Un paseo por Manhattan
NUEVA YORK. Callejeando,
la isla enseña
sus contrastes, desde el bullicio de la zona
de rascacielos al exotismo de Chinatown
JOSÉ MARI REVIRIEGO
Nueva York está formado por
cinco barrios, habitados por ocho millones de personas: el
Bronx, Brooklyn, Queens, Staten Island y Manhattan. Pero quizá
esta última isla, símbolo de la ciudad, bulliciosa,
alargada y llana –ideal para caminar–, es la mejor
para conocer de un tirón todos los contrastes de un
lugar tan incorporado a nuestra memoria que cuando uno llega
por primera vez dice: «Pues sí, es así».
Porque hasta las bocinas de los coches suenan como en las
películas y el ajetreo en la calle contagia al visitante,
una hormiga entre tanto rascacielos. Y no sólo por
el gran Empire State (381 metros, hoy el más alto)
o el edificio Chrysler, cuya cúpula art-decó
invita a parar en seco la marcha y recrearse hacia arriba,
con calma. Paso ligero y parada. Así es el paseo por
aquí.
Antes de sumarse a este agitado panorama,
lo mejor es cargar las pilas en Central Park. Por ejemplo,
rindiendo tributo a John Lennon en el edificio Dakota, donde
fue tiroteado en 1980. Para completar el homenaje, un desayuno
tranquilo al aire libre –café en vaso y donut–
sentado en un banco en Strawberry Fields, en memoria del ‘beatle’.
Tras el relax, hay que meterse de lleno en el lío.
Con un poco de sentido de la orientación,
Manhattan es muy manejable. El callejero es cuadriculado,
surcado por avenidas que van de norte a sur y atravesado por
calles con una numeración de este a oeste. Ante la
duda, siempre está la calle Broadway que recorre de
punta a punta la isla. Bajando a pie por la Quinta Avenida
–en el metro no hay pérdida, ‘downtown’
para bajar (hacia el sur) y ‘uptown’ para subir
(norte)–, aparecen seguidas todas las tiendas de lujo
imaginables, pero abiertas a todos los públicos: en
Tiffanys, la joyería de ‘Desayuno con Diamantes’,
se puede echar un vistazo sin compromiso, como si se tratara
de una atracción turística más. Eso es
algo común en otros establecimientos como en los restaurantes
de moda del Meat Packing Distritc, –los antiguos almacenes
de carne del Soho–.
La actividad en la zona de rascacielos
o Midtown es frenética. Se impone visitar el Museo
de Arte Moderno –MoMA, en la Quinta con la 53–
y disfrutar de su increíble colección, en la
que uno se puede dar de bruces con ‘Las señoritas
de Avignon’ de Picasso, bien acompañado por Dalí,
Monet, Kandinski, Klimt… Por cierto, a partir de las
16.00 horas es gratis. Entre el gentío, el paseo cruza
Times Square, escaparate de los grandes edificios. El bar
panorámico del hotel Marriot, allá en la planta
cincuenta, ofrece una buena vista nocturna por 15 dólares
la copa, siempre propina aparte –para comidas, entre
el 10% y el 20% de la factura; si no la dejas, siempre habrá
un camarero hispano que se lo recuerde en castellano–.
A partir de aquí, la ciudad
cambia. Pierde altura y gana en rincones coquetos. Superado
el alucinante edificio Flatiron, aparece la plaza de Union
Square, donde el ritmo es pausado. Hay flores, artesanía,
cuadros y comida, con predilección por las verdura
frescas y las tartas rellenas de mermelada de fruta. Luego
llegan las casas bajas del Soho, con sus escaleras metálicas
por las fachadas –aquí se puede ir de cervezas
a 5 dólares el trago y con buena música–.
Y de repente, surge Chinatown. Es otra ciudad –viven
150.000 chinos, tienen sus propios periódicos y hasta
las señales están en su idioma–.
El mercado más peculiar está
en The Mott Street. Aquí se vende el pescado vivo,
expuesto en viveros.También las ranas, gordas como
puños, y las tortugas, éstas para la sopa. Si
escenas así no le quitan el apetito, las posibilidades
a la hora de ir a un restaurante son infinitas y asequibles
para el bolsillo. Un paseo hasta el puente de Brooklyn, de
aires góticos, sirve para estirar las piernas y prepararse
para el regreso, esta vez en metro, ‘uptown’.
Central Park
El parque, creado a finales del siglo
XIX sobre granjas y descampados, reúne 1,5 millones
de árboles, tantos como habitantes tiene la isla. La
mayoría son caducifolios y, así, la coloración
de las hojas indica las estaciones, lo que da un aire de naturaleza
salvaje al ‘midtown’ de rascacielos. Así
se ve desde la planta 45 de la oficina del BBVA en Manhattan.
Times Square
Es el corazón de la zona de
rascacielos y punto de unión con la calle Broadway,
mítica por sus teatros. De noche impresiona la iluminación
de sus grandes vallas publicitarias –hay que garantizar
un nivel mínimo de luz para poder anunciarse aquí–.
La presencia policial es constante, aunque sin intimidar –los
agentes a caballo se dejan fotografiar con los turistas–.
Hace bien poco, su faz era distinta. La calle 42, justo al
lado, era una de las zonas más degradadas de la isla.
Little Italy
La pequeña Italia era el punto
de acogida de los trasalpinos que hace un siglo llegaban desde
Sicilia y el sur de la península. Engullido poco a
poco por Chinatown, Little Italy apenas mantiene hoy un puñado
de pizzerías, la calle Elisabeth, donde se crió
Martin Scorsese, la iglesia de San Salvatore y alguna tienda
de alimentación con buenas viandas, con el queso parmesano
y el ‘prosciutto’ como reclamos. Al lado hay un
Little Ukraine, formado por fugitivosdel zarismo.
Chinatown
Los exóticos mercados del barrio
chino ofrecen una amplia gama de productos secos –tanto
vegetales como animales, de intensos olores– y frescos,
ya que las pescaderías venden el género vivo
y coleando. El pescado se expone en viveros y las ranas, en
cubos.
Edificio Flatiron
Es una de las construcciones más
alucinantes, obra de Daniel Burnham en 1902. Con una planta
triangular que juega con las fachadas y adornos art-decó,
este edificio de viviendas fue en su día el primer
rascacielos del mundo, con 87 metros de altura.
Puente de Brooklyn
Une los barrios de Manhattan y Brooklyn
sobre el East River. Frecuentado por patinadores, ciclistas
y corredores, es el puente suspendido más largo del
mundo, con 2 kilómetros de longitud. Los muelles de
las riberas permiten ver el perfil de la ciudad, mejor al
atardecer.
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