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El reino la Tapa

En la capital andaluza, donde los restaurantes dejan mucho que desear, comer bien es un ejercicio que se practica mejor de pie

Rafael García Santos

Hay días en que apetece ponerse el mundo por montera. En el ruedo gastronómico sevillano, ciudad hermosísima y de una idiosincrasia sin igual, nunca nos ha tocado disfrutar una faena sobresaliente, ni tan siquiera notable; es, sin lugar a dudas, una de las peores plazas de España para sentarse a la mesa. Puestos a ejercer maestrazgo ­mejor, maestría­, hemos de confesar que jamás hemos tenido oportunidad de cortarle el rabo al toro; entre otras muchas razones, porque el apéndice nunca fue de toro en los restaurantes de la ciudad, aunque así lo tilden. Con ello queremos advertir que la mentirijilla es un hábito, una institución.

Pero Sevilla, tierra de la chapuza cocineril, es también el reino de la tapa. Nuestra barra preferida es Casablanca (Zaragoza, 50), muy cerca del Ayuntamiento. Las gambas, langostinos y coquinas son verdad pura y dura; las papas calientes aliñadas con vinagreta tienen gracia sin igual; el salmorejo con jamón y huevo duro es de las mejorcitas sopas frías que se puedan abrevar en Andalucía; las ortiguitas recuerdan a una bocanada de mar; la tortilla de patatas con salsa de whisky es la que goza de mayor predicamento entre los paisanos y el rabo merece dos vueltas al ruedo, al grito de ¡«torero, torero, torero»!

La mejor fritura de la ciudad se oficia en Barbiana (Albarada,11); merece, por tanto, una visita si se desea celestializar el paladar con un arte que en Andalucía adquiere singular perfección: las tortillitas de camarones, las pijotas ¡Qué ricura! Y también unos excelsos langostinos cocidos en su punto, y una memorable ensalada de calamar. Gambas, langostinos, cigalas y, sobre todo, ortiguillas y puntillas son de órdago a la mayor en los dos Espigón, I y II (Bogotá, 1 y Felipe II, 28). Vamos, para ofrecerse un homenaje con los mayores manjares marinos. Yebra (Fernández de Guadalupe, 8) tienta con medio centenar de mezclas gustosas, de significativo éxito popular, entre las que se llevan la palma el flamenquín casero, la corvina en salsa de gambas, el cachete de rape salteado con hongos y las carrillera de toro. Los platitos de Manolo León (Juan Pablos, 8) son deliciosamente auténticos, coherentes y muy gratificantes: croquetas de jamón y pollo, revuelto aragonés (patata y calabacín) y unas manitas de lechazo deshuesadas y guisadas que se funden en boca, provocando la gula; además de un relevante jabugo.
Ésta es la Sevilla con idiosincrasia gastronómica que vale la pena conocer. En la otra, la de los restaurantes con renombre, la realidad suele superar a la ficción.


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