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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcipción de la conferencia de MIchael Robinson

En cuanto al libro, lo que se planteó no fue relatar las secuencias, lo visual, sino las enormes dificultades y discusiones que tuvimos a la hora de emitir imágenes un tanto polémicas, los criterios que decidimos imponer para seleccionar esas imágenes, el enojo de ciertos personajes (futbolistas, entrenadores y protagonistas de todo tipo de "Lo que el ojo no ve") que han visto publicadas cosas que no eran de su agrado, los comentarios de mi realizador y, sobre todo, los de los cámaras. Estos últimos hablan, sobre todo, del lavado de cerebro que han tenido que hacerles para que graben las curiosidades acontecidas en un estadio de fútbol (entre el público, los tics de un jugador, etc.) en vez del partido en sí, que es lo que realmente les suele apetecer. Además, existe una especie de "espionaje industrial"; puede ocurrir que uno de mis cámaras esté grabando la actitud de un señor del público durante un partido del Salamanca pero no llegue a publicar esas imágenes, sino que las archive, porque no acaba de ocurrir nada. Entonces, al cabo de 15 días, cuando ese equipo vuelve a jugar en el Helmántico, éste le puede decir al chico que debe acudir al campo en esa ocasión: «Oye, ojo, observa al tío que está al lado de la puerta número 5, uno que lleva gafas, porque hace cosas muy raras. Cuando ataca el Salamanca, salta sobre un pie, como si fuera supersticioso»; por tanto, ahí se está produciendo ese "espionaje". Pero lo mejor de todo es que la gente que trabaja conmigo es tan profesional, tan excelente -por lo menos, la mayoría-, que las demás cadenas, Antena 3, Tele 5, Televisión Española o las autonómicas, cuando ven una cámara de Canal Plus, siguen los movimientos de aquélla para poder filmar lo mismo. Movimientos que, en muchas ocasiones, tan sólo son para despistar al contrario. De repente, enfocan una esquina del campo y, en un segundo, pasan al extremo contrario; así, comprueban que las demás cámaras hacen exactamente el mismo recorrido sin percatarse de que, en realidad, no están grabando nada. Y todo ello se debe a que mi gente ya tiene el cerebro bien lavado y piensa de forma muy distinta a la de sus compañeros.

La verdad es que, en general, tengo mucha suerte con mi equipo. Todos los martes, convoco una reunión de dos horas por la mañana y tres por la tarde para elaborar El día antes, que se emite el sábado, y planificar El día después; pues bien, si, debido a los turnos de trabajo, debiera haber 18 personas reunidas, normalmente, hay más de 30 -de hecho, cuando hay 18, es un fracaso- ¿Por qué? Porque estoy rodeado de gente que ama su trabajo, algo que no le ocurre, por ejemplo, a mi amigo Paco Grande, editor de Estudio Estadio, y que supone un serio problema. Él siempre me dice que también hace reuniones los martes y que, sin embargo, sólo van tres o cuatro. Si no es que alguien tiene que ir al dentista, entonces, es que otro tiene un constipado que le dura desde el mes de septiembre hasta marzo; así que, al final, lo que deciden es -si me permiten la fantasmada- analizar la grabación de El día después. Esto, de por sí, supone un conflicto, pero es mucho peor teniendo en cuenta que el último partido suele terminar pasadas las nueve de la noche y el programa se emite sobre las once. O sea que él lo tiene francamente difícil y yo, francamente fácil, porque mi tiempo para preparar mi espacio es mucho mayor.

Y si les cuento todo esto es para reconfortarles, ya que, aun siendo bien cierto que nosotros tenemos las agallas suficientes para pedir dinero, también lo es que somos gente que adoramos nuestro trabajo y que nos ponemos muy nerviosos antes de salir en pantalla. Para que se hagan una idea, cuando yo acudo a "chapa y pintura", a maquillaje, sobre las siete de la tarde, tras haber visto algunos vídeos, y bajo de la novena planta al sótano, todo el mundo me dice: «Jefe, ¡suerte!», y me abraza, con lo cual, mis ansias y mi nerviosismo aumentan sobremanera -sudo muchísimo. También fumaba un montón, pero ya lo he dejado-. Luego, Josep Pedrerol y yo, con la "pintura" puesta, subimos al estudio y, hasta que empieza el programa, voy a orinar unas 12 veces. Aunque, sin duda, el peor momento es cuando me colocan el pinganillo en la oreja, me dicen que me siente en mi sitio, en el centro, y encienden los focos. Me siento tan mal sabiendo que soy la cara parlante que representa el trabajo de 62 individuos que se han pasado el fin de semana trabajando que pagaría por poder largarme a la otra esquina del mundo. Me entra tal pánico que, en vez de sentarme, intento dar un paseo ante el cabreo de la regidora, que me pregunta muy seria: «¿Puedes sentarte para que podamos ajustar las luces?». Entonces, decido obedecer, pero mi realizador, Ramón, a través del pinganillo, me dice: «Michael, te faltan tres minutos», así que, finalmente, me voy a dar ese deseado paseo hasta que no me queda más remedio que volver porque quedan segundos para comenzar. Es curioso que me siga pasando todo esto teniendo en cuenta que llevo 11 años haciendo El día después, mas no logro quitarme el peso de la responsabilidad y siempre acabo haciendo y diciendo las mismas tonterías producto de los nervios, a pesar de que me desean suerte y me dan ánimos. Por supuesto que todo pasa una vez que has empezado a hablar, pero, como ya he dicho, el saber que, con mi actitud y mis palabras, estoy poniendo en juego el trabajo de una gente que se ha dejado la piel en el intento, durante tantas horas, a cambio de poco dinero -he de reconocer que a mí me pagan bien; sin embargo, no hay dinero suficiente que compense su esfuerzo- y para entretenerles a ustedes condiciona sobremanera. Quizá no siempre consigamos nuestro objetivo, pero tengan por seguro que le ponemos todas las ganas y toda la ilusión del mundo.

 

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