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AULA DE CULTURA VIRTUAL

LOS VALORES DEL AUTONOMISMO

D. Iñaki Ezkerra
Escritor

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La verdadera derrota de los delirios nacionalistas que hoy amenazan y amenizan la vida española ha de ser ideológica o no será. Sin una ofensiva ideológica no es posible neutralizar de veras y definitivamente al reto de Ibarretxe o cualquier sucedáneo que lo termine supliendo. A ello hay que añadir que ni siquiera esa respuesta, si se diera con 155 incluido, será suficiente mientras la ofensiva ideológica no la acompañe. Y aquí, en lo ideológico, es donde entra y se justifica el título de mi conferencia. La solución no está en el regreso al estado centralista, sino en recuperar el contenido y los valores del discurso autonomista, en saber rehabilitar y articular ese discurso, en recordar que una cosa es autonomismo y otra nacionalismo, en reparar en que ambos conceptos no son sinónimos y hasta ha podido convertirlos en antónimos la deriva nacionalista.

A menudo confundimos uno con otro porque, durante la Transición, los que no éramos nacionalistas decidimos con la mejor disposición dejar a los nacionalistas que capitanearan la reivindicación autonómica ya que nos parecía que en cierto modo tenían derecho a ello desde el momento en que para éstos la autonomía era como una religión. Fue un error precisamente por ese carácter religioso y mucho más que ideológico que ellos han dado al fenómeno del autogobierno. Para los nacionalistas los verdaderos valores son la nación, la patria, la etnia, el pueblo, la tribu, la lengua…, entes abstractos que están por encima del individuo, del ciudadano, del ser humano pequeño y concreto. Quienes no somos nacionalistas también creíamos, como ellos, desde antes de la muerte de Franco que la descentralización era una asignatura pendiente en España. Pero permitimos que nuestro discurso autonomista, con sus valores laicos y modernos, ilustrados, solidarios y constitucionales, quedara secuestrado por el discurso del nacionalismo. Y ahora que el nacionalismo desprecia el autonomismo porque persigue la nación plena, ahora que los nacionalistas quieren aplicar ese 155 que es el plan Ibarretxe u otra versión encubierta de éste, ha llegado el momento de formular y reivindicar ese discurso autonomista que no supimos sacar a la luz hace treinta años. O, mejor dicho, no es que ahora sea el momento, sino que no podemos esperar por más tiempo a hacer emerger nuestro discurso durante tantos años aplazado, desactivado, adormecido y silenciado.

Se podrá objetar y deducir de esta consigna de trabajo que el discurso autonomista tiene mucho de artificial. Pero precisamente en el carácter declaradamente artificial reside uno de los valores del autonomismo. Todo discurso político es artificial, incluso el nacionalista, porque todo ente político es -como tal- un artificio. En ese carácter reside el valor de lo político precisamente, en que es una obra humana, no algo que nos venga dado por la tierra, la sangre o los genes. Por otra parte, el hecho de que el discurso autonomista que no es nacionalista haya permanecido oculto no quiere decir que sea nuevo y que no haya vivido de una forma latente en las cabezas y los corazones de los que no somos nacionalistas. Con el discurso autonomista ha pasado algo muy parecido a lo que ha sucedido con el propio discurso constitucionalista. Si nos fijamos, no tiene en España más de seis años y surge tras la Revolución Democrática de Ermua. Ni el franquismo ni la Democracia nos lo dieron hecho. Nos dieron un presente sin memoria histórica, sin memoria de la izquierda en general y sin memoria de la derecha democrática, sin tradición liberal y republicana, sin la herencia plural anterior a la Guerra Civil.

La Transición nos dio una Constitución, pero no el discurso constitucionalista, que se ha tenido que formular como respuesta a los nacionalismos y gracias a éstos precisamente. Sin ir más lejos, el propio término "constitucionalista" sólo significaba hace cinco años "profesor o experto en Derecho Constitucional". No tenía la carga ideológica y militante que hoy afortunadamente tiene. Y digo "afortunadamente" porque hace cinco años los nacionalistas nos acusaban de tener un discurso de la simple negación, del "no" al nacionalismo. Hoy tenemos un discurso constitucionalista elaborado con las aportaciones de Habermas y con la interiorización de los valores constitucionales experimentada por muchos intelectuales españoles. Otro tanto hay que hacer con el discurso autonomista y más ahora que los nacionalistas nos quieren quitar el Estatuto porque para ellos tanto éste como la propia democracia han sido siempre una estrategia para alcanzar sus objetivos particulares, su verdadero objetivo, que es la nación, la secesión, la independencia.

No es raro que los valores autonomistas, como los valores democráticos, se opongan a los de un nacionalismo que hoy reafirma explícitamente la supervivencia de sus esencias sabinianas con el plan Ibarretxe; que explicita mediante esta segunda Lizarra -como lo hizo mediante la primera- la vigencia de la limpieza etno-cultural y del odio que componen el cuerpo doctrinal del fundador del PNV y que en realidad han estado siempre latentes en ese partido y en todo el nacionalismo. No tiene nada de sorprendente que esos valores autonomistas se opongan a un nacionalismo que puede convertirse en antiautonomista como ayer se hizo autonomista si es que la autonomía se convierte en un obstáculo para sus fines en lugar de en un camino para éstos. Se oponen de un modo frontal, como se opone a la sentimentalidad totalitaria y basada en abstracciones ideales -el pueblo, la etnia, la nación, etc.- una sentimentalidad democrática, cimentada sobre los sentimientos de solidaridad, de justicia social, de amor a la libertad y a todos los derechos ciudadanos.

Conviene dejar bien claro que los sentimientos son siempre un asunto privado que no puede ni debe tener una formulación política, es decir, reflejarse en un texto ni constitucional ni estatutario. El "patriotismo constitucional" y el "autonomismo estatutario" constituyen unos buenos seguros contra los esencialismos, contra las apelaciones a la sangre y al corazón en la cosa pública, que son siempre cosa de nazis y de fascistas. Los sentimientos deben quedar para los poetas, pero a su vez la existencia de éstos y de su discurso es saludable para llenar de un sentido libre y subjetivo los textos legales o recoger el sentido de esos textos. Y no sólo es saludable, sino también imprescindible siempre que no invadan terrenos que no les pertenecen. Lo decía Hölderlin sin ninguna modestia: "Lo que me permanece lo fundan los poetas". Por eso a los poetas los persiguen todos los dictadores por iletrados que sean éstos.

Durante la campaña del 13 de mayo, en la que participé todo lo activamente que pude, tuve la oportunidad de notar una ausencia que no presagiaba el éxito. Fue una campaña sin canciones, sin cantautores, sin poetas y sin poemas. La Transición democrática tuvo canciones y versos para todos los gustos. Tuvo letras de Celaya y de Otero, de Machado y de Hernández en las melodías de Serrat y de Paco Ibáñez. Tuvo hasta un himno de campaña electoral apto para todos los públicos que no fueran exclusivamente de izquierdas, y pienso en aquella "Libertad sin ira" que no exigía al ciudadano "salir a la calle porque ya era hora de pasearse a cuerpo" ni "perderlo todo menos la palabra" ni que "las dos Españas le helaran el corazón" ni dar "sus brazos y sus pies a los cirujanos".

Creo que la falta de canciones y de versos en esta ralentizada transición vasca es un claro síntoma de un constitucionalismo y un autonomismo constreñidos en su ser y de una explosión de sentimentalidad pendiente que no ha tenido lugar todavía porque a la represión del miedo se añade la de nuestro propio pudor colectivo. Para hablar de los valores del autonomismo hay que empezar por señalar el hecho de la propia sentimentalidad amordazada por una subcultura dominante que niega el desarrollo de todas las potencialidades del individuo y por una represión no sólo externa y violenta de sus orígenes, de sus tradiciones, de la cultura de la que proviene, de las fuentes de esa cultura, sean el folclore de otra tierra o los libros, sino también de sus reacciones espontáneas frente a lo político.



 

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