UN AÑO PARA RECORDAR

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DOSSIER 1997


El año en que
perdimos la inocencia

PEDRO UGARTE

Aquella especie de liderazgo que Bilbao y Barcelona compartían como los centros industriales, económicos y sociales más dinámicos del país, escondía, en el fondo, profundas diferencias culturales. Las diferencias, en este caso, iban en nuestra contra. La rápida industrialización del País Vasco había generado de la nada una burguesía inquieta y emprendedora. La prosperidad hizo del nuestro un pueblo vital, emborrachado de éxito, que había interiorizado en pocas décadas virtudes admirables: la iniciativa, el individualismo, el esfuerzo y el trabajo. De sempiternos emigrantes, los vascos pasamos a levantar en pocos años un imperio de hierro, chimeneas y maquinaria pesada, un abigarrado y anárquico laberinto donde los talleres ensordecían, los ríos eran cloacas y las jornadas de trabajo se extendían durante horas interminables bajo un cielo bituminoso, teñido de ocres químicos.


LUIS ANGEL GÓMEZ
Los jóvenes forman parte del turismo que visita Bilbao para ver el museo.

Al contrario que la nuestra, la prosperidad catalana no era nueva. Cataluña contaba con una civilización urbana arraigada hacía ya dos mil años. Su burguesía era el producto de una larga historia y lucía esa pátina que caracteriza a los pueblos cultos. Por decirlo de otro modo: si la riqueza catalana tenía un poso de siglos y había venido macerada por sedimentos sucesivos, la nuestra era esa prosperidad restallante, irreflexiva, fanfarrona, de un verdadero nuevo rico.

Esa bonanza económica, que nos había llevado en pocas décadas del caserío a los modernos edificios de oficinas, de los caminos de mulas a las autopistas de peaje, resultó ser al final un periodo transitorio. De hecho, para los que nacimos en los años sesenta, la pujanza vasca era sólo una leyenda, un mito del que hablaban los mayores. Enseguida llegaron tiempos duros: la turbulenta transición democrática, la reconversión de distintos sectores económicos y el terrorismo hicieron del País Vasco una sociedad tensa, conflictiva, devorada por el pesimismo, afeada por ruinas industriales repletas de óxido y de mugre.

Y, sin embargo, en opinión del que escribe, a esas causas externas habría que añadir profundas razones culturales para explicar nuestra vertiginosa decadencia. Al contrario de Cataluña, excipiente final de una evolución económica, social y cultural muy prolongada, la riqueza vasca se había generado en un fugaz chisporroteo: no tuvimos tiempo para cambiar lo suficiente, para reflexionar lo suficiente, para sustituir los símbolos, para adecuarnos a los tiempos, para asumir una modernidad que se nos echaba encima y de la que poco sabíamos e íbamos a saber.

De hecho, durante un tiempo, se siguió imponiendo el tipo humano que enaltecía lo peor de nuestra propia identidad: un sujeto embrutecido, que no se andaba con medias tintas, invadido por una autosatisfacción estúpida y acrítica, un ser que mostraba sin complejos todo el desprecio que sentía por la palabra, el arte o la filosofía. Lo nuestro era el hierro, la labor empresarial, las diversiones honestas y viriles (fútbol, gastronomía). A nosotros no nos engañaban con bobadas: jamás inclinaríamos la testuz ante un turista. Simbolizábamos lo práctico, lo estrictamente empresarial, los asuntos del dinero y en modo alguno los productos del espíritu. No teníamos tiempo para veleidades estéticas ni para discusiones sobre el sexo de los ángeles. Todo eso nos impedía mirar hacia el futuro, intuir que todo estaba cambiando, comprender que el ser humano, esa sustancia tan compleja, reclamaba más bienes culturales, proyectos ilusionantes, diversiones distintas a la de ver ganar a un equipo de fútbol cada quince o veinte años.

Con retraso, a destiempo, pero hemos aprendido la lección. El Guggenheim, esa inmensa mole recubierta de titanio, viene a ser también un monumento a la pérdida de nuestra secular inocencia, nuestra inocencia de sobrios y estrictos aldeanos. El mundo se mueve hacia otra parte y, de algún modo misterioso, hemos sido capaces de subirnos (siquiera atrapando el último vagón) a ese tren vertiginoso y abandonar la sordidez de un discurso pseudoeconómico que, más que de genio de las finanzas, parecía propio de un encargado de taller. Quizá lo que el Guggenheim representa no es tanto lo que ha cambiado el diseño urbano de Bilbao como lo que hemos cambiado los vascos, lo que ha cambiado dentro de nosotros.

Tras unas décadas de desánimo general, quizás haya que volver a un discurso positivo y subrayar también, con moderada prudencia, lo atávico de algunas de nuestras virtudes: el dinamismo, esa especie de terca voluntad que impulsaba al vasco, cuando aquí sólo había pobreza, a descubrir el mundo con un hatillo sobre el hombro, y más tarde a trabajar incansablemente robando hierro a la tierra o fabricando acero; ese dinamismo que ahora nos ha obligado, tras una impetuosa sacudida, a reconvertirnos de nuevo, precisamente por el flanco más insospechado. Este país, que tan mezquino fue siempre con sus artistas, ha inclinado la cabeza ante los nuevos aires del próximo milenio. Podemos crecer, incluso por donde menos nos habría gustado. Podemos desdecirnos de tanta soberbia inútil y reconocer la grandeza de los pueblos hospitalarios y de los individuos creadores. Podemos empezar a imaginar, por fin, que con el arte y la cultura también se hace dinero, cosa que nunca sospecharon nuestros ingenieros y licenciados en Empresariales. Ahora descubren, casi con pasmo, que en el futuro la cultura generará más valor añadido que la máquina herramienta.

El Guggenheim es una especie de enorme acto de contrición elevado a orillas de la ría, y también la prueba más palmaria de que nos hemos sacudido la inocencia. Ya era hora.

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