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Colores a cañonazos
Anish Kapoor propone en el Guggenhim un recorrido por las emopciones promovidas por el rojo, el azul oscuro y el amarillo
IÑAKI ESTEBAN (iesteban@elcorreo.com)
Al espectador atraído por la potente imagen del cañón tirando cargas de cera roja sobre una esquina, le basta con salir del ascensor de la segunda planta del Guggenheim y situarse en la sala de enfrente. Allí está el arma que el artista angloindio Anish Kapoor (Bombay, 1954) inventó hace un par de años para construir una obra abiertamente sexual, el artefacto Una vez que se ha contemplado lo que parece el reclamo de la exposición comienza un viaje psicológico por el optimismo de los colores primarios y la angustia del azul oscuro y el negro, que cuando el espectador se acerca a ellos parecen llevarle a la nada, a la desaparición. Es un recorrido en el que se pasa también por unos detritos gigantescos de cemento y por los espejos cóncavos que deforman las figuras de una manera cómica, en una especie de sucesión de sensaciones construidas a partir de los materiales, del enorme tamaño de las piezas y del colorismo de muchas de ellas, marca de Anish Kapoor y algo extraño en la escultura, que tiende a ser monocroma. En total son veinte obras las que presenta Anish Kapoor en el Museo Guggenheim Bilbao en una muestra muy vital y muy mística, muy espectacular también, de las que se recuerdan fácilmente. En la presentación, el director general del museo, Juan Ignacio Vidarte, recalcó «las experiencias visuales y psicológicas» que proponen las esculturas, mientras que Richard Armstrong, director de la Fundación Guggenheim de Nueva York, destacó la capacidad de Kapoor para repensar el espacio y su relación con el cuerpo a partir de sus grandes piezas. L a exposición está organizada por el Guggenheim y por la Royal Academy de Londres, donde ya se ha mostrado con anterioridad, comisariada por Jean de Loisy y Adrian Locke. La muestra llega a Bilbao con alguna pieza menos, que no se acomodaba a los volúmenes del museo, y ha sido instalada bajo la supervisión de Alexandra Munroe, conservadora del Guggenheim de Nueva York. Kapoor habló ayer de una de las claves de su trabajo, los materiales, con su carga «histórica, emocional y relacionada con la percepción. Es como el color, que para mí es algo tan físico como la arcilla, y que a su vez abre un espacio onírico». En cuanto a la sala dedicada íntegramente a los espejos cóncavos, el artista manifestó que trata de involucrar al espectador de una manera distinta y deformada en el espacio, contraria a las superficies reflectantes de Jeff Koons, que reproducen el mundo con un tono positivo hasta en sus detalles más banales. A su juicio, el escultor no se expresa en sus obras, sino que «son los objetos los que por sí mismos provocan un sentido». Al artista, sin embargo, le queda la elección del tamaño, de la escala, lo que sí produce un "shock" seguro en el espectador. Aunque Kapoor ve «lícito» recurrir a esta grandiosidad tan característica del arte contemporánea, él cree que hay que administrar la estrategia «cuando corresponda» para no caer en el puro efectismo. Encuadrado dentro de la Nueva Escultura Británica, junto a Tony Cragg o Antony Gormley, el creador angloindio se asentó como artista en la década de los ochenta, ganó el polémico premio Turner y representó a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia de 1990. Este movimiento de artistas promovió la relajación respecto a la rigidezdel minimalismo e introdujo el color y una mayor y más viva variedad de formas. En este sentido, uno de los experimentos más radicales de Kapoor se halla en una sala repleta de esculturas de cemento, de gran tamaño, que tienen una apariencia excremental.
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