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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcipción de la conferencia de Michael Robinson

A veces, la imposibilidad de mostrar absolutamente todo lo grabado hace que se pierden anécdotas tan bonitas como la de aquel aficionado del Atlético de Madrid que fue a Valladolid con su señora, muy bien vestido, para ver jugar a su equipo del alma. En el minuto 15, va a comprar unas patatas y no aparece hasta el minuto 65. Al regresar, se ha perdido, no sabe adónde mirar, así que, cuando el Atlético marca un gol, comienza a abrazarse a gente desconocida, y no sabe qué hacer cuando su equipo empata minutos más tarde. Al final, es su mujer la que le encuentra andando despistadamente y le echa una bronca de aquí te espero. Además, tiene el traje sucio porque se ha sentado en un lugar donde las palomas han dejado algún que otro "recuerdo", así que imagínense la desesperación de esa señora que se despide de un marido impoluto durante lo que ella cree que van a ser tan sólo unos minutos y se lo encuentra totalmente desaliñado mucho después. Ahí, no hay ningún intento de hacer gracia; es la vida en estado puro. Por tanto, hay cosas que, por sí solas, sin que nadie las adultere, son tremendamente preciosas y graciosas. Todo consiste en tener el estado anímico favorable para poder verlas.

Claro que también están las típicas travesuras como las que solían ocurrir en el campo del Albacete, el Carlos Belmonte. Antes, era un polideportivo; entonces, te cogías unas zapatillas y unas raquetas para jugar al paddle, por ejemplo, y acababas viendo al Real Madrid. Por eso mismo, decidieron poner unas medidas de seguridad cuando el equipo subió a Primera y quisieron hacer un estadio en condiciones; en concreto, para que no se colaran como lo hacían antaño -cosa que han recogido las cámaras- y no se orinaran bajo los árboles -hay que ver cómo han crecido, por cierto-. Por cierto que fue en Albacete donde le vi cometer su mayor fallo a De La Morena. Una noche, hicimos El larguero desde allí y entrevistamos a su alcaldesa, la señora Belmonte. Llegados a un punto, nos enteramos de que precisamente era la hija de Carlos Belmonte; entonces, sabiendo esto, De La Morena le comentó: «Bueno, a ti te gustara el fútbol, ¿no?». «No, no mucho», respondió. «Pero, como, ¿no te gusta el fútbol?» volvió a insistirle. «Pues no, no me gusta demasiado», ratificó. Entonces, él, con toda su buena intención, le espetó: «Si hoy día te viera decir esto tu padre, Carlos Belmonte, descanse en paz, ¿qué diría?», a lo que ella contestó: «Hombre, de hecho, mi padre estará descansando en paz, pero escuchando la radio, este programa; él no ha muerto». Imagínense. La respuesta fue verdaderamente chocante, ya que no se concebía que se le pusiera el nombre de una persona a un estadio si todavía sigue viva; por eso pensó que Carlos Belmonte estaba muerto, y por eso, también, resultó curioso que su hija apostillara que su padre no estaba «descansando en paz», sino escuchando el programa, vivito y coleando, y que incluso era socio. En fin, anécdotas de este tipo son las que pueden encontrar en este libro que hoy les presento.

A propósito de tal asunto, debo aclarar que, por una parte, está el libro y, por la otra, el vídeo. Se llaman igual, pero son dos cosas diferentes. El segundo es un enlace de distintas secuencias y, en total, dura un poco más de 70 minutos. La verdad es que fue muy difícil conseguir extraer lo mejor en tan poco tiempo; dénse cuenta de que llevamos 11 años con esto y es extremadamente arduo comprimir todo lo recabado en poco más de una hora. La editorial Aguilar había pensado que se debía editar un vídeo, así que hicimos un primero de seis horas de duración que tuvimos que reducir a tres horas tras una cena con barra libre que yo había organizado para que todos los componentes que han trabajado o trabajan en El día después eligieran sus secuencias favoritas, las puntuaran del 1 al 10 y pudiéramos llegar a hacer una clasificación de las mejores. Parecía imposible reducirlo más; no obstante, tras enseñárselo, los de la editorial insistieron en que no tenía que pasar de los 75 minutos. Entonces, ¿qué hice yo? Les pasé los vídeos a ellos y les dije: «Editen ustedes». Yo me sentía incapaz de seguir haciendo cribas, porque era como preguntarle a un padre a quién de sus hijos quiere más, porque cada cosa que no entraba era tan buena como la que sí se había incluido. Yo hubiera aceptado el vídeo de seis horas, y también el de tres, y cualquiera que hubiera contenido todo nuestro trabajo, aunque fuera por volúmenes.

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