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El rey de la blanca corona
Convertido en
el mejor modelo de su propia obra, el creador italiano ejerció
anoche de anfitrión ejemplar
J. Méndez
"Trabajar
con Armani es un placer impresionante. Nada más verte
sabe con qué vestido vas a estar más hermosa sobre
una pasarela». Nieves Álvarez, el pelo recogido
en un moño, sandalias altas plateadas, se tropezó
en el atrio del Guggenheim con el modisto italiano. Besos y murmullos
bajo la penumbra. Ambos recordaron aquel «maravilloso»
modelo del año 95, «de pedrería azul y un
tremendo escote» que vistió la modelo, uno de esos
trajes que las maniquíes sueñan con llevarse a
casa cuando se apagan los focos. «Un vestido que estaba
hecho para mí», confesó Nieves.
Anoche, muchas de las mujeres y de los hombres que acudieron
al reclamo del diseñador italiano, pensaron como Nieves
y eligieron conjuntos diseñados por Armani. Isabel Preysler,
de las últimas en llegar de la mano de Ramón Mendoza,
fue una de ellas. Escogió uno, bajo un chal oscuro, de
impresionante escote negro, con lentejuelas y pedrería
blanca, sobre el que se volcaban las miradas que resbalaban ante
una de las caras más populares del país. Por Isabel,
traicionada por los focos impúdicos de la televisión,
también pasan los años. Pero no para su proverbial
amabilidad. Siempre con la sonrisa justa a punto.
«Armani es un genio. Tengo debilidad por todo lo que hace»,
decía Isabel. Y las perlas como peras de sus pendientes
titilaban bajo los flashazos. «¿Si visto algo suyo?»
Y se abrió el chal para enseñar la filigrana de
bordados y luces del vestido.
Luego, posó junto a Carmen Martínez-Bordiú,
una de las mujeres que, curiosamente, con más orgullo
lleva la edad y sus evidencias. Carmen vestía anoche un
Poiret, vaporoso y negro, un traje de encajes con historia,
fruto de un taller legendario que ya cerró sus puertas.
Un bolso de coco
Los famosos (¡qué cruel debe ser entrar en una 'sarao'
de esos y que nadie te reconozca o te fotografíe!) se
paraban al final de las escaleras que dan acceso al museo para
recibir su baño de luces. Las mujeres dejaban en consigna
sus chales y pañuelos. «He pasado toda una semana
pensando qué traer», decía una de las invitadas.
Del hombro de Carla Royo, vestida en seda rayada, colgaba, como
bolso, un coco mexicano «regalo decía de
mi hermana».
Las fotos y las entrevistas eran el pasaporte a la fama. Algunos
hablaban brevemente. Como Joaquín Cortés, que peleaba
en inglés con los micrófonos, bien plantado sobre
sus botos negros. O Blanca Suelves, delgadísima, con el
anillo de boda por todo adorno. También iba de negro.
Un mínimo bolsito flotaba en sus manos. A su lado, algunas
invitadas limpiaban disimuladamente sus dientes de carmín
antes del champaña.
La que tuvo menos problemas que nadie para elegir la ropa fue
Roberta Armani, la sobrina del modisto de Piacenza, convertido
en el mejor escaparate de sus obras. «Escogí este
vestido justo antes de venir», reía la altísima
y bella familiar del modisto. A su lado, su tío, calzado
con unos zapatos de suela de goma, sostenía sus gafas
de montura metálica gris y oficiaba de anfitrión
con sencillez mediterránea. Hermoso anfitrión.
Sus ojos verdosos calmaban todas las prisas de la ceremonia.
«Estoy feliz», decía. «Mañana
empezaré a ver los errores. Pero, ahora, quiero disfrutar.
Los invitados hablan de mi ropa. ¿Sabe lo que más
me sorprende? Yo he hecho vestidos rigurosos y, en cambio, puestos
sobre las personas sólo veo cosas sencillas, fáciles.
Me hablan de lo que sienten. Por lo que me dicen, además
de sastre he hecho muchas más cosas».
De momento, reunir bajo un mismo techo a gente tan dispar como
Boris Izaguirre o Nuria March (¡pedazo esmeralda!). Y regalar
los ojos del respetable con personas como Verónica Blume
(con un pantaloncito de alta costura con el que enseñaba
el ombligo) o Antonia Dell'Atte, otra musa vestida de verde brillante.
Princesa para el rey de la corona blanca.
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