a


AULA DE CULTURA VIRTUAL

ANTERIOR / SIGUIENTE

Transcipción de la conferencia del Dr. D. Miguel Lorente Acosta, Médico Forense

Es mucho más cómodo pensar que la sociedad en general está formada por esposos, padres, etc., de reputación impecable y que los agresores tan sólo son una parte marginal. Además, esta imagen es, como digo, fundamental para perpetuar la aceptación y la justificación de la agresión a la mujer bajo unos criterios creados exclusivamente por el hombre. Sin embargo, es una conducta evidentemente errónea cuyas consecuencias sociales son gravísimas; por ejemplo, y sin entrar en asuntos como la salud pública o la democracia, las que actúan sobre los niños testigos o víctimas de malos tratos, algo que ya he mencionado y que prometía desarrollar. Así, se sabe que, dependiendo del grado de violencia que hayan sufrido, pueden tener un retraso escolar significativo (en circunstancias normales, el retraso en edades comprendidas entre los 7 y 13 años es del 6%, y del 24% entre los 14 y los 18. Cuando los niños son testigos o víctimas de malos tratos, dicho retraso es del 24 y del 72% respectivamente) e incluso reproducir espontáneamente, en sus juegos y en sus relaciones, las conductas violentas vividas. Además, dicha violencia se va desarrollando cada vez más intensamente conforme van siendo adultos.

¿Qué significa todo esto? Que estamos haciendo niños que recurren con mayor frecuencia y de manera espontánea, casi instintiva, a la violencia y que, como consecuencia de su retraso educativo, tienen limitada su capacidad crítica, analítica, para elegir una conducta alternativa. Que estamos creando generaciones de personas violentas, generaciones que van a buscar y aferrarse al poder a cualquier precio, lo que les creará una sensación gratificante, positiva, y, por tanto, les introducirá en un círculo vicioso difícilmente remediable. Porque el poder es mucho más placentero cuando se consigue de manera injusta que cuando se consigue por derecho. En el segundo caso, tiene cierto matiz de justa recompensa, pero en el primero, cuando se trata del poder porque sí, del sometimiento de la otra persona a nuestra voluntad, es, como digo, mucho más gratificante. Y por desgracia, es el que se reproduce con más frecuencia y más claramente.

Afortunadamente, siempre queda un halo de esperanza, ya que en estos últimos tiempos, este temido efecto generacional parece ir remitiendo. Bien es cierto que hay violencia en parejas jóvenes, pero las chicas, tan víctimas de sus relaciones como lo han podido ser sus antecesoras, reaccionan mucho antes que éstas ante los malos tratos. Si el poder de aguante medio de una mujer madura es de aproximadamente siete años, las más jóvenes suelen poner remedio a la primera, segunda o tercera agresión sufrida. Ahora bien, si queda patente que esto es algo muy positivo, en honor de la verdad, no lo será del todo hasta que este problema no desaparezca por completo.

De hecho, lejos de solucionarse, sigue dándose una terrible consecuencia de esa situación violenta: el suicidio de la mujer maltratada, una conducta que parece pasar totalmente desapercibida. Por lo pronto, las cifras de homicidios en el seno de la pareja al cabo de un año son escalofriantes; alrededor de 60 ó 70 mujeres mueren a lo largo de los doce meses -las cifras que aporta el Ministerio del Interior siempre suelen ser más bajas que las de ofrecen las asociaciones que combaten este tipo de violencia-. Pero también hay que tener en cuenta el deterioro psicológico derivado de las agresiones y, al tiempo, causante de males mayores, porque ese hundirse en el pozo, esa sensación de que no hay salida, responde, en realidad, a una tercera y casi última fase en la vida de la mujer. En la primera, ella se opone a las vejaciones e intenta remediarlo marchándose a casa de algún familiar, denunciándolo, etc. Entonces es cuando el hombre le suele pedir perdón, le promete que no va suceder más y le pone un montón de excusas. En la segunda fase, la mujer ha creído ya todos sus argumentos y le va dando diversas oportunidades mientras va cayendo en ese pozo sin fondo al que me refiero. Entonces, ante el fracaso, opta por intentar sobrellevar la relación para evitar que el marido la pegue. Y así, si a él no le gusta que trabaje fuera, ella deja de trabajar; si no quiere que vea a su familia, ella deja de visitarla, y si no le gusta que salga con amigas, deja de hacerlo. Acaba, por lo tanto, atrapada en la red que el hombre ha tejido; cada vez hay menos motivos de agresión -cuando, en realidad, nunca los ha habido-, pero cada vez sufre más maltrato ¿Por qué? Porque la violencia del cónyuge no depende de la supuesta conducta errónea de la mujer, sino de los criterios del agresor. De esta manera llega a la citada tercera etapa, una fase de huida interpretada peculiarmente y que bien se desata con la agresión de la mujer al hombre, bien con el suicidio de aquélla. Esta última alternativa es la que abunda, por desgracia, ya que entre el 20 y el 40% de las mujeres que se suicidan cada año tienen antecedentes de malos tratos. Por consiguiente, no podemos descartar la relación entre los malos tratos a la mujer y su posterior suicidio. Es un hecho demostrable que las víctimas acaban manejando esta posibilidad, y si no, ahí tenemos esas dramáticas cifras: entre 200 y 400 mujeres que sufren agresiones optan por suicidarse. Y precisamente con dichas cifras hay que contar, porque forman parte del problema, porque está claro que si es grave hacer recuento de mujeres asesinadas a manos de sus compañeros, también lo es hacerlo de las mujeres que se quitan la vida por no seguir aguantando. Conviene no olvidarlo.

Como tampoco debemos olvidar aquellos casos descubiertos -unos pocos, porque la mayoría pasan desapercibidos- en los que el hombre simula un suicidio cuando realmente hay un homicidio detrás. Se conocen porque algunos se denuncian y otros son la conclusión de una investigación forense o policial que revela que hay algo más bajo esa presunta conducta suicida. Así que nada mejor que desenmascararlos para arrojar un poquito de luz a este grave problema que hoy nos ocupa e intentar buscar una solución factible.

Dicho esto, me gustaría acabar la charla volviendo a hacer hincapié en la necesidad de modificar el contexto sociocultural. Nosotros podemos crear una legislación maravillosa e incluso conseguir que se aplique correctamente, pero si no cambiamos la sociedad, si no rompemos con ese contexto sociocultural patriarcal, machista, si no trabajamos para que haya una igualdad real entre hombres y mujeres, basada en las lógicas diferencias entre uno y otro sexo, no desaparecerán las agresiones a la mujer. De hecho, la situación actual es pésima para lograr dicho cambio, ya que aproximadamente un 46% de los ciudadanos de la Unión Europea siguen manifestando que la mujer provoca al hombre. Esto indica una visión totalmente sesgada e incorrecta de la realidad que no ayuda a la resolución del conflicto, qué duda cabe. Tal afirmación no hace sino justificar y aumentar la impunidad del agresor, por lo que si tiene una discusión con el vecino, nunca se le ocurrirá pegarle un bofetón, un puñetazo o una patada, porque sabe que el vecino lo denunciará el 100% de los casos; pero si la tiene con su mujer, enseguida actuará violentamente para hacerle ver su proceder erróneo ¿Qué más da? Ella no le va a denunciar. Él sabe que cuenta con un respaldo social, que la sociedad lo va a amparar y que incluso va a ver como culpable a la mujer -recordemos esa expresión de «algo habrá hecho»-; por lo tanto, no tiene de qué preocuparse.

A la perpetuación del problema contribuye, también, pensar que las agresiones responden a factores totalmente circunstanciales, anecdóticos. Así lo demuestra la última encuesta del CIS publicada el pasado mes de abril, es decir, hace bien poco, y parece increíble que hoy por hoy, con toda la atención que han dedicado los medios de comunicación al tema, todavía se siga pensando esto.

Para que vean cómo responde la sociedad de manera casi innata, casi instintiva, ante una agresión, les contaré que en un parte médico del hospital de Jaén hecho a una mujer maltratada, tan sólo se recogió que presentaba un hematoma de un centímetro cerca del codo derecho. «El resto -se señalaba-, sin interés». No es una descripción muy exhaustiva, ¿no creen? Pero es que además, lo paradójico del asunto es que dicho informe decía a continuación: «agresión realizada por su marido, que muestra claros síntomas de intoxicación etílica y de síndrome ansioso». El médico no había examinado al hombre, que tan sólo iba de acompañante al hospital; sin embargo, con tan sólo ver las heridas de su compañera podía imaginar cómo estaba éste en el momento de la agresión. Es decir, inconscientemente, el médico ya había justificado la actuación del agresor, porque, como el resto de la sociedad, entendía que un individuo normal, esposo y padre, no puede propinar una paliza a su mujer.

ANTERIOR/SIGUIENTE

Enviar la noticia a un amigo

subir




info@diario-elcorreo.es

Pintor Losada 7
Teléfono: +34 1 944870100 / Fax: +34 1944870100
48004BILBAO