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La vanguardia ingenua de Rousseau
El Guggenheim muestra la obra del artista que pintó la crueldad de la selva sin salir del zoo de París
IÑAKI ESTEBAN
Si los cuadros de Henri Rousseau (1844-1910) cayeran en manos de un profesor de dibujo, a duras penas lograrían el aprobado. Las caras de las niñas parecen de muñecas, las extremidades de las mujeres son demasiado largas y anchas, la falta de perspectiva resulta clamorosa, y sin embargo todas esas imperfecciones humanizan la pintura del agente de aduanas francés, que se jubiló a los 49 años y a partir de entonces se dedicó a desarrollar su vocación artística. El Guggenheim dedica una exposición de unas treinta obras a este pintor conocido por su estilo naíf, por sus árboles y follajes llenos de exotismo, por esas selvas habitadas por crueles animales que nunca pisó y que nacieron de sus visitas al zoo de París. La muestra recalca cómo los ‘fallos’ de Rousseau tuvieron un efecto paradójico, pues a finales del siglo XIX y principios del XX la corrección formal no estaba bien vista, y así los modernos como Pablo Picasso, Robert Delaunay, Ferdinand Léger y Vasily Kandinsky lo acogieron como uno de los suyos, y le dieron un lugar en la historia. A Rousseau, sus limitaciones de amateur le convirtieron en uno de los grandes. El mundo exuberante Fue Davidson quien se encargó de mostrar otros rastros de la modernidad de Rousseau, como el uso pionero de la fotografía, las postales y las revistas populares, aunque sin duda la aportación que más gustó a los modernos, incluidos los surrealistas, fue su empleo del collage. Además del aspecto naíf de su pintura –«su imaginación se asemejaba a la de un niño», incidió Davidson–, la disposición de sus elementos tenía mucho de ‘folie’ exótica y divertida, como si las figuras –personas, árboles, animales– estuvieran recortadas y pegadas sobre un plano. Sin salir de los jardines parisinos, Rousseau se inventó un mundo exuberante, y copiando a los grandes maestros en el Louvre y en el palacio de Versalles dio con un estilo único, quizá parecido por sus tonalidades salvajes –en especial por los verdes– a Paul Gauguin, cuyo obra admiró, aunque, al contrario que éste, no necesitó irse a los mares del Sur para que explotara su creatividad. Por cierto, a Gauguin también le gustó, y mucho, la pintura de Rousseau. En la vida de Rousseau, al igual que en su pintura, hay elementos normales y otros extraordinarios. Condenado a prisión por un hurto, se alistó en el Ejército francés y firmó por siete años, aunque se licenció antes. Su debut como pintor se produjo a los cuarenta años, muy tarde para un artista de su época, si bien cuando empezó a exponer adoptó todas las maneras y costumbres de la vida bohemia, incluido el alquiler de un estudio en el barrio parisino de Montparnasse. Percepciones vivas La distancia corta en la que se desarrolla la exposición del Guggenheim, tres salas, hace que se vea sin esfuerzos maratonianos. El colorido y la curiosa mezcla de fuerza e ingenuidad de sus imágenes aligeran aún más las sensaciones y a la vez avivan la percepción. Ante el espectador se desarrolla un festín de personajes, animales salvajes y escenas costumbristas, distribuido por los espacios del museo por temas, no por las fechas en que se pintaron los cuadros. Con la muestra de Rousseau, el Guggenheim completa su programación de verano. Las esculturas de Anish Kapoor y la chatarra reciclada y poética de Robert Rauschenberg acompañarán a los cuadros del francés. En conjunto, el visitante disfrutará de tres creadores muy distintos, a los que une por su pasión por los colores vivos. |
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