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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Claridad

Enrique Portocarrero

Con independencia de algunas lagunas o de la existencia de opiniones divergentes y subjetivas sobre la valoración de artistas concretos y de corrientes o tendencias plásticas determinadas, lo cierto es que la colección propia del Museo Guggenheim Bilbao se está convirtiendo poco a poco en el mejor fondo de arte contemporáneo internacional existente en España.
Algo tan lógicamente costoso en términos financieros como difícil de lograr por razones de oportunidad, sobre todo si se tienen en cuenta no sólo las fuertes revalorizaciones registradas en el mercado del arte durante los últimos quince años, sino también las dificultades de compra en el caso de muchas piezas que tienen un carácter ciertamente singular.

Todo ello supone, en buena lógica, que nadie debería ni sorprenderse ni mucho menos sonrojarse por un esfuerzo presupuestario y un gasto público en cultura que es igualmente positivo para el patrimonio cultural vasco y para un museo erigido en elemento tractor de nuestra difusión cultural. De igual manera, lo anterior también hace injustificable un oscurantismo político sobre los precios pagados por las compras de esa colección, el cual denota inmadurez política y un bajo concepto de los administradores con respecto a la capacidad de juicio de los ciudadanos.

Y no sólo es eso, ya que encima la transparencia o la claridad en la gestión de los fondos públicos es elemento esencial de la democracia en cualquier país civilizado, se gobierne sólo una legislatura o seiscientas de forma ininterrumpida.