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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia 'Los proletarios del arte'- 2

Respeto escrupulosamente la puntuación arbitraria de don Pedro Boluda, que junto al delirio ortográfico y el descoyuntamiento de la sintasis lo convierten en un profeta de las vanguardias apaches. La "paz refulgente" que a don Pedro Boluda le proporcionaba su ángel quedaría calcinada una noche de Miércoles Santo en que el niño se extravió, entre el barullo de una procesión, y no regresó a casa. Al amanecer, Boluda reunió a una partida de hombres y ordenó dragar el río Segura. Un presentimiento pálido lo desazonaba: existía la creencia supersticiosa de que la sangre infantil, todavía tibia y recién expoliada de la vena yugular, curaba la tuberculosis; incluso había oído historias macabras, protagonizadas por aristócratas tísicos que, después de raptar a los niños, los degollaban en las mazmorras de su castillo, siguiendo la liturgia de algún rito vampírico. Los augurios se verificaron, y el hijo de don Pedro Boluda apareció exangüe en un recodo del río, mordisqueado en sus partes más invertebradas por los lucios, con la garganta abierta de un tajo y los ojos de porcelana viscosa, agrandados por el horror.

El exterminio de su unigénito enloqueció a Boluda y lo arrojó al monte, donde laceró su carne con los espinos y vomitó su desesperación, lanzando gañidos a la luna. A la semana siguiente volvió a Murcia, enteco como Amadís después de su penitencia e irrevocablemente tarado; para desconcierto de sus paisanos, la demencia que lo aquejaba no incluía el acceso de rabia ni esas otras eclosiones indómitas que propicia la pérdida de un ser querido, sino que era una demencia dócil y blanducha, la demencia de quienes han emigrado con el alma a regiones de pluma y algodón y sólo dejan en tierra un lastre de huesos que caminan. De su expedición montaraz se trajo, nadie supo explicarse cómo, la ciencia infusa de la poesía, y también cierta incontinencia declamatoria que curaba asistiendo a bodas y bautizos y banquetes de cumpleaños; una vez allí, conmemoraba el acontecimiento con versos salidos de su caletre:

Brindo por el señor Norberto;
y por su señora Pilar.
Y brindo por el niño experto,
que acaban de bautizar.

Nótese el audaz oxímoron del tercer verso, que los más malévolos confundirán con un ripio, pero que revela unas dotes nada comunes para la rima rara y la adjetivación patidifusa: un niño recién nacido y sin embargo ya "experto" es una imagen que turba y contraría las leyes físicas, más o menos como un agua que incendia o un fuego que refresca. Para no apabullar a sus oyentes, don Pedro Boluda compensa su facilidad para la metáfora con incursiones en el prosaísmo; así, por ejemplo, cuando irrumpe en una fiesta a la que no ha sido invitado

para felicitar a Mercedes
porque se aproxima su día;
y yo dejo mis quehaceres
para darla yo una alegría.

Para que la sirva de salud
y su vida sea un encanto;
porque es tanta su virtud,
que la felicito en su santo.

El laísmo, el anacoluto, el solecismo más innovador y estupefaciente alcanzan rango estético en los poemas de Boluda. Más osado es aún en el empleo del hipérbaton pronominal, donde llega a dinamitar los cimientos del lenguaje, esa convención para plumíferos pusilánimes y amanuenses del diccionario. Veamos un ejemplo impepinable:

¡Oh virtud! ¡Qué abandonada te encuentras
que por todas partes te se cierran las puertas!
Siendo mi deseo que te vayas abriendo.

Especialmente abrupto es el hipérbaton del verso segundo, situado justo en la cesura entre dos hemistiquios memorables. Pero el talante iconoclasta de don Pedro Boluda no se detiene ni siquiera ante ese puritanismo académico empeñado en distinguir el modo infinitivo de un verbo de su desinencia imperativa; obsérvese qué adorable mogollón, y qué subversión ortográfica:

Andar, recorrer esos trayectos varoniles
haber si encontráis arcángeles y serafines [...]

Hay que dejad paso franco al estudio de verdad;
hay que protegedlo con toda la sinceridad.

A veces se destapa con una reflexión nítida y quevedesca -"vivimos interinos en la tierra"-, y a veces opta por el galimatías ameno, como cuando, hablando del trigo, confunde el oficio de panadero con el sacramento de la Eucaristía; conociendo el talante piadoso de don Pedro Boluda, queda abolida la sospecha de blasfemia:

Míralos cómo aumentan
en su dorada espiga;
y se van multiplicando
tantos granos enseguida,
hasta que en pan los convierte
nuestro milagroso Dios.

Precursor del ultraísmo, homicida del alfabeto y creador de una nueva gramática tartajosa, don Pedro Boluda acometía sus recitados con gran despliegue de aspavientos y ademanes feroces que suscitaban la hilaridad entre sus paisanos, pero él confundía esta hilaridad con los síntomas de la emoción, y ponderaba: "Parece que están ustedes muy emocionados. Claro, es que cuanta más inteligencia tienen las personas que me escuchan, más se emocionan". De los epitalamios y los poemas onomásticos fue derivando hacia los versos de abanico, muy solicitados entre damas de alto copete que habían nombrado a don Pedro Boluda bufón de sus veladas y subastas benéficas, y de los versos de abanico hacia la poesía de compromiso. No se recata don Pedro Boluda de denunciar a los patronos más leales a la plusvalía y de proponer soluciones a la emigración, aunque los consejos paternalistas que destina a los obreros delatan su desconocimiento de Marx:

Que los obreros se enferman de hambre
y no ganan, para el mínimo guisado.
¿No es una lástima que ocurra
lo que diariamente se ve?
¿Que el obrero no encuentre trabajo
ni tampoco se atienda a él?

¿Por qué España ha de consentir
que los obreros se vayan tan largo?
Darles un poco más de jornal,
para que así se vayan quedando.

Obreros, uniros todos en general
el trabajo da fuerza y salud;
vigoriza los nervios y quita el mal,
y trae el bienestar de la virtud.

Las alocuciones de don Pedro Boluda eran agasajadas con el regocijo unánime de patronos y proletarios, que hacían una tregua en su lucha de clases, para mofa de aquel desdichado. "Os doy las gracias por vuestro entusiasmo -decía don Pedro Boluda, con orgullo que se sobreponía al desconcierto-. Creía que había escrito una poesía en serio y ha resultado jocosa." Y alguien, para proseguir la bullanga, lo aclamaba: "¡Viva el gran poeta jocoso!" Andrés Bolarín, un modernista de chambergo y chalina, gacetillero de cierto brío y guasón deliberado, a la vista del éxito chusco de don Pedro Boluda, lo invitó a insertar regularmente sus composiciones en las páginas del diario Murcia, donde ocupaba cargo de redactor jefe. La sección, nada más estrenarse, se convirtió en la más celebrada y pistonuda del periódico: allí, fueron apareciendo poemas en los que Boluda renegaba del progreso ("¿No veis la enorme velocidad/ de automóviles contra la Humanidad/ causando un inmenso sufrimiento?"), exhortaba a los concejales a combatir una epidemia de triquinosis o proponía remedios contra la carestía de alimentos, en un tono entre campanudo y desternillante. Pero donde más vehemencia y encono incorporó fue en sus abominaciones de la Guerra Europea:

¡Por Dios, naciones, esto es horrible!
No permitir padezcan lo insufrible,
andar y prestarles vuestra atención,

pues por algo somos seres humanos.
¿No veis su sangre, que son nuestros hermanos
y que tenemos estrecha obligación?

 

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