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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Marca Murakami

El artista japonés muestra 90 obras en el Guggenheim que trazan una carrera muy abierta al mercado

 

LA MUESTRA

Titulo y contenido:
"©Murakami". Noventa obras del artista desde principios de los años noventa hasta la actualidad .

Fechas: Desde hoy hasta el 31 de mayo.

Entrada: Adulto, 8 euros; jubilados y estudiantes menores de 26 años, 5 euros; niños menores de 12 años, gratis.

IÑAKI ESTEBAN
Entre lo más llamativo de la presentación de Takashi Murakami en el Guggenheim se encontraba la corbata del artista japonés, con forma de "T" de Takashi y hecha con unas piezas del juguete "Lego". La "prenda" quedaba bien con su camisa clara y su eterno jersey a los hombros, y quizá tuviera una significación especial, como si fuera un recuerdo de su niñez, a la que Murakami otorga mucho valor. De hecho, dijo una vez más el artista, toda su carrera empieza con su «traumática visión» de niño del cuadro de Goya "Saturno devorando a su hijo", e imploró que las 90 obras que desde ayer se pueden ver en el museo se miren bajo este prisma del pequeño asustado.

De seguir sus indicaciones, una camarera en minifalda, un chico con el sexo erecto o un globo con dientes de tiburón, obras del artista japonés en apariencia festivas por su colorido, se relacionan con aquel lienzo del pintor español en el que un Saturno con ojos de loco se come a su vástago, ya sin cabeza y sin un brazo. ¿Alguna contradicción?

Si acaso, sólo aparente, vino a decir el comisario de la exposición Paul Schimmel, pues las obras del japonés contienen diversos aspectos autobiográficos y en ellas se ve cómo el artista se devora, se regurgita y sale otra vez de su propia garganta. El cuadro "Tan Tan Bo", en el tercer piso del Guggenheim, ilustra este aspecto dramático de Murakami.

Antes de llegar a esa obra, en la entrada misma de la muestra, se ven distintas figuritas de sus creaciones, muy parecidas en tamaño y aspecto a las que se venden en las tiendas de chucherías, sólo que con el "copyright" del artista, no en vano la exposición se titula "©Murakami".

La camarera sensual
El creador japonés se preocupa mucho por el mercado, de eso no hay duda. Al mostrar unos cuadros de pequeñas dimensiones, Schimmel explicó que estaban destinados a clientes de bolsillo modesto, nada que ver con los 16 millones que vale la "Miss Ko", sensual camarera de plástico con pecho prominente y cara de Heidi, que da la bienvenida al público de la muestra.

Tres salas más allá se encuentra un espacio con las obras dedicadas a la marca de bolsos y otros complementos Louis Vuitton. Murakami ha comprado los derechos para usar de por vida el célebre logotipo de la casa, empresa para la que diseñó un bolso con los colores vivos que identifican al artista.
Según Schimmel, el japonés valo ra mucho el concepto de propiedad, al contrario que Warhol, que se apropiaba de lo que le venía bien sin mayores preocupaciones. El comercio es para Murakami un ar te en sí mismo, y por tanto todo lo que se venda bien entraría dentro de ese ámbito para otros sagrado: el artístico.

Quizás haya espectadores que no sólo vean esta faceta tan abiertamente comercial como un signo de valentía en el artista, como un franco reconocimiento de que el dinero manda en este campo, sino también como una manifestación exhibicionista de las ganas de vender arte como si fueran puros artículos de consumo a precio de oro.

El comisario Schimmel se encargó de ahuyentar estos fantasmas y para ello utilizó toda su munición de experto. Relacionó la empresa de Murakami, Kaikai Kiki, en la que trabajan 300 personas, con el taller de Rubens, que daba empleo a 400. Comparó su imaginario pop con el de War hol y Lichtenstein; citó al surrealismo y a Dalí -«puente entre Europa y Hollywood»- como precedentes vanguardistas; destacó la similitud con el realismo detallista del siglo XIX; nombró a Miguel Ángel y también a Picabia, todo ello después de destacar los orígenes de Murakami en el arte tradicional japonés.

Tanto el comisario de la muestra como el propio artista subrayaron el deseo de que las culturas de Occidente y Oriente entraran en contacto. Cuando estaba en la universidad, recordó Murakami, él y sus compañeros se sentían acomplejados por el arte occidental, así que trató de romper ese complejo con unas imágenes familiares para ambas tradiciones culturales, a partir de las cuales podía contar sus historias.

Buscó ese punto común en unas figuras inspiradas en el cómic manga, en los dibujos animados que Japón ha exportado a todo el mundo desde hace décadas y en lo que él llama la «cultura del ordenador». Gracias a esta combinación, realizada desde principios de los años noventa, el mercado occidental adora a Murakami.

i.esteban@diario-elcorreo.com