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La vanguardia ingenua de Rousseau

Rousseau

El Guggenheim muestra la obra del artista que pintó la crueldad de la selva sin salir del zoo de París

IÑAKI ESTEBAN

LA MUESTRA: Rousseau

Contenido:
Reúne 30 de las mejores obras de Henry Rousseau. Provienen de coleccionistas particulares y de grandes museos, como los parisinos de l'Orangerie, Orsay, Pompidou y National d'Art moderne; la Mayor Gallery de Londres; la Fondation Beyeler de Basilea; la Colección Nahmad de Suiza; el Solomon R. Guggenheim Museum y el Metropolitan Museum of Art de Nueva York; el Smith College Museum of Art, de Northampton en Massachusetts; la National Gallery of Art y la Phillips Collection de Washington, D. C.; el Philadelphia Museum of Art; el Carnegie Museum of Art de Pittsburgh; la Kunsthaus Zürich.

El artista: Estudió Derecho, no terminó la carrera, y se aficionó a la pintura cuando tenía unos 40 años.

El estilo: Autodidacta, aprendió a pintar copiando las obras maestras del Louvre y del palacio de Versalles.

Fechas: Del 25 de mayo al 12 de septiembre.

Si los cuadros de Henri Rousseau (1844-1910) cayeran en manos de un profesor de dibujo, a duras penas lograrían el aprobado. Las caras de las niñas parecen de muñecas, las extremidades de las mujeres son demasiado largas y anchas, la falta de perspectiva resulta clamorosa, y sin embargo todas esas imperfecciones humanizan la pintura del agente de aduanas francés, que se jubiló a los 49 años y a partir de entonces se dedicó a desarrollar su vocación artística.

El Guggenheim dedica una exposición de unas treinta obras a este pintor conocido por su estilo naíf, por sus árboles y follajes llenos de exotismo, por esas selvas habitadas por crueles animales que nunca pisó y que nacieron de sus visitas al zoo de París. La muestra recalca cómo los ‘fallos’ de Rousseau tuvieron un efecto paradójico, pues a finales del siglo XIX y principios del XX la corrección formal no estaba bien vista, y así los modernos como Pablo Picasso, Robert Delaunay, Ferdinand Léger y Vasily Kandinsky lo acogieron como uno de los suyos, y le dieron un lugar en la historia. A Rousseau, sus limitaciones de amateur le convirtieron en uno de los grandes.

El mundo exuberante
El director general del Guggenheim, Juan Ignacio Vidarte, recordó al presentar ayer la exposición que este año se conmemora el centenario de la muerte del pintor y que por primera vez en España se organiza una muestra de Rousseau de esta amplitud. Los cuadros pertenecen a la Fundación Beyeler, con sede en Basilea (Suiza), y a otras colecciones internacionales. De esta institución procede uno de los comisarios, Philippe Büttner, mientras que la otra, Susan Davidson, lo hace del Guggenheim de Nueva York.

Fue Davidson quien se encargó de mostrar otros rastros de la modernidad de Rousseau, como el uso pionero de la fotografía, las postales y las revistas populares, aunque sin duda la aportación que más gustó a los modernos, incluidos los surrealistas, fue su empleo del collage.

Además del aspecto naíf de su pintura –«su imaginación se asemejaba a la de un niño», incidió Davidson–, la disposición de sus elementos tenía mucho de ‘folie’ exótica y divertida, como si las figuras –personas, árboles, animales– estuvieran recortadas y pegadas sobre un plano. Sin salir de los jardines parisinos, Rousseau se inventó un mundo exuberante, y copiando a los grandes maestros en el Louvre y en el palacio de Versalles dio con un estilo único, quizá parecido por sus tonalidades salvajes –en especial por los verdes– a Paul Gauguin, cuyo obra admiró, aunque, al contrario que éste, no necesitó irse a los mares del Sur para que explotara su creatividad. Por cierto, a Gauguin también le gustó, y mucho, la pintura de Rousseau.

En la vida de Rousseau, al igual que en su pintura, hay elementos normales y otros extraordinarios. Condenado a prisión por un hurto, se alistó en el Ejército francés y firmó por siete años, aunque se licenció antes. Su debut como pintor se produjo a los cuarenta años, muy tarde para un artista de su época, si bien cuando empezó a exponer adoptó todas las maneras y costumbres de la vida bohemia, incluido el alquiler de un estudio en el barrio parisino de Montparnasse.

Percepciones vivas
Su participación en el llamado Salón de los Independientes (los rechazados por el academicista Salón de París) desde la tercera edición, en 1886, le acercó a los pintores que cambiarían de raíz el panorama artístico. Ellos fueron quienes le compraron obra –Picasso y Kandinsky, entre otros–, y los que le presentaron al marchante Ambroise Vollard, un hombre clave en la carrera de muchos creadores de las primeras vanguardias, quien adquirió el célebre cuadro ‘El león hambriento’ por 200 francos en 1906. Fue la primera obra que colocó Rousseau en el mercado, cuando tenía 62 años.

La distancia corta en la que se desarrolla la exposición del Guggenheim, tres salas, hace que se vea sin esfuerzos maratonianos. El colorido y la curiosa mezcla de fuerza e ingenuidad de sus imágenes aligeran aún más las sensaciones y a la vez avivan la percepción. Ante el espectador se desarrolla un festín de personajes, animales salvajes y escenas costumbristas, distribuido por los espacios del museo por temas, no por las fechas en que se pintaron los cuadros.

Con la muestra de Rousseau, el Guggenheim completa su programación de verano. Las esculturas de Anish Kapoor y la chatarra reciclada y poética de Robert Rauschenberg acompañarán a los cuadros del francés. En conjunto, el visitante disfrutará de tres creadores muy distintos, a los que une por su pasión por los colores vivos.