Arturo Fernández se pasará la próxima Aste Nagusia en Bilbao, pero trabajando. Vuelve al escenario del Ayala –del 18 de agosto al 7 de septiembre– con otra comedia ‘La montaña rusa': «La mejor de mi vida», proclama. Aunque su marca de estilo son sus impecables trajes y un rostro permanentemente bronceado que cultiva estos días en su refugio marbellí, la de este asturiano es una de esas caras conocidas de toda la vida moldeadas a base de golpes de esfuerzo. Sin embargo, viéndole con sus impecables camisas de rayas desabrochadas hasta límites insospechables y sacando pecho cargado de macizas cadenas de oro parece un multimillonario a punto de bajarse del yate .
–¿Cuántos trajes tiene en el armario?
–Ja, ja. Puedo presumir de tener las mismas medidas que a los 18 años. Es la leche. Así como los dinosaurios pueblan muchas exposiciones, mi armario está repleto de trajes de todas las épocas.
–¿Los ama y cuida más que a las mujeres?
–¡‘Mecagüen' la leche! Menuda pregunta. Me pone en un problema. Los cuido tanto como a ellas porque me proporcionan la posibilidad de admirar, disfrutar e intentar conquistar. Un traje siempre es una tarjeta de visita.
–¿Qué le sientan mejor? ¿Los ternos o las mujeres con las que siempre se le ve rodeado?
–Bueno, me llevo mejor con los trajes porque no discuten. Llego al armario y digo:‘Vamos a ver, ¿qué modelo me pongo hoy?' Y no se enfada ninguno. Pero no sé qué coño tengo que cuando llamo a una mujer, se enfada la mía.
–Dura elección la de un tipo que comenzó ganándose la vida de boxeador con el apodo de ‘Turote'.
–Verá. En mi juventud vivimos una época de crisis, casi como la de ahora. Pero entonces era mejor porque las crisis se perciben con menor intensidad cuando se es más joven. Es más, ahora ya no podría ponerme a boxear para ganarme la vida.
–Los años, Arturo.
–Mi padre fue un exiliado de la CNT durante veintitantos años y mi madre se quedó sola. Luego, sufrimos una posguerra, después una guerra mundial, y más tarde una posguerra mundial.
–Una vida difícil.
–Nos cayeron palos por todos los lados y me puse a boxear. Antes que bajar a la mina... Tampoco podía aspirar a cotas más altas porque yo debí inventar las faltas de ortografía. No daba para más y había que sobrevivir, tirar para adelante. Pero cuando me puse a ello (al boxeo) comprendí que los golpes no podían destrozar este físico tan impresionante que tengo y me dije:‘¡A ver si me van a estropear el futuro!'. Y dejé el boxeo.
–¿Era peso pluma o pegaba fuerte?
–No pegaba fuerte porque estaba mal alimentado. Era como una pluma, pero muy bello. Aunque con una pegada ‘estilo Tyson'.
–¿Dio más de lo que le pegaron?
–¡Hummm! Chato, ¿porqué me hace unas preguntas tan comprometidas? A mí me gusta hablar muy bien de mí, pero también me gusta decir la verdad. Y, ¿qué quiere que le conteste?
–¿Qué tal la verdad?
–Sinceramente, verme arriba, en un cuadrilátero... ¡Era un espectáculo! Al boxeo no venían mujeres, pero cuando vieron mi nombre y mi fotografía... Aquello fue la leche.
–Ha interpretado casi siempre a un galán mujeriego, con problemas de dinero y bastante caradura. Un personaje, usted. ¿Como la vida misma?
–Bueno, dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.
–Millonario hasta las cartolas, ¿tiene más de mujeriego o caradura?
–No sabe cómo le agradezco lo de millonario. Ponlo con letras mayúsculas, a ver si se lo cree mi banco. En cuanto a mujeriego, ¿qué quiere que le diga? Fui y sigo siendo un seductor en el escenario, pero fuera de él soy una persona normal y, sobre todo, con un enorme sentido de la responsabilidad y un gran amor por mi trabajo.
–«Nunca he sido hombre de líos». ¿Hay razones para creerle?
–Sí. Ahí está mi trayectoria. No creo que nadie me haya visto nunca en situaciones de lo que se pueden llamar líos. Fuera del teatro he llevado la vida de un hombre responsable, padre de familia, y muy buen hijo.
–Protagonista de ‘Tocata y fuga de Lolita', ‘Matrimonio al desnudo', ‘La amante perfecta', ‘El Adúltero'... Chatín, ¿cómo son las mujeres?
–¡Ufff!_Se han escrito ciento de miles de libros sobre cómo son ellas y nadie termina de conocerlas nunca. De todas maneras, el cine es el cine.
–«Lo que más me preocupa es la soledad». ¿Aún le inquieta?
–La soledad elegida, no. Me preocupa que uno no pueda valerse por sí mismo.
–¿Se siente solo Arturo Fernández?
–Verá. Todos los artistas tenemos momentos de inmensa soledad, aunque estemos rodeados de gente. El artista siente, en especial, un miedo a defraudar y ese terror te hace sentirte terriblemente solo.
–Siempre le han ido muy bien las cosas.
–Amo por encima de todo mi profesión. Ha tenido la generosidad de permitirme vivir bien.
–«Me gustan los éxitos, pero no tengo seguridad en mí». ¿Sigue así?
–A todo profesional le gusta triunfar en su profesión. Usted como periodista, al médico, al que asfalta las calles... A todos nos gusta ser los mejores en lo que hacemos.
–Con ‘La montaña rusa', que representará en Bilbao, ¿prolonga su carrera o suena a despedida?
–¿Despedida? ¡Nunca! Ni hablar. ¡Con 42 años no se puede hablar de retirada! ‘La montaña rusa' es un punto de inflexión en mi carrera. Su autor es, nada menos, que el de ‘Los puentes de Madison'. Es de las mejores comedias que han caído en mis manos. Necesitaba a Carmen del Valle, una actriz con mayúsculas galardonada con el premio Max por su actuación en ‘ La Celestina '.
–¿De qué va la obra?
–Hay que verla, no se puede contar.
–¿Por qué?
–El autor juega con el espectador cada siete u ocho minutos. Es un golpe de efecto. ¿Ha ido alguna vez a un parque de atracciones?
–Sí.
–Pues es lo más parecido a una montaña rusa. Cuando sube, contienes la respiración, y cuando bajas, ¡ay!, gritas de emoción, alegría, miedo...
–¿Es posible que esta sea la última vez que le veamos en Bilbao?
–Oye, chatín, pero ¿a usted quién le paga para retirarme?
–Que no, artista. ¿Qué lleva a un actor de su edad a seguir en escena?
–Porque es lo que más me gusta en el mundo y parece ser que a los espectadores que durante tantísimos años me vienen siguiendo en Bilbao también les gusta verme. Cuando uno tiene el privilegio de tener una profesión en la que el público te aplaude, es muy difícil renunciar y dejar de vivir eso cada día.
–¿Morirá con usted el teatro cómico?
–Verá, se está haciendo bastante comedia, y muy bien hecha. Quizá sea de los pocos que, además de interpretar comedias, las produzco. Evidentemente, en mis obras existe el glamour, la estética...
–El lujo que tanto adora.
–Soy un maestro en saber lo que el público quiere de mí. Pero, indiscutiblemente, viene más gente detrás de mí. Sólo les falta tiempo para hacerse con el nombre y las tablas necesarias para, un día, poder aspirar a ser cabecera de cartel.
Premio Ercilla de Teatro, el artista gijonés tiene una espinita clavada con el cine. Cree que le ha tratado injustamente –«sólo ha habido tres o cuatro películas importantes»–, pese a intervenir en más de 70. Es uno de los pocos actores que llena teatros y, a sus 78 años, sólo se resiste a confesar su edad.
–Coqueto hasta la saciedad, ¿por qué no dice los años que tiene?
–¡Hijoooo! No sólo no me resisto para nada, sino que, además, pongo dos más de los que verdaderamente tengo.
–¿Cuántos pone?
–Más de los que puedo demostrar en mi carné de identidad.
–Su madre siempre le decía que tenía que andar muy limpio, y es obvio que le hizo mucho caso.
–Los consejos de una madre nunca se pueden echar en saco roto. Son, indudablemente, los mejores.
–¿Es la única mujer a la que ha querido?
–No. Eso fue una interpretación que hicieron de mis palabras. Evidentemente, he querido a mi madre, como nadie, o como todos los hijos que son bien nacidos quieren a las suyas. Pero tengo dos hijas, dos nietas, una mujer, tuve otra primera esposa a la que quise muchísimo, que es la madre de mis hijos, y, como usted comprenderá, he querido a otras muchas mujeres ... ¡m-u-c-h-í-s-i-m-o!
–Desde el estreno de ‘El beso de Judas’ (1954), ¿qué queda de aquel chavalín?
–Ja, ja. Fue la primera película de un pequeño papel importante. Ya había hecho otras películas de una sola frase. Me queda un magnífico recuerdo de trabajar al lado de un gran actor como Rafael Rivelles.
–¿Qué le pide ya a la vida?
–Que me dé mucho tiempo, aunque usted se empeñe en lo contrario. Me encuentro muy guapo, más guapo que nunca. Deseando llegar a Bilbao para que vean al ‘bello Arturo’. La galanura no se pierde nunca. Quizá sea por la fabada asturiana y la sidra. Que la vida me deje como estoy y encima de un escenario.
–¿Qué tiene el escenario?
–Es el alimento fundamental para mi espíritu y mi bolsillo y, sobre todo, para mi satisfacción.Cuando se baja un telón, la gente se queda verdaderamente satisfecha Nunca sale defraudado con mis comedias.Ah, ponme, por favor, una buena foto mía. No me jodas, que una mala imagen vale más que mil palabras. Venga, chatín, un fuerte abrazo.