Estremecimiento, reflexión, poesía, música, ambiente de cabaret al más puro estilo de café teatro… y mucho despiporre. Nancho Novo (La Coruña 1958), madrileño de pro, presenta en Galdakao ‘Sobre flores y cerdos. Más Nancho que largo’. Autor teatral, compositor, cantante, guitarrista y actor, ofrece uno de sus espectáculos «más sinceros, con el que más me identifico y hecho desde el corazón». Un monólogo diferente en forma y contenido en el que habla sobre las relaciones y emociones humanas desde el «guarromanticismo», una especie de sentimentalismo cachondo al que avalan los miles de espectadores que han disfrutado de él este verano.
-¿Quiénes son los cerdos y las flores y qué relación hay entre ellos?
-Mucha gente piensa que las mujeres sois las flores y los hombres los cerdos, pero no es así. Indistintamente podemos ser el cerdo o la flor en un momento dado, sentir que les estamos ‘echando margaritas a los cerdos’, como se dice popularmente, que no se nos valora o se nos escucha lo suficiente.
-¿A quién le interesa el teatro hoy en día, para quién actúa?
-Le interesa a mucha gente. Es una de las pocas cosas de la vida que conservan su estado puro. Es, junto con la ópera, un espectáculo en vivo que no se suele ver en la pantalla. Tengo público de todas las edades, aunque quizá el que más me comprenda es el de mi generación. También he tenido patios de butacas con gente muy mayor aplaudiendo a rabiar porque aunque puedo llegar a tocar un poquito los cojones, lo hago siempre con humor y se ríen mucho. Sobre todo actúo para personas con la mente abierta.
-Este verano ha hecho triplete con ‘Los cuernos de Don Friolera’, ‘Sobre flores y cerdos’ y ‘El síndrome de Ulises’. ¿Con que fuerzas llega a las fiestas de Galdakao?
-La verdad es que ha sido un ritmo muy fuerte. Me pasó una cosa muy rara. Cogí una semana de vacaciones y el cuerpo me hizo ‘plaf’. Me puse enfermo de sobredosis de trabajo, no tanto físico como emocional. Me la he jugado y por suerte me salió todo bien. Se acabaron las vacaciones y me curé, como un campeón. Así que llego con todas las fuerzas.
-Las letras de su grupo ‘Los castigados sin postre’ llevan el sello de una filosofía underground de bares, humo, whisky y madrugada… ¿Cómo lo casa con la disciplina de los rodajes y los ensayos?
-Lo cortés no quita lo valiente. Soy espartano, prusiano trabajando. El colmo de la disciplina. Hasta cuando tengo que hacer del macarra más macarra me lo curro mucho. El objetivo del grupo es, sobre todo, vacilar un poco y tomarse las cosas con un poco de cachondeo. De ahí el estilo guarromántico de todo lo que hago, romanticismo con un poco de humor. Me río de mí mismo y así tengo un poco de licencia para reírme de todo lo demás.
-«Lo prometido es duda», «No creo en nada pero sospecho de todo». ¿De qué se defiende?
-De nada. Lo creo realmente. Ni niego nada ni creo nada a pies juntillas. Aunque soy bastante escéptico, no cierro las puertas a nada. En cuanto a las promesas, es una verdad como un templo. Cuántas promesas incumplidas hay en la vida. Cuanta más firmeza me ponen en una, más en duda la pongo. Creerle le creo, pero ¿y si no es verdad?, algo muy gallego. Es verdad que la vida nos pone a todos nuestros propios escollos, pero conmigo no ha sido especialmente cruel.
-Su estilo bohemio y de viejo roquero pega poco con un mundo de ideas cada vez más deslavadas. ¿Cómo se mantiene a flote?
-Lo de roquero vale, pero lo de viejo… Bueno, tengo varios chalecos salvavidas para tirar p’alante. Uno es el trabajo. Me permite jugar a tener emociones, a perderles el miedo. Me sirve como terapia, aunque no todo el monte es orgasmo. Mi interés por el arte, sobre todo el del Renacimiento, es otro. Me encantan las piedras, y eso de viajar a mi aire, en buena compañía mejor, sentirte diferente en otros lugares, Florencia, Berlín, Praga... No entenderte con nadie es un auténtico placer.
-Lo suyo es el desamor en el teatro, el cine, la literatura… ¿Tan mal le ha tratado el amor?
-El desamor está ahí. El amor no es como nos lo pinta la Santa Madre Iglesia y demás. A mí me ha tratado como a todos los que hemos amado y no sabemos ignorar el corazón. Hay que tenerlo en cuenta, aunque a veces te da alegrías y otras te hace sufrir.
-Dejó la carrera de medicina en el último curso, pero ¿qué le recetaría al mundo?
-Paracetamol y mucha agua (bromea). No, sería muy pretencioso por mi parte. Que vengan a ver ‘Sobre flores y cerdos’, que se reirán mucho y se olvidarán del mundo por un momento.
-¿Qué queda de aquel joven soñador que dejó Galicia para ser payaso, actor callejero y animador de discoteca?
-Queda sólo lo de joven.