![]() UN AÑO PARA RECORDAR | ||||
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Arquitecto del Palacio Euskalduna No entendía de arte, pero sabía lo que le gustaba y lo que no. Le gustaban esos retratos y algunos cuadros de escenas rurales. Le gustaban las casas de Sota. Pero ahora empezó a pensar ¿por qué no? ¿Por qué no podía haber casas hechas de metal? ¿Por qué no podían existir monumentos sin columnas ni frontones? ¿Por qué no podía haber palacios que pareciesen barcos? ¿Por qué no podía ser noble un acero oxidado? ¿Por qué no podían existir edificios modernos en la ciudad? ¿Por qué no podían gustarle todas esas obras modernas? Se asombró de lo que estaba empezando a pensar. Una niña cruzó delante del hombre. Estuvo a punto de tropezar.
Para ella, la ciudad era un bosque, un lugar donde también habitan seres que los mayores no eran capaces de ver ni oír pero que caminan a nuestro lado. Un lugar que también disponía de reflejos, de murmullos. Un lugar donde las cosas son lo que pensamos que quieren ser. Por eso, ella veía una nube de tonos blanquecinos posada sobre la calle, de la que unas veces salían ejércitos de banderas ondeantes y otras veces había plumas gigantes y flácidas. Otras veces era un animal rosa que reptaba lentamente pocos veían que se moviera entre casas enemigas hacia una cueva de metal rojizo que estaba muy cerca. En la cueva también había vidrios de colores de formas irregulares, dibujos en los suelos. Como ella caminaba, no oía el ruido de los coches sino lo que los edificios conversaban. Ella hablaba con ellos y se enteró de que eran animales libres, no les importaban las habladurías. Así también oyó hablar a la ría. La gente no ha pensado que el agua de la ría es tan espesa porque tiene mucha historia. Años y años de reflejos que se han ido hundiendo en sus profundidades. Si fueseis capaces de ver a través de mí, podríais leer el pasado, reconocer aquellos buques que llegaban, las caras sonrientes o preocupadas que se reflejaban desde las orillas, las llamaradas vibrantes de fuego, los chavales tirándose desnudos, incluso los gritos y las huelgas. Aunque fluya el agua, yo conservo estos recuerdos, y hoy os devuelvo estas imágenes. Recompuestas en nuevas formas, en artefactos fuertes y vigorosos. En metales brillantes y en aceros oxidados. En nuevos gritos y las sonrisas, cristalizadas en extraños paños de vidrio. En objetos que la gente reconoce pero no sabría describir. Un avión rugió por encima. Voy a agitar un reflejo de despedida. Se asomó por la ventanilla. Sobrevolaban precisamente por la zona del museo. La ría tenía un color profundo. Las ciudades desde el aire son muy atractivas. El arquitecto disfrutaba. La arquitectura no había muerto. Regresaba optimista a su país. Si era posible intervenir así, si era aún posible usar la imaginación, es que las ciudades todavía eran jóvenes. El se sentía rejuvenecido. Como un vanguardista a punto de escribir un manifiesto radical. Volvía además contagiado de la actividad que en Bilbao irradiaban sus ciudadanos. Era importante hacer, también provocar discusión sobre las cosas y nuestras ciudades. Nadie debería no opinar sobre su ciudad y su futuro. Aquellos edificios hacían que la gente tomara postura. Y para él, además, presentaban unos espacios totalmente nuevos; un arquitecto debería construir un espacio que nadie se hubiese atrevido a soñar antes. Sí. La arquitectura no ha muerto. | |||
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