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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Coherente

 

ENRIQUE PORTOCARRERO

No se busque en el recorrido por esta soberbia muestra dedicada a Frank Lloyd Wright el sello estilístico indeleble de un formidable arquitecto. No se busque, digo, porque sencillamente no existe. Y no existe, claro, porque a diferencia de los actuales arquitectos con ínfulas artísticas, su obra no era el resultado de un estilo formal plástico y uniforme, sino más bien el producto cambiante que respondía en cada caso al lugar, al tiempo y a las necesidades concretas. Una coherencia estética y funcional de formas tan naturales como la propia naturaleza, a la que Lloyd Wright se entregó en línea con el ultraindividualismo americano o con el naturalismo del mismísimo Thomas Jefferson.

Obviamente, lo anterior no significa que el espectador no pueda encontrar en la contemplación de los bocetos, croquis, planos, maquetas, filmaciones y animaciones muchas sugerencias inspirativas que ayudan a valorar y admirar el trabajo de un auténtico visionario. En ese fácil empeño la mirada encuentra el respeto por la armónica relación entre la forma y la funcionalidad, el énfasis en la horizontalidad y la composición asimétrica, a veces el refinamiento del exotismo japonés, otras la influencia cubista y racionalista, algunas más el vanguardismo en soluciones urbanísticas y constructivas; y siempre, por supuesto, el alejamiento de la pura representación y de los espacios no funcionales. Algo en lo que ayuda un montaje expositivo ejemplar, sin duda, que incita al espectador a sumergirse en el mundo creativo de un arquitecto tan coherente y riguroso, como fascinante