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ENRIQUE PORTOCARRERO
Bien conocida era la creación singular de Juan Muñoz, un artista de renovada figuración en lo formal, de profunda calidad poética en lo narrativo y de una compleja intención en la representación de lo existencialmente humano. Un artista tan celebrado por el mercado y la crítica más académica, como llorado por una súbita desaparición que truncó en 2001 una formidable trayectoria que hasta entonces había dado como fruto una obra en la que confluían lo mental, lo real y lo sentido.
Una forma de entender la creación artística y de traducir en imágenes y sentimientos las múltiples inspiraciones históricas, literarias y plásticas, cuya vigencia en esta muestra del Museo Guggenheim Bilbao se hace ahora si cabe más evidente. Tan evidente como para adaptarse expresivamente al espacio dramático de Frank Gehry, enseñando desde un sentido puramente contemplativo o desde una voluntad abiertamente interactiva sus devociones culturales, su deseo de que las figuras dialoguen con los espacios, su sentido barroco de la escultura, su juego de miradas y ocultamientos, sus conversaciones sin palabras o su indisimulada afición por un misterio de indudable sobriedad.
Y todo ello en un formidable montaje lleno de sombras, luces y espacios de silencio, donde el expresionismo empuja al espectador a un diálogo con las obras, consigo mismo y con las grandes interrogantes que acompañan desde el principio de los tiempos al ser humano. |