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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia sobre 'El niño de los coroneles'- 4

Fernando Marías: Lo malo de encontrarse aquí, en este momento, como protagonista inevitable es que después de oír las cosas que he oído me encuentro prácticamente arrinconado. Entre lo que habéis exagerado y las cosas que habéis dicho, cubrís todo lo que yo haya podido tener en mente al haber planteado este libro. Incluso me dejáis pensando que tal vez tendría que haber buscado alguna otra cosa, algún resquicio, para poder contar algo más de lo que no he contado estos días a propósito de El Niño de los coronoles.

Ésta es una novela que empecé a escribir hace 10 años, aunque luego estuvo olvidada durante casi seis por otros trabajos y no la retomé hasta el año 98. Pero durante esos 6 años en que estuvo detenida su escritura yo estuve reflexionando continuamente sobre ella, añadiendo detalles, añadiendo tramas, añadiendo cosas que se me iban ocurriendo. Una vez terminada me ha quedado una sensación muy extraña, una especie de extraño vacío; supongo que es por el hecho de que llevo 10 años conviviendo con El Niño, con Víctor ­lo cual no es una buena convivencia­, y con todos los personajes del libro. Desde luego, es la vez que más claramente he visto una novela. Cuando uno la siente dentro con fuerza acaba por escribirse ella misma, y quizá termina vampirizándote y sacándote lo que tú tienes en tu interior.

El origen de lanzarme a escribir este libro es que siempre, yo no sé si desde niño, pero tal vez sí desde muy joven, me ha fascinado el mal y la capacidad del ser humano de hacer daño a otros seres humanos. Con esto no quiere decir que yo sea un enfermo, necesite un psiquiatra -que espero que no-, y si lo necesito en todo caso será por otras razones, no por ésta, que es una razón muy seria. La palabra fascinación significa una atracción irremediable por algo, una atracción irracional por algo, una atracción a la que no se puede dar explicación, y a mí, desde niño, desde que veía las primeras películas de romanos, me resultaban morbosamente atractivas las escenas de tortura. Creo que ahí ya me preguntaba por qué un ser humano hace daño a otros seres humanos, que, por otra parte, es una pregunta de la que en ningún momento conseguí la respuesta, ni siquiera cuando comencé a plantearme escribir esta novela, aunque sí tenía la convicción de que la duda es la única forma de llegar a un sitio. El desconocimiento de un hecho, el dudar sobre él, es el impulso que nos lleva a intentar conocerlo y a intentar saber el porqué.

Cuando empecé a documentarme sobre el porqué del mal leí muchos libros, muchas historias. La mayoría eran de los años 60, cuando yo rondaba los 16 años y se estaban produciendo una serie de hechos que creo que han marcado al menos mi adolescencia, mi crecimiento hacia la juventud y la madurez. Desde luego, la historia del fin del siglo XX son los golpes de Estado de Chile o Argentina, así como tantos otros hechos violentos que ocurren en América latina, que aunque no son tan espectaculares como éstos, sin duda se ha repartido por todo el Continente y se han producido de manera atroz. Y a mí, las torturas a los desaparecidos, a los secuestrados, en estos países latinoamericanos me horrorizaban según iba leyendo, según iba recortando historias y las iba dejando en un cajón de donde algún día esperaba sacar algo. En éstas, un día cayó en mis manos, gracias a alguien que está aquí presente, un libro que se llama Nunca más, el libro al que Ernesto Sábato prestó su nombre ­porque no se puede decir que lo escribiera­ para que ese nombre tuviera el suficiente alcance y llegara a todos los rincones adonde podía llegar. En él hay una serie de testimonios de torturados y de personas que desaparecieron en Argentina ­aunque luego volvieran a aparecer para poder contarlo­ durante el golpe de Estado de aquel tipo con cara de calavera viviente que se llamaba Videla. Y a pesar de que, como Félix decía, he leído muchas historias negras, muchas historias atroces, y además las he leído con mucho interés, puedo jurar que ninguna historia de la literatura, ninguna historia de terror, ninguna película negra, ninguna escena de violencia que hayamos podido ver jamás, se acerca ni remotamente a la más blanda de las historias que se cuentan en el libro de Sábato. Ése es el libro más aterrador que jamás ha sido escrito por el ser humano; y lo peor del caso es que no lo ha escrito un solo hombre, sino una serie de seres anónimos que son los que están detrás de esas pobres víctimas que cuentan sus dramas y sus tragedias. Es un libro que han escrito los torturadores sin rostro, todos aquellos tipos a los que no se puede despreciar lo suficiente porque son seres que se ocultan tras una máscara, que se ocultan tras el anonimato, que se ocultan tras la impunidad, una de las palabras más repugnantes de todas las que tenemos en nuestro rico vocabulario.

Cuando leí este libro traumatizante, comprendí que toda mi fascinación por el mal había encontrado si no una respuesta, sí, al menos, un camino para la duda, un camino para buscarla. Y comprendí también que tenía que escribir El Niño de los coroneles porque había algo dentro de mí -no sabía qué y sigo sin saberlo- que me decía: "con estos hechos que has conocido, con esta fascinación tal vez motivada por el destino, puesto que igual has estado marcado para sentirte fascinado por el mal de esta forma, tienes que escribir algo". Además, cae este libro en tus manos y de pronto todos tus recortes sobre los torturados y desaparecidos cogen sentido; de pronto, empiezo a investigar, a leer más libros, y descubro que los torturadores argentinos, chilenos y paraguayos no surgen porque sí, sino que tienen una propia historia oculta que surge mucho tiempo atrás: cuando los nazis tienen que huir de Europa tras su afortunado ataque militar y se refugian en ese lugar que entonces era un Tercer Mundo más evidente que ahora. Allí se perdieron y allí empezaron a medrar a la sombra de los siniestros payasos militares latinoamericanos. Y es muy terrible darse cuenta de que el horror nazi que de alguna forma desaparece bajo tierra cuando termina la Segunda Guerra Mundial aparece 30 años después en Buenos Aires o en Santiago de Chile. Es terrible y a la vez fascinante pensar que la serpiente se oculta y de repente aparece al otro lado del mar como una peste, como una enfermedad monstruosa que tal vez está capacitada para ocupar todo el Planeta porque su origen no es otro que el mal residente, por razones que nunca podré explicar, en el ser humano.

Cuando en estos días en que he hablado mucho del libro alguien me preguntó si creía en el hombre bueno de Rousseau, le dije: "creo en él si está aislado y si no hay cerca de él ningún otro ser humano". Por alguna razón que no acierto a comprender, cuando dos hombres, aunque sean buenos, están juntos, de pronto comienza a surgir la "redecilla", esa serpiente que en este caso concreto desaparece de Europa en 1945 y vuelve a aparecer en Latinoamérica 30 años después. Yo, después de haber escrito este libro, en el que sale un hombre malo que está muy convencido y muy seguro de su maldad, que es feliz ejerciendo el mal, y salen algunos hombres buenos que ni siquiera están seguros de ser buenos del todo, que dudan, que tienen remordimientos, que se preguntan a dónde van y si tiene sentido su lucha y su forma de entender la vida, sigo sin entender por qué existe el mal sobre la Tierra. Pero si hay una cosa de la que al menos estoy seguro es de que es mucho mejor ser un hombre bueno que duda que un hombre malo que lo tiene todo muy claro. Es lo que yo he aprendido escribiendo este libro y es lo que espero transmitiros a los que os acerquéis a él. Con esto no quiero que parezca que escribo libros moralistas; en todo caso, será un libro moral. Y lo que espero es que todo el horror que he intentado reflejar os revuelva el estómago. Si lo he conseguido, es un libro medianamente bueno; si no, tal vez no es tan bueno, pero de cualquier forma yo estoy muy feliz de tenerlo aquí.

Y también estoy muy feliz de una cosita muy breve que os quería contar, aunque alguno de los presentes ya tiene noticia de ella. Cuando tuve que venir el otro día a Bilbao para cumplir el enorme carro de entrevistas que me había preparado la editorial, la única forma que tenía de venir era en tren, aunque lo que más me gusta es viajar de Madrid a Bilbao y de Bilbao a Madrid en autobús ­no sé por qué, no me lo preguntéis­. Hacía mucho tiempo que yo no cogía ese medio de transporte para hacer este recorrido, pero me hizo un regalo que me atrevo a calificar de prodigioso. Cuando me tumbé en el coche-cama ­en el que por cierto no duermo nada porque la sensación que tienes es que estás permanentemente metido en una batidora­, en ese extraño duermevela de no dormir nada y de estar diciendo ´estoy inconsciente, ´estoy enfermo, ´¿qué es esto que no paro de moverme?, no me encuentro; no sé quién soy, yo recordé una cosa muy importante en mi vida a la que Andreu se ha referido antes: cuando me fui a vivir a Madrid con la profunda ilusión de vencer al mundo haciendo películas o contando historias, que es lo que luego, de alguna forma, se ha demostrado que podía ocurrir, viajaba en el talgo ese que creo que sigue saliendo a las tres y media de la tarde y llega a las nueve y media de la noche a Madrid, y yo siempre me llevaba un libro para leer. Anteayer, viniendo en el tren, en estado extraño de alucinación, tuve una sensación muy extraña; rememoré mientras estaba medio dormido, o medio despierto, uno de aquellos viajes en tren, que quiero imaginar ­y me vais a permitir que así lo crea­ que fue el último que hice antes de dedicarme al autobús para siempre, el último viaje de Bilbao a Madrid en tren y con un libro en la mano que leía encantado y que "devoré" con tanta pasión ­yo tenía entonces 17 años, y con esa edad se tiene mucha más pasión, o una pasión más ingenua, que precisamente porque es ingenua es mucho más fuerte­ que al día siguiente, en la Facultad, al mostrarlo a mis amigos, a mis conocidos, les dije: "he descubierto un libro maravilloso que en Madrid no conocéis porque es un autor de Bilbao". Este libro circuló mucho por Madrid; conseguí que casi fuera un pequeño libro de culto, porque como allí no se encontraba en las librerías, tenía la excusa para mitificarlo. Me decían: ´"ráete tres ejemplares o cuatro".

Recuerdo que cuando cerré el libro según el tren iba llegando a Madrid y comenzaba a oscurecer tuve una sensación extraña que reviví el otro día, que me pareció que volvía a sentir. Sentí, pensé, que algún día me gustaría poder llegar a escribir un libro como éste, que me gustaría poder llegar a transmitir tanto como ese libro me dio allí, en aquel lejanísimo tiempo ­pues hará 25 años de entonces­. Ese libro que siempre he guardado en el corazón ­y en mi biblioteca, claro­ era de Ramiro Pinilla, y para mí fue una enorme emoción saber este último 6 de enero que él, precisamente, había sido el otro autor de Bilbao ganador del Premio Nadal. Es, de verdad, una emoción auténtica estar aquí hoy y traer a mi ciudad el segundo Premio Nadal, porque el primero ya lo trajo Ramiro con una esperanza importante: la de que pronto, lo antes posible, Andreu Teixidor tuviera que volver y dijera: "esta ciudad me está hartando, me hacen venir continuamente" porque todos los años ganara, ojalá, el Premio Nadal alguien de Bilbao.

 

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