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Los Lobos pusieron el broche de oro a una velada que arrancó aburrida y terminó vibrante
Óscar Cubillo
La tercera y última jornada del VII Azkena Rock Festival ofreció el sábado 12 grupos y se arrancó perezosa y tonta, que dirían Le Mans. Tras las Culebras navarras y los Royal Cream suecos, los daneses Baby Woodrose ejecutaron un rock ácido sesentero como debieron haber elaborado la víspera Blue Cheer. Los madrileños Sex Museum arrasaron con volumen saturado y vetusto hard rock, y el ex Velvet Underground John Cale cosechó parabienes (qué elegante, qué sensible) y reproches (qué tomadura de pelo ruidista al empezar provocando, qué demodé su pop ochentero, qué ridículo su pelo a mechas).
Y a las seis y pico los británicos Orange Globlin nos quitaron las legañas con su aliento infernal exhalador de canciones sobre zombies y cocaína montadas sobre un post metal con la visceralidad de Slayer y el roll de Motörhead. Grrr...
Duff McKagan 'ha sido' una superestrella porque tocaba el bajo en los Guns N Roses. Por entonces bebía más de dos botellas de vodka. Al día, sí. A los 29 le estirparon el pancreas. Él tiene claro por qué acabó así: la gira fue muy larga, de dos años y medio. Bah, que no se preocupe: su nuevo grupo, Loaded, donde toca la guitarra, alberga baladas patéticas, rollo glam peor que Hanoi Rocks y rock yanqui comercial, todo desmadejado, o sea que lo lleva crudo para repetir el éxito.
La noche se enderezó con los Gutter Twins de Seattle. El gordo y el flaco. Gregg Dulli (Afghan Whigs) y Mark Lanegan (Screaming Trees). Nadie vio sonreír a Lanegan, ex (?) heroinómano, lacónico, hosco y huidizo, colega ahora del locuaz, amistoso y dado a las expansiones cordiales Dully, de pasado drogadicto, alcohólico y sin techo. Su intervención fue un mantra creciente y planeador de los que se estilan en el festival itinerante Wintercase. Atracaron el post rock de Spiritualized, compartieron espíritu con el gospel de Soulsavers y fueron clásicos por usar rock vía Nick Cave, blues ('St. James Infirmary') y soul.
Impregnada de tal elegancia, la manada (oficialmente 11.054 cabezas; no resulta verosímil si sólo hubo mil más en los Pistols) emigró al escenario grande, donde actuaban los resucitados Jayhawks, liderados por el 'pijipi' Gary Louris, un divo. Una mañana aseguraba en este periódico que la reunión era imposible, y por la tarde la confirmaba en un bolo en Bilbao, je, je... En estos Jayhawks está también el más humilde Mark Olson, que los dejó por amor hacia Victoria Williams, una cantante orate e hipersensible lastrada por una enfermedad degenerativa. Luego, ella abandonó a Mark. Qué putada... El caso es que los Jayhawks llenaron en la noche el gran escenario con canciones de esquema repetido: voces al cielo, melodías bonitas, fulgor sónico, guitarras agudas, deudas con The Band, Eagles o Gram Parsons, y picos tipo 'Bad Time' (esa de "estoy enamorado de la chica de la que estoy hablando").
Luego, Dinosaur Jr. en el mismo tablado. Nos identificamos con su líder, J. Mascis, un vago. Un individuo movido por la desidia y la molicie. Uno de los grandes guitarristas del indie pop que sube y baja por el mástil en plan Spirit o Mountain. A J. se la suda todo, toca la batería en un grupo paralelo y vive de los royalties que le llegan sin haberse él esforzado apenas. Canciones redondas no les sobran a los Dino Jr. ('Freak Scene' y poco más) y ruido no metieron demasiado a pesar del muro de amplis que erigieron, pero se metieron al público en el bolsillo (muchos porros en vanguardia) y J., con melena cana que le tapaba la cara y chándal checo chocarrero, alcanzó emocionantes momentos de rock abrasivo a lo Neil Young progresivo.
Gordos chicanos para los que no pasa el tiempo, Los Lobos angelinos seleccionaron entre una panoplia de canciones variadas que iban del rock yanqui que se pregunta cuánto sobrevivirá el canis lupus a las cumbias reverberantes, del rock and roll pariente de los Blasters al funk Tarantino, del blues poderoso a un final tex-mex en español con 'Anselma', 'Volver, volver' y 'La bamba' que puso a corear brazos en alto a toda la roquería. Ver para creer.
Y cerró el 7º ARF la Jon Spencer Blues Explosion con una hora de rock and roll a latigazos, blues progresivo (esos desarrollos sin miedo), de funk que roba a James Brown y de soul entonado cual maestro de ceremonia que introdujo cool y sexy el sincopado 'R.L. Got Soul', un tributo al bluesman R.L. Burnside. Con sólo dos guitarras y una batería, la JSBX no se autolimita, sino que crece y se cimbreó en la noche alavesa.