El noveno Azkena Rock Festival de la capital alavesa promete muchas mejores sensaciones que en las últimas ediciones. Y en la tarde de ayer se confirmaron varias de ellas. El primer día acudieron sobre todo expertos, muchos hombres, y viejos rockeros -entre las camisetas de los diferentes grupos había uno con la camiseta de la Selección, de Villa-. Hacía tres años, dos meses y cuatro días que los Legendary Shack Shakers, cuatro locos de Nashville, Tennessee, no actuaban en Vascolandia. La vespertina de ayer en el Azkena Rock Festival fue la tercera ocasión en que descargaban ante nosotros y no dejaron a nadie indiferentes, claro. A velocidad de vértigo, con una disposición escénica dominada por su líder, El Coronel Wilkes, un tirillas con gafas de nácar y mirada perdida. Los SS atacaron el hillbilly infernal, afilaron las guitarras rocabilescas -pero menos cortantes con el guitarrista nuevo, el más serio entre estos paletos-, se trocaron fantasmagóricos espoleados por el espíritu lírico de Faulkner y su polka-blues hizo agitarse hasta el más renuente. En 32 minutos tocaron 11 canciones mientras El Coronel provocaba al personal -sin darnos tanto miedo desde ahí arriba-, danzaba cual cosaco, cual gorila o imitando a Michael Jackson, mostraba pechito y se lució sobre todo al soplar la armónica como un bluesman sobre el boogie cachas y el rock zíngaro que le aportaban los legendarios. Estuvieron bien, pero no igualaron el impacto que consiguen en las salas. No acabaron de imponerse a la luz del día ni al sonido ni al viento, pero gustaron a los que les vieron.
También tendieron al vértigo los segundos paladines de la tarde en Mendizabala, pero éstos al vértigo de quien se queda sin resuello tras dar alaridos. Más elegantes sobre el tablado que los precedentes, los londinenses The Jim Jones Revue, ataviados como rockerizos escandinavos malotes engominados y patilludos del Mississippi, se colocaron al borde del abismo existencial a la hora de ejecutar un rock and roll proteico, roñoso, estridente y escandaloso que, curiosamente, atraca a pioneros del rock americano como Little Richard -los chillidos, el alarde de testosterona, el éter explotando, la pasión descabalgada- y Jerry Lee Lewis -la chulería, la mirada altiva, las líneas boogie woogie del piano-. En su tercera actuación vasca en aproximadamente un año, a los de Jim Jones les dio tiempo en 37 minutos a repasar unas doce piezas, con momentos explosivos como los tariscos a Esquerita (Hey, hey, hey), mimetismos de Screaming Lord Sutch (Rock and roll psicosis), blues a lo Screamin' Jay Hawkins (Burning down your house), o la versión de Elvis Presley (A big hunk o love). Fueron lo mejor de la tarde y serán lo mejor del festival.
El gozo del rockanroll primigenio y la ilusión postadolescente de los hermanitos londinenses Kitty, Daisy&Lewis, tres niños prodigio debutantes en el País Vasco e hijos de músicos con conocimiento del negocio, provocaron el vértigo de la expectación y al final se impuso el vértigo similar que ellos tendrían ante un examen pues oficiaron sin soltura y atados al canonismo de los estilos musicales del pasado. Acompañados sobre el escenario por sus padres -papaíto a la guitarra, mami al contrabajo y la vigilancia de las niñas-, los tres chavalucos se intercambiaron los instrumentos -batería, armónica, banjo, acordeón, piano, guitarra, xilófono-. A lo largo de 56 minutos suministraron doce temas que amalgamaron un rock and roll más vetusto que 'vintage'. Hicieron muchas versiones de duduá, de rockabilly de la sun, de boogie antañón, de blues de la escuela de Sony Terry -Kitty soplaba muy bien la armónica- y por el final se animó su actuación durante la intervención de un invitado especial, un tal 'Chacha', un negro jamaicano de camisa chocarrera que sopló la trompeta durante tres temas de ska que animaron al personal decepcionado. A la postre, nos entró a nosotros el vértigo de decepción.