OIARZABAL CULMINA LA CARRERA
DE LOS
OCHOMILES


Oiarzabal, soberano del Himalaya

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Oiarzabal, soberano del Himalaya

El montañero vasco conquistó el Annapurna a primera hora de ayer y se convierte en el sexto alpinista del mundo que asciende los catorce 'ochomiles'

ALFONSO AZKORRETA
VITORIA

Temprano, a las 11.46 hora local, las ocho en España, Juanito Oiarzabal y Juan Vallejo alcanzan la cumbre del Annapurna, casi de la mano. Están exhaustos. Han sido siete horas y media de lucha contra los elementos, desde el lejanísimo campo III. Y sin embargo, el corazón no les cabe en el pecho de alegría. ¡Por fin, los catorce ochomiles!

Tanto tiempo invertido, tanto esfuerzo, desgaste, preocupaciones y amigos íntimos que quedaron atrás. Algunos tragados por el Himalaya; otros, como amistades que ya no son. Todo se mezcla en la cabeza como un maremágnum incontenible. Ni siquiera el duro Juanito puede contener unas lágrimas que se congelan inmediatamente. El frío es tan intenso que hiela hasta el sentimiento.

Ahora, tal vez lo menos relevante para el alavés sea el haberse convertido en el sexto montañero que consigue subir a las montañas más altas del planeta, tras Messner, Kukuzcka ­ya fallecido­, Loretan, el fenómeno mexicano Carlos Carsolio y Wielicki. Para él lo verdaderamente trascendente es que hizo una apuesta personal; se propuso un reto, una hazaña, más bien, y la ha logrado.

Poco después, a los dos juanes se les suma en la cumbre el cámara de Al filo de lo imposible Ferrán Latorre. Eneko Pou, el miembro más joven del grupo, se quedó en el campo III, por iniciativa propia, a causa de un pequeño edema de altura. No pasa nada. Está bien y controlado a distancia por Ion Armentia, que realiza las funciones de enlace y maestro de ceremonias desde el campo base.

Ante los tres vencedores del Annapurna se extiende un panorama sobrecogedor. Desde 8.091 metros de altura el paisaje es indescriptible. En primer plano se aprecian las cumbres secundarias del Annapurna y el Dhaulagiri, otro ochomil. Hacia abajo, el valle del Kali Gandaki, uno de los más profundos de la tierra y por el que los montañeros realizaron la marcha de aproximación. Y hacia el Este, la cadena principal del Himalaya con el Cho-Oyu, Everest... ¡Qué emoción describir esta grandeza en primera persona!

UN CORTO EXTASIS
El éxtasis no dura demasiado. Las previsiones meteorológicas indican un empeoramiento del tiempo para la tarde y en la alta montaña no es recomendable pasar de las dos de la tarde en la cumbre. Además, el camino de bajada es tan duro como la subida ­aunque más corto­, y los montañeros están al borde de su resistencia. 20 minutos después de coronar la complicada cima y de unas pocas fotos e imágenes, el trío emprende el regreso.

El descenso empieza poco después de mediodía, al poco tiempo de la llegada a la cima de dos coreanos, Un Hong Gil, el amigo de Juanito, y Park, un cámara. Después culminan el Annapurna dos sherpas y la única mujer de la cordada, la coreana Gi.

La primera parte de la bajada está barrida por el maldito viento que ayer hasta última hora puso entre paréntesis su ascensión. Aparte eolo, el tiempo se mantiene despejado y las únicas dudas de los montañeros se basan en que un excesivo calor podría derretir la nieve en zonas más bajas y provocar avalanchas.

Tres horas y media después de emprender el regreso de la cumbre, llegan al campo III donde les espera un Eneko Pou más recuperado, pero con evidentes signos de haber pasado días mejores. El agotamiento les impide hasta hablar y deciden variar sus planes. No seguirán camino hasta el campo II ­su intención original­, sino que pasarán la noche a 7.300 metros. Hoy completarán el regreso hasta la base. Todavía les quedan unas cuantas horas de sacrificio y un paso complicado.

DESCANSO AL FIN
Una vez en las tiendas, Juanito y compañía se dan un respiro. Derriten nieve, beben, comen y paulatinamente abandonan el estado de letargo inducido por el frío y el agotamiento. Empiezan a hablar, a abrazarse otra vez y a comunicarse con el resto del mundo.
Han pasado más de doce horas desde que a la una de la madrugada sonó el despertador, tras una noche agitada y sueño entrecortado. Qué lejos les parecen ahora los momentos previos a la cima, cuando debían parar cada dos pasos porque sentían la asfixia en la garganta. Qué lejos la ansiedad, el frío y la incertidumbre de empezar cuanto antes el descenso. Y qué cerca la alegría de los últimos pasos a la cumbre, un abrupto pico de hielo.

Juanito cumplió ayer su hazaña. Le quedan más, por supuesto, como ir al Everest sin apoyo de oxígeno o a la Antártida para subir cualquier pico decente. Pero ayer dio por terminada una carrera, la que empezó hace catorce años y que le mantenía en vilo los últimos cinco. Ha entrado en un selecto grupo de conquistadores.


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