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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción conferencia de José Luis García Delgado, Rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo - 4

La segunda restricción ha sido la falta de cultura empresarial. Siempre se ha dicho que falta una cultura industrial salvo en el País Vasco, en Cataluña y en algún otro punto del territorio español. En un país cuyo origen era la agricultura, el emprender ciertos proyectos, la iniciativa empresarial y la asunción de riesgos escaseaban, lo que suponía una merma; sin embargo, creo que, sobre todo en el transcurso de los últimos años, hemos sufrido, también en este aspecto, un cambio muy importante. Si me apuran ustedes, aunque extraordinariamente significativo, es un cambio silencioso, y de nuevo veo a la democracia como la "culpable", porque ha permitido desplegar unas capacidades creativas dentro de los españoles, también en lo económico, extraordinariamente importantes. Sin duda, ha sido libertad política y económica, y esa mayor libertad, aun habiendo implicado, naturalmente, más riesgos, ha llevado consigo, además, más éxitos incluso en términos de cultura empresarial, sobre la cual decíamos antes que tal vez estuviera localizada solamente en determinados núcleos del territorio económico español.

La tercera y última restricción, amplísimamente superada, era la de un Estado pobre, absoluto obstáculo para el crecimiento. Es aquello que decían a comienzos de siglo -eso lo tengo muy reciente con la relectura del libro de Fernández Almagro- de 'cuando no hay Estado, no hay nada'; no existe administración, ni educación, ni instrucción pública ni industria. España, con tanto afán por intervenir como con pocos medios para hacer efectiva esa intervención, ha sido, durante una buena parte del XX, un Estado con muy poca capacidad de crear bienes preferentes, de crear condiciones que permitieran economías externas de las que se pudieran aprovechar unos u otros agentes económicos, empezando por las empresas; que creaba pocos equipamientos sociales, pocas infraestructuras técnicas. Realmente, era un Estado pobre el del franquismo, el de la dictadura de Primo de Rivera, que era un Estado declaradamente interventor; tenía muy poca capacidad de gasto para influir decisiva, positiva y determinantemente en el curso de los acontecimientos económicos.

Ya en el último cuarto de siglo, los gastos del conjunto de las administraciones públicas españolas se han colocado en niveles equiparables a las de nuestros vecinos, esos a los que ya nos hemos referido. Hoy, somos un Estado con una capacidad de gasto que ha permitido ampliar y mejorar las condiciones en las que actúa el conjunto; además, se ha producido un fenómeno curioso: cuando se ha producido dicha ampliación, se han reducido, a la vez, los afanes intervencionistas del sector público óno siempre tienen que ser, ambas cuestiones, directamente proporcionalesó.

Así pues, todo reafirma que ha sido un siglo provechoso, ciertamente, aunque ahora tendremos que abordar la excepción, ya que -lo saben ustedes- el perfil no es linealmente creciente, para nuestra desgracia y la de nuestros mayores. Tendremos que hablar óahora síó de esa quiebra que tan sólo señalaba al principio de la charla.

En relación con este asunto, tenemos asumido que hay tres Españas económicas en el siglo XX que abarcan, relativamente bien, distintos periodos:

La del primer largo tercio de siglo, desde comienzos del mismo hasta la víspera de la Guerra Civil, época en la que España ha empezado a apretar el paso respecto de lo que fue el siglo XIX. Durante el reinado de Alfonso XIII, durante la dictadura e incluso durante la República, si nos fijamos no sólo en términos de crecimiento económico sino también en las transformaciones estructurales, ya no se siguen perdiendo posiciones, como en el XIX, respecto de los grandes europeos; más bien, modestamente hablando, empiezan a ganarse. Es verdad que jugamos con cierta ventaja porque, para ellos, existe el tajo de la Primera Guerra Mundial, de la que España se beneficia en cierto modo -no hay más que pasearse por la Gran Vía de Don Diego Lope de Haro para darse cuenta de la cantidad de dinero que se hizo entonces-. Y esta mejoría conduce a una diversificación del tejido industrial; comienza el auge de la banca en todo el territorio y alguna agricultura empieza a modernizarse. Culturalmente, es un fenómeno apasionante, porque medio siglo de oro de la cultura española se concentra ahí, lo que se refleja en, por ejemplo, la ampliación de los estudios: para una población universitaria que apenas era de 10.000 personas, 4.000 postgrados consiguen situarse en universidades de élite alemanas, inglesas e incluso norteamericanas entre el año 7, en el que consigue crearse la Junta de Ampliación de Estudios, y 1935. En definitiva, es una España que empieza a desperezarse, aunque los contemporáneos no lo vieran así.

Hay otra España: la trágica, en lo político pero también en lo económico, que es la que va prácticamente desde el comienzo de la Guerra Civil hasta el comienzo de los años 50. El desgarrón en la convivencia es terrible, tanto durante como después del conflicto bélico; incluso, si me apuran, mucho más cruel tras la guerra -por lo menos para muchos españoles-. 'Media España ocupa España entera', que decía Gil de Biedma en ese endecasílabo precioso, En los 40 no se produce el comienzo de la reconciliación, sino el final agónico de la Guerra Civil, quizá porque hace falta, en ese momento, que una generación que no ha vivido en primera línea el conflicto empiece a tomar decisiones en la sociedad poco a poco, a comparecer ante ella, y porque tal vez se hace necesario que transcurra un mínimo de tiempo para que las cosas vayan cicatrizándose y vayan encontrándose nuevas condiciones para mirar hacia adelante. Hasta el comienzo de los años 50, la economía española permanece estancada; es una economía de guerra, de restricciones, de cartillas de racionamiento, de estraperlo. Es decir, el paisaje económico desolador consecuente del conflicto no termina en el 39, sino al comienzo de la mencionada década.

La tercera España -sé que alguno de ustedes puede pensar que es una extrema simplificación habida cuenta de que hay períodos muy distintos desde el punto de vista político o de la Historia en general-, estará ya muy claramente contrastada con aquélla de los primeros 30 ó 35 años y, sobre todo, con esta España trágica intermedia que acabamos de conocer. Esta tercera corresponde a la época de la segunda mitad de siglo, de los 50 hasta hoy, porque, si a comienzos del XX hay tasas de crecimiento decimonónicas -del orden del 1%-, se llega al 4% -durante 50 años, una media semejante es maravillosa-. Además, hay transformaciones radicales en todo; en la distribución de la renta, en la estructura de la producción, en el peso relativo de cada uno de los sectores, en los comportamientos y actitudes respeto al trabajo y no trabajo del conjunto de los españoles, etc. Es una sociedad rápidamente cambiante, que protagoniza -probablemente se ha dicho muchas veces-, el cambio más profundo y radical de toda la Europa contemporánea. Seguramente, no habrá ningún país que se pueda comparar con España en estos términos. Todo ello, estas tres partes, son el mejor testimonio de la línea quebrada, que, junto con el calificativo "provechoso", han compuesto la primera definición que quería darles de nuestro siglo XX.

El siguiente término definitorio de dicho tiempo podría ser el de "aleccionador". Con ese propósito de enumerarles asuntos que nos puedan servir para mirar el futuro, yo les voy a indicar unas cuatro cosas ósé que se podrían extraer muchas más conclusiones y que esto puede resultar excesivamente simpleó; es más, se podrían dividir por sus efectos.

Hay dos actitudes con efectos perversos: una es el hipercriticismo, también respecto al ámbito económico, y la otra es la autocomplacencia. De ambas podemos decir, a mi entender, que son malas compañeras.

El hipercriticismo alimenta la impotencia, y la impotencia, posiblemente, genera y alimenta, a su vez, la autodestrucción. La gente de comienzos de siglo es tremendamente crítica con su situación, que no era tan desfavorable en comparación con otros países. Posiblemente, ahí está una de las semillas de esa locura autodestructiva que invade también a la sociedad española en los años 30; una locura que no le permitía apreciar su realidad, puesto que se había fijado sólo en lo insatisfactorio, y que le ocultaba que la economía española del primer tercio de siglo había empezado a desperezarse y que había elementos positivos. No todo era 'espectral', por repetir aquellos términos tan duros de Ortega en el año 14; lo que ocurrió fue que el exceso de autocrítica, sobre todo en los regeneracionistas, el grupo contemporáneo de Gasset Ortega y, tal vez, la generación después de Azaña.

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