que tanto ellos como los médicos notamos cuando les exploramos.

Como decía con respecto al Alzheimer, no todo síntoma que se asemeje a lo aquí comentado refleja el padecimiento del Parkinson. La acumulación de líquido céfalo-raquídeo en el cerebro, por ejemplo, puede ocasionar un cuadro muy parecido sin ser lo mismo, al igual que ocurre con toda una serie de enfermedades con nombres más raros, como la de cuerpos de lewy difusa o la degeneración córtico-basal, etc. Ya lo he dicho antes, es importante saber esto, porque hay muchas cosas parecidas que, sin embargo, se tratan de manera totalmente distinta.

A la vista de sus síntomas más característicos, ¿cómo la vamos a tratar? Obviamente, dando al paciente la sustancia que le falta: la dopamina, y esto es lo que se está haciendo desde hace muchos años. Concretamente desde principios de los años 70, se descubrió la carencia de dicha sustancia por parte del paciente y, más tarde, la eficacia de un compuesto llamado L-Dopa, que permite que la dopamina que normalmente no llega de la sangre al cerebro tenga el fluir normal y necesario. Por supuesto, hay tratamientos incluso más eficaces o con menos efectos secundarios. Claro que siempre depende del paciente, por lo que cada medicación hay que administrarla corriendo el riesgo de que pueda funcionar o no. Como ocurre con la acetil-colina en el caso del Alzheimer, aquí también tenemos inhibidores de sustancias que destruyen la dopamina. Por ejemplo, la mantadina, que funciona con personas con un cuadro médico leve. Antes se utilizaban mucho sustancias que llamamos anticolinérgicos, pero tienen efectos secundarios importantes; de ahí que no se utilicen tanto como se utilizaban.

El punto crítico de todo esto es saber que no sólo existe la cuestión de que la medicación le vaya a ir bien a un paciente, sino que también hay que dársela. Debe tomársela en la dosis y en los momentos del día más oportunos. Si un paciente me dice que una medicación no le hace efecto, hay que intentarlo con una dosis un poquito más alta o dársela a una hora distinta del día, y si me dice que no le va porque se pone malísimo, entonces habrá que probar con dosis más pequeñas tomadas, tal vez, después del desayuno, con el estómago lleno. De tal modo que tan importante como el nombre de la medicina es tomarla de la manera más apropiada para cada uno, y esto, francamente, es casi como hacer un traje a medida. Lo que quiero decirles es que no se puede utilizar la prescripción genérica. Para la enfermedad del Parkinson hay que utilizar una de estas medicaciones, o varias, pero de manera que sean las adecuadas, que estén diseñadas para la persona que las está tomando. Otro problema de distinta índole es que dichas medicinas, al cabo de unos años durante los cuales se han tomado rápidamente, dejen de tener efecto o, por lo menos, no tengan tanto efecto como tenían. O que tengan efectos secundarios relativamente serios, caso a partir del cual habrá que buscar nuevas terapias, nuevas formas de ayudar al paciente.

 

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