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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Guggenheim in blue

El intenso color azul ultramar creado por Yves Klein
para sus obras más celebradas baña hasta mayo el
museo bilbaíno, en la mayor retrospectiva del artista

El artista francés Yves Klein asombró al mundo del arte a finales de los años 50 con sus ‘performances’ en las que una o varias modelos embadurnadas de color azul ultramar se restregaban en los lienzos en el suelo o apoyados en la pared. Una música monocorde compuesta por él mismo, intérprete aficionado de jazz cuando era más joven, servía de banda sonora de la acción artística, en la que Klein guiaba los pinceles humanos por el lienzo.

La nota sostenida de su ‘Symphonie Monotone’ sonaba diez minutos y a continuación reinaba el silencio el mismo tiempo, y así hasta el final. Empezaba a ser conocido por sus abstractas pinturas monocromáticas, que inició en la época que pasó en Madrid –hacia 1954-55– dando clases de judo en el Gimnasio Bushidokwai, al principio de Recoletos. Obras que pintaba a rodillo, para despersonalizar cada creación y el color, en la antítesis de la pintura realizada a mayor gloria del poder.

Con las acciones de las modelos, en la gama de obras que llama antropométricas, introducía la figura humana en el marco de su esencial y abstracta representación del cosmos, con ese color añil intenso y brillante que había creado ayudándo por un amigo químico, y que luego patentó con el nombre de International Klein Blue.

Este azul que cubre lienzos enteros en muy distintas texturas –esponjas marinas incluidas, como expresión de la máxima absorción del color–, baña ahora la planta baja del Museo Guggenheim Bilbao, en la más completa y documentada exposición retrospectiva dedicada al artista, muerto en 1962 a la edad de 34 años.

Un mar inmenso

Una enorme pintura-tapiz, como un inmenso mar azul, que puede rondar los 300 metros cuadrados de superficie, ha sido instalada a la entrada a la galería Fish, con la ‘Serpiente’ de acero de Serra y el ‘Círculo de Bilbao’, de Long, artistas que han sentido en algún momento la influencia del recordado creador francés.Yves Klein inventó un particular color azul que es protagonista en sus obras Es un guiño a la muestra que el Guggenheim de Nueva York dedicó a Klein el mismo año de su muerte, en que otra gran pintura de suelo fue colocada en la planta baja al pie del espacio de exhibición de forma espiral, recuerda el administrador de su legado, Daniel Moquay.

Olivier Berggruen, historiador y comisario de la exposición junto con su colega Ingrid Pfeiffer, hablaba ayer de un artista inclasificable que irrumpio en el arte «en la encrucijada de muchos movimientos y tendencias diferentes». En siete años llegó a ser uno de los principales pioneros del arte conceptual, autor de una obra que «discurre por caminos diversos», tomada por el color, que era para Klein manifestación de la «sensibilidad materializada».

También se refirió al incomparable marco de exhibición diseñado por Frank Gehry, dotado de «algunas de las galerías más impresionantes del mundo», donde hasta el 2 de mayo permanecerá la muestra dedicada a «uno de los artistas más importantes y originales del siglo XX», en palabras de Juan Ignacio Vidarte, director general del museo.

La muestra incluye cerca de 150 obras, algunas más incluso que en su primera etapa en Sala de Arte Schirn, de Fráncfort, donde ha sido vista por más de 80.000 personas desde el pasado septiembre.

El Legado Klein ha sido vital en la configuración de la muestra, rica en pasajes documentales, con grabaciones sonoras y fílmicas con acciones e ideas del artista. También han colaborado museos como el Reina Sofía, de Madrid, que en 1995 exhibió la primera retrospectiva de Klein vista en España; el Centro Pompidou, de París, y la Menil Collection de Houston.

Para Berggruen, Klein era también un gran publicista de su propia obra». Para empezar, era siempre abundante en explicaciones sobre lo que hacía, incluso «buen escritor». La muestra conlleva a cada paso piezas documentales, como la maqueta de los inmensos murales de la ópera de Gelsenkirchen, en Alemania –el mayor encargo que recibió en vida–, vestigios de sus escarceos arquitectónicos, ideas rotuladas, fotos y materiales diversos, como sendos cuadros de sus padres, también pintores. Un monitor sirve página por página el ‘Diario de Madrid’ que el artista escribió en español en sus inicios.

Sensibilidad por oro

Su voz suena en una sala acondicionada al efecto y en otro apartado se documenta hasta la saciedad alguna de las chocantes acciones que Klein realizaba a orillas del Sena, enfrente de la Conciergerie, el primer palacio de los reyes de Francia y luego terrible prisión.

Allí arrojaba al río la mitad de las láminas de oro con que algunos seguidores adquirían su arte: fotos, algunas láminas de oro y una chequera dan cuenta del trato: «He recibido 160 gramos de oro fino, a cambio de una Zona de Sensibilidad Pictórica Inmaterial».

Oraciones, disciplina y espiritualidad a flor de piel

«Santa Rita de Casia, yo te pido que intercedas antes Dios Padre Todopoderoso para que me concedas siempre, en el nombre de Cristo Jesús y en el nombre de la Santa Virgen, la gracia de habitar mis obras y que sean cada vez más bellas, y también la gracia de que pueda descubrir siempre, de manera continua y regular, cosas nuenas en el arte, cada vez más bellas, incluso si, por desgracia, yo no soy digno de ser un instrumento para construir y crear la Gran Belleza. Que todo lo que salga de mí sea bello. Que así sea. Yves Klein. Casia. Febrero de 1961».
El interés del artista en sus tratos con el Cielo está claro en esta oración escrita por él mismo a Santa Rita de Casia, de la que era devoto, quince meses antes de morir, cuando mantenía una desaforada actividad creativa. Olivier Berggruen constata la extraordinaria importancia que el judo –llegó a cinturón negro cuarto dan cuando nadie lo poseía en Europa– y la filosofía zen, que promueve la comunión del ser humano con el universo a través de la búsqueda de una sensación de vacío, tuvieron en la génesis del trabajo del artista.
«El judo le aportaba disciplina y una senesación de logro espiritual, lo que le dio la oportunidad de canalizar su energía creativa. También le reportó la sensación de lo ritual y del movimiento».
Un enorme cuadro de formato vertical de 1960, con imprimaciones de cuerpos humanos en dorado y en azul –éstos como si hubieran sido arrastrados ‘hacia arriba’, guarda un curioso y esencial paralelismo con los grandes cuadros de ascensiones y anunciaciones de El Greco, cuya obra había imitado de niño. :

GUÍA DE LA EXPOSICIÓN

Monócromos y antropometrías: A los primeros cuadros monocromáticos, incluido el anaranjado que le rechazaron en París en 1955, siguen las pinturas, esponjas y otros objetos, como varillas que simulan la lluvia, coloreados con el Azul Klein Internacional, el color que el artista patenta. A finales de la década introducirá la huella de modelos que actúan como brochas. Más adelante trabaja con otros colores, como el dorado y el rosa intenso, en cuadros que se parecen a la superficie de la Luna y a las que ahora se obtienen de Marte y de Titán.

Pinturas a agua y fuego: Toda su actividad está documentada, como sucede también con las Pinturas de fuego, que crea con un cañón que lanza agua y llamas sobre cartón. En otras obras, llamadas cosmogonías, el agua de la lluvia actúa sobre la superficie pigmentada.

La exposición estará abierta en el Guggenheim Bilbao hasta el 2 de mayo, todos los días, excepto lunes, de 10 a 20 horas. La entrada general cuesta 12 euros, la de grupos 10 y la de jubilados y estudiantes, 7. Menores de 12 años acompañados, gratis.