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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia sobre 'El niño de los coroneles' - 2

Félix Linares: La verdad es que estos actos obviamente se hacen para decir lo buena que es la novela, lo hermoso que es el libro; sin embargo, siempre hay que procurar poner alguna barra en los raíles, algo que no convierta esto en una especie de referéndum ganado al 100%, porque eso siempre es sospechoso. Así que me he estado devanando los sesos, leyendo la novela para ver si pillaba algún fallo; no sé, alguna coma cambiada, alguna cosa de éstas que ya sé que no es imputable al autor, pero que me permitiría encontrar algo con lo que poder decir ahora: ´la novela es muy buena, pero...'.

Ni qué decir tiene que no he encontrado nada, ya me perdonarán. Y les puede parecer que esto es una rendición total ante el autor; pues lo es. Yo ya lo sabía, ya lo imaginaba; he leído sus libros anteriores y sé que me encuentro ­y ahora ustedes­ ante un narrador absolutamente excepcional. Por tanto, me referiré únicamente a la narración, a su función. Andreu Teixidor ha hablado de la palabra y de lo que dijo Conrad sobre ella, sí, pero yo les voy a decir que en esto de la literatura, o de cierto tipo de literatura que me deja particularmente satisfecho, la idea, el argumento y las historias son importantes. Voy a mencionar ejemplos de un género que sé que también le gusta mucho a Fernando y que no ha mencionado últimamente porque, claro, su novela está en otro ambiente. Me refiero al género negro, y pondré unos ejemplos muy claros acerca de cómo son los diferentes autores.

Es normal decir que los grandes autores del género negro son Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Pues ¡caramba!, aparecen siempre juntos, pero no hay autores más diferentes. Raymond Chandler, que era un señor que quería escribir literatura general y que esto de la novela negra le parecía un artificio un poco tonto, aunque le permitía vivir, siempre estaba buscando la frase redonda. De hecho, no se fijaba mucho en los argumentos, y es famosa una anécdota que igual ni es cierta, pero que como leyenda está bien, que cuenta que cuando Howard Hawks estaba rodando El sueño eterno tenía como guionistas a gente muy curtida que debería saber de qué iba la historia y que, sin embargo, no descubría quién era el asesino del camarero. Entonces, le llamaron a Raymond Chandler y le preguntaron: "¿oye, Raymond, nos puedes decir por favor quién mata al camarero?, porque en esta novela no se aclara nada", a lo que él contestó: "¡ah!, pues no lo sé". Bueno, sea cierto o no todo esto, sí lo es que Chandler no se preocupaba de la intriga criminal, de la historia ni de nada por el estilo. Eso sí, escribía unas frases muy rotundas; es famosa una al final de El largo adiós que está fatalmente traducida: "no le digo adiós ahora; se lo dije cuando tenía sentido, cuando era triste, solitario y final". Cierto es que su traducción es horrible, pero ya que Osvaldo Soriano tituló una de sus novelas Triste, solitario y final la menciono así.

Lo cierto es que el otro autor, Dashiell Hammett, era justamente todo lo contrario. Era un individuo que tenía un método de escritura, que incluso decía que uno de sus personajes, el agente de la Continental, era su método de funcionamiento: él tiraba una barra en medio del engranaje y a ver qué pasaba. Pues bien, una de sus obras maestras, Cosecha roja, empieza de la siguiente manera: "La primera persona a la que oí llamar "Poisonville" a la ciudad de Personville fue a un zafrero pelirrojo en el gran barco de Bat". Y no hay peor manera de empezar esto; qué bonito hubiera quedado, por ejemplo, decir: "cuando oí por primera vez pronunciar Personville me pareció entender Poisonville". Raymond Chandler lo hubiera hecho así, pero Dashiell Hammett no.

A lo largo de la historia de la novela negra aparecen unos cuantos autores. Voy a citar sólo a uno, porque tampoco se trata de perder el tiempo con esto, como por ejemplo Chester Himes, que era otro señor que quería escribir literatura general, pero que se vio confinado al terreno de la literatura negra ­y, permítanme el chiste fácil, nunca más negra, porque era de esa raza­, escribía unas novelas donde contaba historias con un laconismo tal que: "me dijo mi amigo Phil Lomax que el otro día un negro mató a un viajero en el metro: otro, un viajero, le había golpeado a uno; éste, volviéndose, golpeó al negro; éste sacó una pistola y mató al cuarto viajero. La reflexión ­dice el autor­ es que cualquier violencia desencadenada es como un ciego con una pistola". Pues muy bien, pero cuando llega el laconismo de decir, por ejemplo: "en Harlem, si parpadeas, te asaltan" ­dijo Sepulturero Jones­. A lo que contestó su amigo Ataúd Jonhson: "si parpadeas dos veces, te matan", son palabras mayores, porque no sólo es una frase de impacto, es una frase de ésas que te dicen: "cuidado, Harlem es peligroso", y no necesitan decir luego que las calles son peligrosas y demás.

Digo todo esto porque todas esas cosas las ha leído Fernando, y esa aparente sencillez de la narración de ese libro que alguno de ustedes tienen, que está aquí y ha ganado el Premio Nadal, en el que cada palabra parece estar puesta detrás de otra porque es la continuación lógica de lo que está pasando, resulta que tiene un severo trabajo a sus espaldas. Yo le he visto discutir, comentar o alzarse en brazos ante otras personas al discutir el significado, incluso la ortografía, de algunas palabras. Alguien que hace eso obviamente no utiliza las palabras según le vienen a la cabeza. Además, Fernando tiene unas historias tremendas que contar ­y me estoy aguantando para no contarles ninguna, porque ni él ni ustedes me lo perdonarían­.

Con todo esto quiero decir que no estoy muy seguro de si el narrador nace o se hace. Seguramente nace, porque hay muchos que lo intentan sin éxito, e incluso gente de gran renombre que a la hora de contar una peripecia detrás de la otra se atasca. Pero esto no ocurre con Fernando. Y me voy a callar ya, porque van a creer ustedes que me ha pagado por esto. Ahora bien, si no leen el libro lo van a lamentar. Se lo juro.

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