El viernes melómano dispensaba la segunda noche más potente del cartel festivo. Lo inferior era un tributo catalán a Abba en La Pérgola, y buena pinta tenían los zíngaros Urs Karpatz en la Plaza Nueva. Por supuesto, lo óptimo era El Consorcio en el Guggenheim, que en su última visita al Euskalduna ofició uno de los conciertos del año, pero por profesionalidad, sin prejuicios y con la mente abierta acudimos a ver a Amaral. Viajamos en metro y recordamos el gentío de Fito & Fitipaldis. Llegaba un tren por minuto y no se podía evacuar la estación de Deusto. En pleno tapón tercermundista, un forofo chilló Athleeeetic y la masa coreó el himno hasta el tarará. Habría 50.000 personas (ejem, nos quedamos cortos de la emoción cuando la auguramos con El Barrio) y Pato perforó el hormiguero con la seguridad, decisión y técnica del ingeniero de minas que es. Nos plantamos junto a la mesa de sonidos y veíamos a los músicos y casi palpábamos las pantallas. El repertorio de Amaral fue de una sencillez aplastante, pero lo impusieron mediante una escenificación apabullante con vídeos que retransmitían al instante y al detalle las evoluciones (impresionaba Eva Amaral al arrimar su nariz a la cámara en primeros planos felinos), y fondo gigantesco de luces postmodernas. La atmósfera era alienante, perfecta para la masa apretada de todas las edades. El individuo común quedaba comprimido entre tanta humanidad cantora y ‘Tarde de domingo rara’ llegó como Los Planetas naíf y mostró uno de los fraseos recurrentes del guitarrista, el chico del sempiterno gorro calado, Juan Aguirre, técnicamente limitado pero feliz al transitar repetidamente por los pasajes post-rock. ‘El universo sobre mí’, se apuntó a su faceta más adolescente, como Melocos pero con letra seudofilosófica y mejor cantada, claro. ‘Toda la noche en la calle’ (‘Porque este mundo no lo entiendo / Porque hay verano y hay invierno’; ya ven qué altura conceptual, qué relativismo rampante) remitió a una de sus grandes influencias, Mecano, pero en orgánico, y Eva se asomó por el provocador, un saliente del escenario que penetra en el aforo para que el artista se sienta más cerca de sus fans y usan Jagger, Bruce o Bisbal. Se acabó y saludó Eva, pizpireta con su camisola plateada que cubría los bombachos y calzada con botas altas: «Gabon, Bilbo. Muchísimas gracias. Habéis venido unos cuantos esta noche, ¿eh?». Y atacó ‘Perdóname’, con más guitarras post-rock cruzadas con Mecano y una letra que incide en la sumisión, como tantas otras suyas que presentan a esta chica como desvalida, vulnerable y débil. Sirvan de prueba estos versos: ‘Perdóname por todos mis errores / por mis mil contradicciones’. Muy femeninos, la verdad. Entre la masa preferentemente indocta y acrítica que les sigue, una de las referencias cultas fue ‘Como Nicholas Cage en Living Las Vegas’. En ‘Las puertas del infierno’ los tambores redoblaron mecánicos a lo Marilyn Manson y en el rock con deje andalusí ‘Resurrección’ cantó ella: ‘Haces que se vaya mi melancolía / me devuelves de nuevo a la vida’. Eva cumple el rol de enamorada inexperta, pero muy pesada y agobiante con su sentimentalismo virginal y su debilidad de carácter. Seguían los títulos reconocibles porque suenan en las televisiones y en radios de taxis y supermercados, y llegó el pasaje acústico. Lo abrieron a dúo ante un inmenso telón rojo ejecutando ‘Estrella de mar’, con Eva atándose un pañuelo de fiestas y acabándola con coros ‘nos abrazamos’, muy Fresones Rebeldes. También en unplugged salió la banda, se alineó y contribuyó al blues ‘No sé qué hacer con mi vida’ y a la adaptación de Moby ‘Escapar’ (‘Slipping Away’). Y retornada la electricidad el adiós lo puso ‘Revolución’, aún ignoramos dónde y con quién entre tanta pedantería rasa, lírica prosaica, rebeldía sumisa y recursos bien aprovechados pero limitados (desde la guitarra de él a la voz de ella, con no demasiados registros). El concierto estuvo bien por aparatosidad y algunas melodías. A pesar de sus fórmulas reiteradas, Amaral no cayeron en el karma insustancial de Jarabe de Palo, por ejemplo. Además, los dos líderes conectan estética e intelectualmente con la peña que les adora. Aún quedaban dos bises y el primero lo arrancó Juan Aguirre solo, en plan Burning con ‘Es sólo una canción’, donde usó el altavoz como Michael Stipe de REM. El segundo bis lo arrancó ella con ‘Esta noche’, un folk etéreo, y al final lo remataron todos con ‘Sin ti no soy nada’, la revelación de sumisión que les hizo famosos. «Odio esta canción, no me identifico nada», sentenció la churri.