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El Guggenheim exhibe los colores de África

El Guggenheim exhibe la colección del hombre de negocios Jean Pigozzi, con obras de los más importantes artistas subsaharianos

J.A. GONZÁLEZ CARRERA
Arte africano en el GuggenheimJean Pigozzi, un hombre de negocios italo-francés de mediana edad, cuya fortuna familiar procede de la antigua firma de automóviles Simca, y el experto marchante André Magnin -hoy director artístico de su colección de arte africano contemporáneo- fueron de los primeros en descubrir la obra del fotógrafo de Malí Seydou Keïta (1921-2001) a principios de los años 90, con lo que contribuyeron a difundir su obra en Europa y Estados Unidos. Tuvieron la oportunidad de escoger, de rebuscar en un archivo de más de 20.000 negativos, realizados todos con un fin comercial, pero de una extraordinaria calidad. Y escogieron muy bien, por lo que se cuenta en el mundo del arte en Francia.

Retratos de reuniones familiares y de amigos que se licencian en el Ejército, de gentes del campo que viajan a la capital, fotos que simbolizan el paso de la pubertad a la adolescencia... Momentos importantes en la vida de una persona, y muchas veces vestidos a la moda occidental con las corbatas que les dejaba Keïta. La calidad de las imágenes de la gente de Bamako -junto a su estación de trenes tuvo su estudio- es inmensa y habla por sí sola del artista, fallecido hace cinco años y que en la actualidad es considerado uno de los más grandes retratistas.

Pigozzi se hizo con unas 500 fotos, la mayoría del tamaño de los clichés, obtenidas por contacto; sólo algunas fueron ampliadas. 300 de ellas forman parte esencial de la muestra '100% África' que el Guggenheim Bilbao, con el patrocinio de Seguros Bilbao, dedica desde hoy a una de las mejores colecciones de arte subsahariano.

El maliense Malick Sidibé, un clásico de la fotografía en medio de la precariedad, abunda en las celebraciones de su gente, muchas de la época del 'twist', un poco como el congoleño Depara; Paramount Photographers y J. D. Okhai Ojeikere, ambos de Nigeria, se recrean con sus fotos, siempre en blanco y negro -todo lo más viradas en sepias y ocres- en las actitudes más ceremoniosas de sus pueblos, donde los tocados capilares tienen su propio lenguaje. Sólo uno de los artistas, el camerunés Pascale Tayou, nacido en 1967 y residente en Bélgica, realiza su trabajo en vídeo, para mostrar la agitada relación de los habitantes de Yaundé con las calles polvorientas.

Entre lo naïf y el cómic

Ocurre algo parecido, pero con una colorista pintura que limita con lo Naïf y el cómic, con artistas como Chéri Chérin, Lilanga y Moke. Chéri Samba, que se representa siempre a sí mismo para hacer crítica, Bodo y Richard Onyango, que ha recreado los atentados contra las Torres Gemelas como si fuera una novela pintada, se muestran más renovadores. La tensión norte-sur, en formas como la emigración clandestina, está presente, pero sin actitudes especialmente agresivas.

La exposición reúne la obra de un total de 25 artistas, la mayoría residentes en sus países de origen y representados con tres, cuatro y hasta media docena de piezas cada uno, lo que da una idea del empeño del coleccionista, que se enorgullece de haber ayudado a la mayoría con la difusión de su obra en el hemisferio norte. Un empeño que André Magnin, comisario de la muestra y conservador de la colección, concreta en la ambición de «tener representado al cien por cien de la producción artística del África subsahariana».

Magnin detalla que los artistas que residen en sus países de origen insisten en un tipo de obra más ligada a la comunidad. Sucede con casi todos, incluidos los escultores, como Seni Awa Camara -una de las pocas mujeres-, John Goba, Romuald Hazoumé, Calixte Dakpogan Afiaimbelo, Demba Camara y Kingelez, que ha ideado unas ciudades modernas imposibles. Unos abogan por la modernización; otros han llegado a síntesis entre la tradición estética y la iconografía que circula por todo el mundo, muchas veces trabajando con materiales pobres. Algunos desarrollan sus propios mundos, como Goba, autor de imágenes mezcla de iconografía religiosa y robótica, que dice que a él iniciaron «las mujeres de la sociedad secreta Bondo».

g.carrera@diario-elcorreo.com