![]() UN AÑO PARA RECORDAR | ||||||
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El Guggenheim es una realidad más atractiva por su proyecto arquitectónico que por su proyecto museístico, que se promueve como imagen de una comunidad. Por este motivo se ha conseguido un alto grado de consenso, apoyado por actividades de costes millonarios y cifras de visitantes escalofriantes. Da la sensación de que es un espectáculo que depende excesivamente del público. Si queremos que el museo sea viable, debe cuidarse muy seriamente que el citado proyecto no permanezca aislado de otros proyectos culturales, ni del ambiente cultural y artístico de Euskal Herria. El Guggenheim debería ser el último eslabón que diese constancia a todo un proyecto cultural de Euskadi, en el que se encuentren engranados otros museos, centros culturales, galerías, artistas, becas y ayudas artísticas. Ojalá no llegue el día en que a todo el mundo se nos llene la boca con la palabra Guggenheim, porque esto, además de significar el triunfo del museo como espectáculo sobre el proyecto cultural, llevará implícito la muerte súbita de otros proyectos culturales autóctonos, por ser concebidos de forma distinta y no tan grandilocuente.
Nunca se había hablado tanto de Bilbao en el mundo. ¡Y con cuánto respeto y asombro se habla ahora! Soy testigo directo en mis viajes de la enorme curiosidad e interés que despierta el museo Guggenheim. En Estados Unidos, por ejemplo, antes, cuando una americana o un americano venía a Europa, París era la parada obligatoria. Ahora lo es también Bilbao. Como anécdota, en mi último concierto en Dallas (Texas), el pasado abril, la publicidad mencionaba mi participación en la inauguración del Guggenheim de Bilbao. ¡Y no fui yo quien lo dijo! Por cierto, que si van a venir tantos, tantísimos americanos (y no hay duda de que así va a ser), ¿no sería de sentido común que el consulado de Estados Unidos en la capital vizcaína se volviese a abrir?
Sospecho que somos un pueblo singular y que además disfrutamos pareciéndolo. De ahí, que la propia singularidad del museo Guggenheim encaje a la perfección con nuestra idiosincrasia. Frank Gehry, como buen genio, supo entendernos, y por eso, su obra se ha convertido en una de nuestras señas de identidad. Es nuestro otro Athletic; símbolo de autenticidad y de unión. Y eso, es mucho, aunque el Guggy sea también mucho más.
He de reconocer que mi escepticismo inicial ha sido sustituido por el reconocimiento a un trabajo realizado con precisión. A Thomas Krens le ha permitido mejorar su cuenta de resultados. A Frank Gehry, poder construir el edificio recreado en uno de sus sueños. A Jeff Koons, olvidar completamente a Cicciolina. A todo arquitecto que se precie, le supone la obligación de visitarlo. A la historia de la arquitectura, una página destacada. A los resistentes al cambio, un blanco contra el que batirse. A los artistas, el existir si tienen obra dentro y el no existir en caso contrario. A mí, el haber confirmado que el arte es un mercado y que la cultura es un espectáculo, pero este desengaño no es más traumático que la pérdida de la inocencia. Muchas cosas son diferentes para bastante gente desde que el museo existe.
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