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Elogio del arte sano, fuerte y de orden
El Guggenheim muesta en 'Caos y clasicismo' la reacción contra la vanguardia de los años 20 y 30
IÑAKI ESTEBAN (iesteban@elcorreo.com)
Si alguien contemplara 'Las señoritas de Avignon' al lado de 'Olga', el retrato que Picasso pintó de su primera esposa, y no supiera quién firmó los dos cuadros, llegaría a la conclusión de que los artistas implicados no tuvieron nada en común. Todo es diferente. En la obra clave del cubismo aparecen cinco prostitutas descompuestas y rostros como de máscaras africanas. En la otra, la mujer a del pintor -bailarina rusa, de humos aristocráticos y fama de trepa- aparece con una seriedad que subraya su papel de esposa respetable y ambiciosa. Las dos obras salieron de los pinceles de Picasso; la primera en 1907 y la segunda en 1923. ¿Qué ocurrió para que cambiara tanto?, ¿para que el artista renunciara a aquello que le había dado una notoriedad mundial? La respuesta está en los quince millones de muertos de la Primera Guerra Mundial. Muchos creadores se quedaron horrorizados ante la mayor carnicería de la historia hasta ese momento. Y reaccionaron alejándose de las vanguardias experimentales, destructoras de la tradición, y refugiándose en la seguridad del clasicismo antiguo y renacentista. Picasso, sorprendentemente, también. Esta es la idea que recorre la muestra que abre el año expositivo en el Guggenheim Bilbao, comisariada por Kenneth E. Silver con el título de 'Caos y clasicismo: arte en Francia, Italia, Alemania y España, 1918-1936'. La exposición reúne más de 150 obras de 90 artistas procedentes de museos grandes y pequeños de los países implicados, una fina labor de investigación que, sin duda, se nota. Gloria al cuerpo Fue este experto en el arte del periodo entre la Primera y Segunda Guerra Mundial quien explicó cómo se produjo la reacción contra el cubismo en Francia, contra el expresionismo en Alemania y contra el futurismo en Italia. El mismo Picasso que alumbró la corriente cubista «se quería parecer a Rafael», explicó Silver. Además, «el regreso al clasicismo le permitió mostrar su técnica y contradecir a aquellos que decían que los vanguardistas carecían de ella», añadió. La muestra se inicia con una escultura de Aristide Maillol, una mujer quizá no tan idealizada como las del canon clásico pero casi igual de proporcionada. A la izquierda, los grabados de Otto Dix -una especie de 'Los desastres de la guerra' de Goya, pero de una brutalidad aún mucho mayor- marcan el punto de partida, los millones de cadáveres destrozados de la contienda mundial de 1914. A medida que avanza la exposición se aprecia la relevancia en este periodo de la escultura, protagonista en Grecia y en Roma, y en menor medida en el Renacimiento. Fue un guiño evidente a la época clásica, pero también un deseo de que la figura humana -y la personalidad- tuviera una apariencia sólida, pétrea, maciza, en contraposición a los contornos distorsionados y enfermizos de las vanguardias. Como demuestra la exposición, el cuerpo tuvo precisamente una presencia central en la obra de estos artistas, ya fueran de izquierdas o adscritos a los totalitarismos italiano o alemán, pues si unos buscaban un proletariado sano y fuerte capaz de hacer la revolución, los otros querían un símbolo musculado que representara el orden. La muestra sigue con una sección dedicada a los arquitectos, con Le Corbusier y Mies van der Rohe como protagonistas, propulsores de un clasicismo moderno que tampoco olvidaba el antiguo como se puede apreciar en un detalle de las sillas del segundo: las patas cruzadas o en aspa, como en Roma. La recuperación de la pintura de la vida cotidiana -con un espléndido cuadro de Balthus titulado 'La calle'-, de su normalidad y su contraste con las locuras vanguardistas cubre una parte de las últimas salas. Junto a ella, la sección dedicada al espectáculo a través del circo, del carnaval y del deporte. Y por fin la que aborda las Olimpiadas, cuya glorificación por el nazismo -que las organizó en 1936- se concretó en la película de Leni Riefenstahl 'Olympia'. Justo antes se expone una de las joyas de la muestra; la obra de Adolf Ziegler que Hitler tenía en una de sus estancias. Un tríptico con cinco saludables mujeres arias con aire cercano al clasicismo del pintor favorito del Führer, Lucas Cranach. Acostumbrados a identificar ese periodo con el dominio del dadaísmo y sobre todo del surrealismo, 'Caos y clasicismo' muestra una historia fascinante y muy poco transitada. No todos los artistas volvieron al orden, como muestra el hecho de que muchos de los representados en el Guggenheim hayan caído en el olvido. Pero la exposición argumenta con una gran solvencia lo importantes que fueron estos olvidados. Y le deja también al espectador pensando en una terrible paradoja: cómo ese deseo de orden condujo al mayor desorden de la historia, el del Holocausto y el de la Segunda Guerra Mundial. |
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