Ozzy Osbourne, ¿ángel o demonio?


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El excantante de Black Sabbath ha sabido utilizar su escandalosa vida para ganar popularidad, gracias al apoyo de su mujer

JOSE MARI REVIRIEGO
Una mañana de 1981, Ozzy Osbourne viajaba en limusina, acunado por el sol de Los Ángeles y unos buenos tragos a una botella de 'Cointreau' como desayuno. Le acompañaba su mujer y protectora, Sharon, a una importante reunión con los gerifaltes de la compañía CBS para venderles su segundo álbum en solitario, 'Diary of a Madman' ('Diario de un loco'), tras la ruptura con los míticos Black Sabbath. Perseguido por los escándalos, el plan era que Ozzy tuviera una aparición estelar ante los directivos. Al entrar al salón, debía soltar al viento unas palomas blancas, gritar «rock and roll» y hacer el signo de la paz. Y vaya si la tuvo.
Harto de esperar a que Sharon le hiciese la señal para empezar, sacó la paloma que llevaba en el bolsillo y abrió la boca de par en par. Así lo cuenta en su libro de memorias, 'Confieso que he bebido': «En el otro extremo de la sala, vi que Sharon se encogía. Y entonces mordí y escupí. La cabeza de la paloma aterrizó en el regazo de la relaciones públicas junto a un chorrazo de sangre. Estaba tan borracho que todo me sabía a 'Cointreau'. A 'Cointreau' y a plumas. Y algo a pico también». A la siguiente paloma la dejó libre y dijo «paz», en un ambiente muy poco flower power. Entre gritos y espasmos de los presentes, Ozzy se partía la caja mientras su mujer le decía «Ozzy malo, malo». No le abroncó en esta ocasión. «A la prensa esto le va a parecer la hostia», comentó en voz baja Sharon, casi frotándose las manos.
Decir que Ozzy Osbourne es un ejemplo a seguir en el circo del rock puede parecer poco menos que suicida. Pero el excantante de los legendarios Black Sabbath ha demostrado que es posible sacarle chispas a los escándalos para mayor gloria suya. El artista, de 62 años, es la estrella de la décima edición del festival Azkena que hoy destapa la caja de los truenos en las campas de Mendizabala de Vitoria. Cuando salte al escenario esta medianoche, la audiencia tendrá delante a un tipo simpaticón y algo regordete que acumula más de cuatro décadas de historia en un negocio musical en el que ha roto las convenciones. Como siempre, estará escoltado por una banda de reconocida solvencia, especialmente en el puesto de la guitarra, su sello.
Es cierto que su agitada vida ha tenido un serio coste para su integridad física, víctima de sus adicciones y sus locuras. Por algo le llaman 'Madman' (el loco). Pero también lo es que su mujer, Sharon, ha sabido rentabilizarlas. Ella es el gran cerebro del 'circo Ozzy'. Utilizó a la prensa con sus escándalos, montó un festival con su nombre - el 'Ozzfest'- cuando era un dinosaurio y, al ver que su aura se apagaba, le reinventó como un personaje televisivo en el exitoso reality de la MTV 'The Osbournes', un 'Gran Hermano' con 'Madman' y familia.
A diferencia de Amy Winehouse, que podría ser su hija, a Ozzy no se le conoce en el negocio por sus cancelaciones de conciertos ni espantadas, a pesar de que compartió con ella la afición por las drogas, alcohol y fármacos incluidos. El cantante confiesa en sus memorias, editadas por 'Global Rhythm', que nada más entrar en casa cuelga la narizota de payaso y se convierte en un venerable padre de familia que se molesta si su hija sale a la calle con una falda demasiado corta y que tiene al moñas de Paul McCartney como su «héroe». Así es Ozzy, ángel o demonio.

Encarcelado en la juventud
De matarife a cantante de blues

Es un hijo de la Inglaterra proletaria. Nacido en Birmingham como John Osbourne un 3 de diciembre de 1948, el pequeño Ozzy se crió en Aston, un pueblo que había sido pasto de las bombas alemanas en la Segunda Guerra Mundial. Fue un adolescente difícil. Mal estudiante y aprendiz de ladrón. La Policía le detuvo por robar dentro de una casa para sacarse unos cuartos con los que pagarse las pintas en el pub. Matricero de profesión, su padre se negó a pagarle las cuarenta libras de fianza para que aprendiera la lección. A Ozzy les costó tres meses de cárcel. Nunca más volvió a fijarse en lo ajeno. Después trabajó con poco éxito de peón, fontanero, matarife y afinador de profesión, en un empleo que casi le deja sordo. Hasta que un día un tipo melenudo llamó a su puerta, en respuesta a un cartel colgado en el pueblo en el que se ofrecía como cantante.

La falsa leyenda del satanismo
Publicidad gratis en su primer disco

Era Geezer Butler, a la postre, bajista de Black Sabbath. La banda quedó completada con Bill Ward a la batería y Tommy Iommi, a la guitarra. Iommi, soldador de profesión, a punto estuvo de bajarse del carro a las primeras de cambio. Un error en la prensa de metal le arrancó la punta de los dedos corazón y anular de la mano derecha. Él es zurdo, de modo que eran las falanges con las que tocaba el mástil. Ideó un remedio casero para suplir las mutilaciones. Se fabricó dos dedales con una botella derretida de 'Fairy' y un poco de cuero para pegárselos a las yemas. Desde entonces siempre lleva a mano una bolsita con dedales.
En sus inicios practicaban una especie de blues, con un toque personal Las canciones intentaban «dar miedo», los riffs de guitarra eran «escalofriantes» y Ozzy «ululaba» las letras. Así compusieron el tema 'Black Sabbath', en homenaje a una película de Boris Karloff. La leyenda dice que fueron los precursores del rock satánico y, según Osbourne, nada más lejos de la realidad. Acabó «odiando la expresión». Primero, porque las chicas huían espantadas en los conciertos y, segundo, porque los miembros de la banda lo padecieron. Su primer disco, que salió a la venta en 1970, incluía en la portada una cruz invertida en cuyo diseño no participaron. «Los pirados con capas negras» comenzaron a acercarse a los conciertos. Incluso, una vez «un tarado» saltó con una daga con malas intenciones. Pero el rollo satánico en el que no creían les dio «muchísima publicidad gratuita». A finales de 1970 habían vendido un millón de copias de su estreno discográfico. Se los rifaban, aunque no fueran hippies.

Su mujer, la gran protectora
Exitosa carrera, pese a sus adicciones

Pronto llegaron los excesos y ahí Ozzy era el rey. «Cada día fumaba más maría, bebía, esnifaba unas rayitas de coca, probaba speed, barbitúricos o jarabe para la tos; me metía ácido... de todo. La mitad de las veces no sabía ni qué día de la semana era», confiesa en sus memorias. Así estuvo casi cuarenta años. En esta vorágine toxicómana y en plena deriva musical, mirando más a Queen que a su sonido oscuro, el resto de Black Sabbath despidió a Ozzy en 1979. Hundido, Sharon, la hija del todopoderoso Don Arden, jefe de Jet Records, le sacó del hoyo para comenzar una exitosa carrera en solitario, sobre todo en la década de los ochenta. Pero la leyenda le perseguía y eso tiene una fecha en su calendario: 20 de enero de 1982, Des Moines, Iowa. Acostumbrado a que le tiraran al escenario todo tipo de animales de juguete, no reparó esa noche en que el murciélago que tenía al lado era de verdad. Y le metió un bocado para delirio de sus fans. El mordisco tuvo dos repercusiones. Durante el resto de la gira fue sometido a un tratamiento antirrábico con inyecciones. Y desde entonces ha pasado a la historia por ser el rockero que se comió un murciélago. «Por error», aclara.

Estrella de la televisión
El presidente Bush le invita a una fiesta

Su vida dio un vuelco gracias a la serie 'The Osbournes', a comienzos de 2000. El programa fue un bombazo y la fama de Ozzy llegó incluso a la Casa Blanca. El entonces presidente de EE UU, George W. Bush, le invitó a la cena anual, junto a «los cerebros del planeta». Para entonces había dejado las drogas, aunque recayó con el alcohol. «Se me cruzaron los cables y birle una botella de vino». Cuando Bush se dirigió a él, ya llevaba «un pedo de campeonato». Se subió a una mesa y gritó «¡yeaahhh!» hasta que el propio Bush le tuvo que decir «Ozzy, ya está bien». Tras sucesivos intentos de rehabilitación, Ozzy logró dejar sus adicciones en 2004. Desde entonces se siente limpio. Padre de cinco hijos -dos de ellos fruto de un matrimonio anterior-, declara que hay que «adaptarse y seguir tirando». Cuando muera, quiere que entierren sus restos en el jardín y que planten un manzano encima para que «los chicos puedan hacer sidra y pillarse un buen ciego». Ha pensado incluso en su epitafio: «Decapitó a un murciélago de un mordisco».


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