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Armani transforma el Guggenheim en
una radiante pasarela
Autoridades, invitados
del modisto y representantes de la vida social dan color a la
apertura de la muestra
Iñaki Esteban
En la foto oficial hubo algunas lágrimas,
muy pocas, no de la emoción ni de los nervios, pues las
autoridades y los invitados de Giorgio Armani lucían sonrientes
y con muy buen ánimo. Era el hijo de Germano Celant, comisario
de la exposición, un niño con un año de
vida que amagó un berreo quizá molesto por la atención
que le prestaban los fotógrafos.
Los vestidos más coloristas del diseñador italiano
sirvieron de fondo para que posaran los primeros asistentes a
la muestra patrocinada por Iberdrola: el lehendakari Ibarretxe;
la consejera de Cultura, Mari Carmen Garmendia; el diputado general
de Vizcaya, Josu Bergara; el alcalde de Bilbao, Iñaki
Azkuna; el presidente de Euskaltel, José Antonio Ardanza;
el director del museo, Juan Ignacio Vidarte, además del
propio Armani y de su sobrina Roberta, joven, muy guapa y con
aire de pintar mucho en la vida de su tío. El pequeño
Celant, sus padres y Harold Koda, también comisario de
la muestra, completaron la primera imagen de una exposición
que sorprenderá por la ensoñadora escenografía
de Bob Wilson.
Armani recibió a los invitados en la puerta del museo,
a la que se llegaba por una moqueta gris que cubría las
escaleras. Desde el momento en que aparecieron los primeros asistentes
a la cena de gala, que congregó a 350 invitados, aquello
se convirtió en un desfile de vestidos femeninos que visto
desde las plantas superiores del Guggenheim parecía un
collage multicolor, salpicado por los puntos negros y blancos
de los trajes de gala de los hombres.
«No, cualquiera no puede estar en un museo. Armani, sí.
Fue él quien simbolizó el nuevo poder de las mujeres
y todavía es el diseñador más 'fusilado'
de la historia, aunque yo no tengo mucho que ver con lo que él
hace», explicaba el modisto Francis Montesinos.
Los invitados comenzaron a reunirse en al atrio sobre las ocho
y media. El mayor revuelo se formó al aparecer Pedro Almodóvar,
que Armani saludó con el único abrazo que dispensó
en toda la tarde, fuerte y largo, nada protocolario.
Almodóvar
manifestó que el italiano le dio «mucha suerte»
el año pasado, en el que recibió y recogió
una gran cantidad de premios siempre vestido de Armani. «Me
gustaría ser tan independiente, original y suave como
él. Sin su imaginación no existiría ni Calvin
Klein ni Donna Karan», afirmó el cineasta.
Almodóvar incidió en que la moda es arte «cuando
el objeto o vestido realmente merece la pena». «Yo
provengo de la cultura pop y compro los accesorios como si fueran
obras de arte, sólo que no me cuestan tanto como un cuadro.
Tengo en casa dos sillones de Gehry, que he sacado en una película
mía, y que creo que son cosas preciosas, como este museo,
que es un privilegio para Bilbao», añadió.
Una de las musas de Armani en los años ochenta, Antonia
Dell'Atte, fue de las más perseguidas con la mirada. «Le
conocí en un restaurante. Tenía 17 años
y al día siguiente firmé un contrato con él.
Para mí es un genio que sabe reconocer, con humildad,
lo que hacen bien los demás», declaró.
Futbolistas como los hermanos Guerrero, Julen y Félix,
famosos televisivos, empresarios y gentes de la moda: parecía
no faltar nadie en el acontecimiento. Bueno, sí, los artistas
plásticos. No hubo ninguno ayer en el Guggenheim. Un poco
raro para un museo.
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