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Tránsito
Enrique Portocarrero
Es posible que la magnitud o la importancia de un artista como Rothko
merezca una exposición de mayor contendio y más amplia
explicación. Sin embargo, puestos a dejarnos seducir por el título
de la nueva muestra consagrada por el Museo Guggenheim a este emblemático
miembro de la Escuela de Nueva York, lo cierto es que el recorrido por
las veintinueve obras expuestas en ella sirve al espectador como ceremonia
iniciática para la entrada en ese silencio luminoso de espacios
o en esa plenitud del vacío que se ha forjado prescindiendo de
todo lo accesorio.
Unos espacios de expresividad cromática, precedidos de obras
con resonancias surrealistas o con trazos figurativos, que explican
un capítulo decisivo de la historia del arte, donde el automatismo
se convierte en expresionismo abstracto o, mejor dicho, en una delicada
contundencia de Rothko, con dobles y triples espacios de color que alcanza
una mística de quietud y claridad espiritual.
Colores de serenidad, pues, para la contemplación y el recogimiento,
que luego contrastan en el recorrido con esos otros, 'black and grey',
de tristeza, angustia y, si acaso, de tragedia y suicidio. Un tránsito
existencial, sí, perfectamente asimilado al propio devenir de
un arte expresivo, que primero da rienda suelta a los arquetipos del
inconsciente, para luego encontrar la serenidad y la angustia de los
espacios infinitos, lo primero con la armonía de la luz o el
color, y lo segundo con los grises y los negros de la noche oscura.
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