F. RUIZ DE ESQUIDE
VITORIA
Juanito Oiarzabal concluyó ayer la frenética
carrera de los ochomiles. Pocas horas después de culminar
la hazaña y aún a 7.300 metros de altura donde
ha pernoctado el montañero vitoriano expresaba sus
sentimientos. «Ha sido muy emotivo, he llegado a llorar»,
explicó. Agotado por el esfuerzo y con un casi imperceptible
hilo de voz, Oiarzabal valoró la gesta lograda. «Es
el fin de un ciclo, de una parte de mi vida».
¿Cómo se encuentran físicamente
después de haber alcanzado la cumbre?
Estamos los tres muy cansados porque desde el día
26 no hemos parado ni un minuto. Hay que ver qué careto
tenemos, je, je. La verdad es que hemos madrugado muchísimo
y ha sido una gran paliza. Además estamos sin comida y
sólo podemos tomar productos energéticos. El que
está jodido es Eneko: lo tendremos que bajar mañana.
¿Cómo ha transcurrido la ascensión
y el descenso hasta el campo III?
Ha sido larguísima, pero con un tiempo bastante bueno.
Lo más complicado ha sido el descenso porque son pendientes
de 45 grados y bajas ya sin demasiados reflejos debido al cansancio.
Es necesario poner los cinco sentidos. Nos ha costado tres horas
y media bajar y es entonces cuando verdaderamente nos hemos dado
cuenta de por dónde habíamos subido a la noche.
Había inclinaciones muy serias.
¿Qué ha sentido al pisar la cumbre de su
último 'ochomil'?
Ha sido muy emotivo. En poco tiempo te pasan tantas cosas
por la cabeza... Me he acordado de los que he dejado atrás,
de Zulu, de Atxo, de Miranda. También de todos los que
me han apoyado. He sentido una alegría tremenda y me he
emocionado mucho al hablar con mi mujer, he llegado a llorar.
¿Qué supone personalmente para usted convertirse
en uno de los seis hombres que han alcanzado las catorce cimas
más elevadas del planeta?
Supone poco y mucho a la vez. Poco, porque después
de tantos años tenía que llegar un día u
otro. Curiosamente ha sido un 29 de abril cuando nunca antes
había alcanzado una cima antes del 7 de mayo. Pero supone
mucho también, porque en definitiva es el fin de un ciclo,
de una parte de mi vida dedicada a la alta montaña.
¿Qué recuerdo se lleva del Annapurna, la
montaña que le ha encumbrado?
El Annapurna no se lo recomiendo a ningún amigo,
es una montaña peligrosa y que te obliga a mantenerte
permanentemente en tensión. Tampoco me llevaré
un gran recuerdo en el sentido de que llegábamos aquí
con un gran compromiso después de todo lo que habíamos
hecho antes y eso no te deja disfrutar plenamente de lo que significa
la montaña. Lo que sí puedo decir es que el Annapurna
se ha comportado fabulosamente conmigo, porque el tiempo nos
ha acompañado en todo momento.
¿Cuál ha sido el momento más peligroso
de esta expedición?
El momento en que tuvimos que equipar la ruta hasta el campo
III. En teoría los coreanos debían hacer una parte
y cuando llegamos vimos que no era así y tuvimos que trabajar
mucho, siempre con la amenaza de las avalanchas. Dos de ellas
nos pasaron cerca.
¿Puede describir la cumbre?
Sólo hemos estado veinte minutos, pero en realidad
son tres cumbres. La más bonita, la de la izquierda, no
es la más alta. Nosotros hemos ido a la más alta,
la central, una verdadera cornisa. Pero lo que se dice hasta
la punta, punta, no se puede llegar porque los dos últimos
metros son un bloque de hielo.
¿Cuáles son los siguientes pasos que va
a dar?
Ahora vamos a dormir en el campo III porque no nos ha sido
posible llegar hasta el campo II, debido al agotamiento físico.
Pero mañana comenzaremos a bajar hasta el campo base,
cuando llegue allí pensaré que ya estoy salvado.
¿Y partir de entonces?
Bueno, me dedicaré a otras cosas, pero con más
tranquilidad. Pensaré en ir a Venezuela, en trabajar como
guía, en organizar expediciones comerciales y en volver
al Everest para subirlo sin oxígeno.
