Hala, se acabó. Ya, que nos quiten lo bailao. Han sido unas fiestas musicales cumpliditas y variopintas. Y eso que funcionarios municipales de la cosa musical nos han comentado que el cartel de Semana Grande ha sido el peor en años y que en este periódico nos hemos pasado de benevolentes en la valoración previa general. Vaya, es relativo. Hay quien opina que las críticas negativas son un recurso premeditado para ganar fama y lectores, pero no: eso harían quienes lo aseveran. Nosotros vamos a los bolos a divertirnos, si no, nos quedaríamos en casa. Aunque, dando la vuelta a la tortilla, seríamos capaces de seleccionar un programa para chotearnos de los oficiantes y del respetable, ¿eh?.
El sábado, el último día de bolos oficiales, la oferta tenía empaque. No incluimos aquí al cantautor venezolano Carlos Baute, no porque sea chavista, sino por blando. La decepción la aportaron las estrellitas del brit pop Travis, que dieron la sensación de no tener ensayado el repertorio y propendieron a las chorradas para entretener al público. Y el amigo Josu Olarte avala que triunfó el festival reggae en una Plaza Nueva sin sillas y a rebosar con unas 8.000 personas que siguieron el aire soul de los jamaicanos The Heptones y cantaron al unísono el 'I Shall Be Released' de Dylan.
Nosotros apostamos por ver entero el bolo de Los Brincos en una Pérgola también arrebatada y abarrotada. ¡Y eso que sus conciertos de hace meses en Bilbao y Vitoria se suspendieron porque no se habían vendido entradas en anticipada! La cita comenzó con demora maleducada mientras el pincha pesado ponía a Rafaella Carrá y tal («yo tendría que estar emborrachándome por ahí», se quejó Pato a las 11.33 mientras comía un helado y le ofrecía a La Reina: «¿Quieres una chupada?»; ya ven qué personaje). Los Brincos, alias 'los Beatles españoles' y formados en 1964, resisten hoy por el ánimo del integrante de su segunda época, Miguel Morales, hermano de Junior. Arrancaron fenomenalmente con sonido de rock potente y un listado que demostró su influencia en multitud de grupos españoles posteriores. El principio de su exitosa gramola brotó irreprochable: abrieron con 'Flamenco' («si me preguntas a dónde voy...»), mod total y con el gentío, muy mayor, coreando oooh; 'Tú me dijiste adiós', tan actual como La Granja; 'Amiga mía', en plan Los Negativos del segundo LP; 'Sola', que remitió a los hoy exitosos granadinos Lori Meyers; 'Segundo amor', una suerte de surf a lo Fórmula V; la angloparlante 'The Train', en la escuela de Beach Boys y The Byrds...
Los Brincos preguntaron «¿estáis felices?», y «¡muchooooo!» chilló La Reina. La cosa se sostuvo sobrada en 'Nadie te quiere ya', que gustaría a Los Flechazos, en la sentimental y coral 'Lola', una ranchera melancólica a lo Secretos como la que despide a los pistoleros del pueblo mexicano en 'Grupo salvaje', y en 'Mejor', que palpitó clásica y encantaría a Lori Meyers. Fue a partir de 'Renaceré' cuando el pistón bajó, quizá por falta de fuelle físico. El rocanrol a lo Beatles/Hi Risers 'I Try To Find' trepidó, pero muy floja les quedó 'Giulietta' y curiosas aunque sin la pegada inicial 'Con un sorbito de champán' (una habanera coreada por todo el mundo y premiada con la gran ovación), y 'Borracho' (un hit ye-ye). Tras la lisergia de 'A mí con esas', el buen rockabilly vía Ricky Nelson 'Bye bye Chiquilla' y el homenaje a Juan Y Junior de 'Mi niña', cerraron con la resolutiva 'El pasaporte'. Y llegó el bis doble, sin glamour pues Los Brincos no abandonaron el tablado, y repitieron 'Mejor' y 'Lola' con los coros del respetable. Estuvo muy bien. Y si no se cansan y borran un par de temas, habría sido tan genial como Los Sírex. O más, porque Los Brincos gastaron un sonido más contundente.