Mientras a primera hora de la mañana las txosnas de El Arenal se surten de provisiones para afrontar una nueva noche de Aste Nagusia, el barullo se traslada al Txikigune desplegado en la otra orilla de la ría. «¡Vaya envidia! ¿Por qué no nos dejan entrar?», se lamenta un joven con voz ‘post-festiva’ y que supera de largo el límite estipulado de 16 años.
En los pocos días que lleva en funcionamiento, este recinto situado en el Muelle de Ripa se ha convertido en el bastión de una fiesta... alternativa. No hay más que oír a los que frecuentan este espacio: el que prueba repite. Es el caso de Santi, a quien delata una sonrisa de oreja a oreja: es la cuarta vez que su nieto Mikel le obliga a ir. La principal novedad de este año reside en que los acompañantes no se limitan a ser meros espectadores. La organización ha buscado su participación en múltiples actividades, hasta ahora reservadas a los pequeños de la casa.
Para muestra un botón. Basta con darse una vuelta por los talleres de maquillaje para comprobar el «éxito» de la iniciativa, y a los padres concentrados mientras pintan la cara a sus hijos. «Yo sólo le he podido dibujar unos bigotes porque no soy nada habilidosa», bromea Maite mientras su hijo le apremia para ir al próximo taller.
Muy cerca de allí se puede contemplar algo increíble, una playa en pleno centro de Bilbao. El pequeño arenal sirve para el disfrute de los niños que juegan con el cubo y la pala, seguidos de cerca por la atenta mirada de ñas madres. A escasos metros se levanta la ‘Biblioteca Itinerante’, que apenas tiene lectores a primera hora de la mañana. Un padre bromea: «Están hartos de los libros, pero que no se acostumbren que dentro de un mes hay que volver al ‘cole’».
Santi y su nieto han decidido cambiar de tercio y ahora hacen cola en el Gargantúa. La longitud de la fila ilustra el entusiasmo que despierta el popular ‘devora niños’. «Le explicaba al chaval que parece mentira que todavía aguante. Recuerdo cuando era un niño como él y me montaba entusiasmado». Pero también hay lugar para la modernidad, talleres científicos donde seguir de cerca experimentos de centro de masas y otro sobre la sublimación del hielo seco. Eso por no hablar de un taller de sensibilización con discapacitados.
Entretanto, en los castillos hinchables se masca la tensión. «Tenían que abrir más de estas y quitar las que están vacías», protesta una señora que espera para que su nieta pueda entrar. La cola semezcla con la que conduce al puesto de globos y la sensación de agobio crece por momentos. Un padre la recrimina: «Si hiciesen eso, otro también se quejaría». En el puesto de información tienen un rincón para formular quejas y sugerencias. Hasta ahora ganan por goleada los que reclaman más actividades dirigidas a niños de entre 3 y 5 años.
«Preferimos el Txikigune antes que las barracas, se lo pasan igual de bien y encima ahorras», comenta Maribel que acaba de estar con su hija en el Taller de Dibujo y que va camino a la zona de lactancia pertrechada con su biberón.