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DOSSIER 1997


La protagonista del verano

'China: 5000 años' ha batido todos
los récords de público

ALICIA FERNÁNDEZ

China: 5000 años, abierta al público hasta el 22 de octubre, ha sido la mejor exposición ofrecida por el Guggenheim Bilbao hasta el momento. El alto coste de la muestra, también presentada anteriormente en Nueva York, ha sido compensado por el elevado número de visitantes, en coincidencia además con el periodo estival. El éxito arrollador de público ­cerrará con más de 400.000 visitantes­, constata de nuevo la existencia de un tipo de exposiciones que generan la afluencia masiva de espectadores, ya sea por sus rasgos diferenciadores o por la conmemoración de un personaje o por el acontecimiento histórico. Las muestras sobre Velázquez, Felipe II o la generación del 98 son algunos ejemplos bien conocidos.


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Tres estatuas del ejército de terracota descubierto en Xiang.

En este caso se trata de una exposición que intenta abarcar 5.000 años de una cultura realmente apasionante y magnífica, lo que representa una oferta suficientemente atractiva como para generar considerables sinergias. Todo ello apoyado en la diversidad y riqueza de muchas de las piezas mostradas, en actividades didácticas paralelas a la muestra como conferencias y en un recorrido, por primera vez, claro y organizado. Por lo tanto China: 5000 años es un encuentro extraordinario y una oportunidad única para contemplar la fascinación y la innovación creativa de esta cultura.

Resulta sorprendente comprobar a lo largo de las más de 500 obras que componen la exposición, algunas mostradas por primera vez al público, la exquisitez técnica desarrollada por los artistas chinos. Auténticos maestros de lo bello y lo sublime, su espíritu ha sido y es fuente de inspiración para muchos creadores .

Además, la exposición demuestra cómo la función educativa es perfectamente compatible con el entretenimiento siempre que su presentación sea la adecuada. El público en general y el estudioso en particular pueden disfrutar a la vez de un espléndido recorrido que en ocasiones, sorprende por la delicada calidad de las piezas de jade, bronce y cerámica o por la acertada ambientación de las salas dedicadas a las caligrafías y estampas. Tan sólo al final del trayecto, el espectador vuelve a enfrentarse con los restos de las salas de arte contemporáneo, un sinsentido organizativo, de relleno mientras se preparan los próximos eventos.

Y es que precisamente, con tanta rotación de los fondos y exposiciones entre las distintas sedes y sin una colección permanente estable, hay momentos en los que el aspecto interior del museo resulta desalentador y es un auténtico fiasco para el visitante; sin olvidar los traslados, los elevados riesgos para las obras y el gran esfuerzo personal que los cambios continuos originan.

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