![]() |
||||||
|
|
IÑAKI ESTEBAN. BILBAO
El precio siempre es un síntoma, y uno de los más reveladores, por cierto. David Salle, un artista que se benefició como nadie de la moda del arte en los ochenta, no está de moda. Tuvo su reinado indiscutible en esa década, junto a su compañero de curso Eric Fischl, Julian Schnabel y Jean-Michel Basquiat. Los cuatro representaban la vuelta a la pintura, al expresionismo, el rechazo de la austeridad conceptual y la victoria del yo del artista, muchas veces embarcado en un egotrip de considerable recorrido. Todo eso ha pasado y la otra facción que ya sacaba
el cuello en los ochenta Cindy Sherman, Jeff Koons...,
justo la que representaba un arte despojado de la pretensión
de originalidad individual, ha vencido al menos de momento, porque
el mundo del arte da muchas vueltas y quién sabe si la
opción que Salle encarna volverá otra vez (como
van y vuelven los cortes de chaqueta).
Hombre, no está mal. Pero nada comparable a las expectativas que generó en los ochenta, donde él y Schnabel curiosamente representados en Europa por Bruno Bischofberger, ese gran amigo del director de la Fundación Guggenheim, Thomas Krens, constituían las esperanzas más firmes de los inversores. Cosas de la vida, aquel David Salle provocador y vocacional pornógrafo se ha convertido en un artista importante, en un artista de museo, en ya un trozo inevitable de historia pero con pocos seguidores, en un artista incómodo para los críticos porque su arte no se lleva y se ve de soslayo. Su cotización se mantendrá precisamente por esa razón, porque está y estará en los libros y en los museos, y porque, digámoslo claro, queda mejor un salle en la salita de casa que los letreros luminosos de Jenny Holzer. Y, además, cuesta menos. |
|||||
|