La Aste Nagusia se cerró anoche con la despedida a Marijaia más emotiva de los últimos años. Los cambios introducidos en el programa para decir adiós al icono de las fiestas deleitaron a miles de bilbaínos. Por primera vez, la quema del emblema, que volverá a resurgir de sus cenizas el año próximo, se realizó después de la última sesión de fuegos artificiales y no de forma previa, como venía siendo habitual durante la última década. Previamente, cientos de comparseros, familias, niños y personajes populares se acercaron al Ayuntamiento a lo largo de la tarde para felicitar a la mujer más querida de la villa en su treinta cumpleaños. Marijaia se trasladó a los pies del Consistorio a las 19.00 horas. Vestida de gala, con sus brazos en alto, como símbolo del alborozo de la fiesta, y con muchas ganas de celebrar su aniversario, la protagonista de la canción más escuchada en la ciudad en las últimas nueve jornadas no defraudó a sus incondicionales. Una gran tarta, con tres decenas de velas, aguardaba su llegada. Un soplo de ilusión. No fue el único regalo que recibió. Ni mucho menos. Cientos de personas depositaron sus pañuelos azules a sus pies en un gesto que simbolizó el deseo de un feliz viaje y un pronto retorno. Saltos y cabriolas La idea de ofrecer la pañoleta festiva a Marijaia caló hondo muy pronto entre los bilbaínos. Los retales de tela azul fueron recogidos más tarde para que ardieran junto al símbolo de la Aste Nagusia en una despedida por todo lo alto. Sobre las 23.10 horas, la carroza con Marijaia partió del Ayuntamiento precedida de un grupo de zancudos que sorprendieron al numeroso público con sus prodigiosos saltos y cabriolas. El espectáculo brindado por el grupo Gaitzedi resultó tan original como arriesgado, porque hubo que apartar para prevenir golpes y accidentes a los miles de curiosos que se arremolinaban en torno a la kalejira con ánimo de que la fiesta no decayera. Las comparsas participaron en el acto portando las treinta velas que recordaban los años de la protagonista de la Aste Nagusia. Momentos después, bajó de su carroza para perderse entre sus fieles y reaparecer súbitamente, como por arte de magia, a bordo de una gabarra en la ría. A sus pies se dispusieron los pañuelos de la ofrenda popular. Y la fiesta se ahogó entre llamas que devoraron, al filo de la medianoche, la ilusión de toda una ciudad.