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JULIÁN MÉNDEZ / BILBAO, 18 de octubre
Bernard Stamm los tiene bien puestos. En julio de 2004 competía
con su velero, el 'Cheminées Poujoulat', en una loca carrera
a través del Atlántico, la Transat, cuando su Open 60
perdió parte de su orza y dio la vuelta quedándose con
la quilla al sol a 400 millas al sur de Terranova. «Había
salido a reducir vela porque notaba que, a partir de cierta velocidad,
el bulbo se movía. Era peligroso. Acababa de entrar cuando
la quilla empezó a dar golpes. Con el último, el barco
se acostó. Tuve el tiempo justo de llamar por radio a la organización
para dar mi posición antes de que todo se fuera al garete.
Medio minuto después estaba en el techo. La situación
era normal, navegaba con vientos de popa de 40 ó 45 nudos.
Era duro, sin más...»
Stamm recuerda ahora aquellos momentos terribles con cierto desapego,
como si la cosa no fuera con él. Pero es el hombre que estuvo
perdido en mitad del Atlántico y que vive para contarlo, un
club con muy pocos socios. «Al principio tuve que protegerme
porque empezaron a caerme cosas encima desde 6 metros de altura. Hay
que tener cuidado de que la cadena del ancla no te abra la cabeza,
por ejemplo. El barco se vuelve muy agresivo, así que hay que
conservar la calma, buscar el equipo de supervivencia, la puerta estanca
de salida y organizar la espera. Como no tuve tiempo de cerrar, el
buque se llenó de agua. El mar cubría la mesa de cartas
y hacía bastante frío. Tuve que esperar...»
Las horas pasaban para Stamm en aquel paisaje aterido. Mientras, la
organización ponía en marcha la operación de
rescate. La casualidad quiso que el marino tuviera al lado de su refugio
de fortuna una emisora VHF (que no debería haber estado encendida)
por la que oyó algunas voces. Se asomó por la trampilla
del velero y vio un avión canadiense que sobrevolaba el pecio.
Radiaron su posición y un petrolero, el 'Emma', se desvió
de su ruta para atender al náufrago. Había pasado 10
horas perdido.
«Los del petrolero se portaron de cine. Echaron al agua una
lancha de salvamento, pero el motor no funcionó. Así
que pasaron a mi lado para que pudiera saltar. Había olas de
4 metros, el mercante danzaba entre ellas. Se arriesgaron mucho para
salvarme. Tuve que abandonar mi barco», suspira.
Un marino sin mar
Por poco tiempo. Una vez desembarcado en Saint Johns desde el patrullero
'Jean Charcot', Stamm consiguió a todo correr un rompehielos
con el que fue en busca de su velero. Emplearon tres días,
pero al final lo encontraron. El navegante suizo se ofreció
para bucear y cortar el mástil y el aparejo para poder remolcarlo
a tierra. Hoy, ese mismo barco está amarrado en el Puerto Deportivo
de Getxo. Hombre, Stamm ha tenido que introducir algunos cambios como
instalar depósitos de lastre bajo el compartimento central,
lo que confiere a su camarote el aspecto de una estrecha mazmorra.
Pero todo le viene bien a este hombre nacido en un país sin
mar y que aprendió a navegar (como Ernesto Bertarelli, patrón
del 'Alinghi' que compite en Valencia en la Copa América) en
el Lago Lehman. «Conocí la mar en la Marina Mercante
en la que estuve enrolado cuatro años como marinero timonel...
Siempre he buscado este mundo. La mar es el espacio, el horizonte...».
Un osito en el camarote
Stamm reside ahora en Saint Pabu, un pueblito de Bretaña donde
le esperan su esposa y sus hijas Chloé (8) y Camille (3). En
la cartuja celda de fibra de vidrio y carbono que es su camarote,
Stamm está rodeado de tecnología. Pero detrás
de una antena, embutido contra el mamparo, asoma un osito, un Paddington
Bear con su abriguillo azul y su sueste marino rojo. «Ellas
siempre han conocido a su padre navegando por el mundo. La mayor empieza
ahora a comprender de qué se trata. Sabe que me voy lejos,
que es peligroso... es normal que me haga preguntas», sonríe.
Bernard ha hecho del mar su vida y su profesión. Empezó
diseñando y construyendo un barco de 6,5 metros con el que
participó en la Minitransat, una locura de regata en la que
barcos de esa mínima eslora atraviesan a toda mecha el Atlántico.
Stamm financió su construcción vendiendo vaqueros y
organizando fiestas en barcos.
«¿Por qué en solitario? La soledad es terrible cuando no se elige. Pero si la buscas, no dependes de nadie. Haces las cosas como quieres: las maniobras, la táctica, timonear, cocinar... Si te gusta luchar es un verdadero placer porque la competición es total. Y navegar en alta mar es espectacular, te enfrentas a todo tipo de condiciones: calmas, tempestades. Para mí, la vida es un hombre, un barco y la mar». Stamm tiene ya dos vueltas al mundo sobre las espaldas. En una de ellas, formando parte de la tripulación del 'Orange III', pulverizó el récord de travesía del Atlántico (8 días, 20 horas, 52 minutos) batiendo la marca del 'Mari Cha III', un impresionante barco de 43 metros de eslora. En la otra, ya en solitario, se impuso en 4 de las 5 etapas.
Su intento en la 'Vendée Globe', sin escalas, se saldó con un abandono por problemas mecánicos. «El mundo ha cambiado mucho desde que Knox-Johnston dio la vuelta al mundo, pero hacerlo sigue siendo una aventura. Como cruzar el Atlántico. Son los medios de comunicación los que parecen haber convertido la cuestión en algo banal. Es difícil explicarlo. Mire, si se toma este oficio como algo banal se vuelve muy peligroso. La mar no tolera errores. Te destroza», concluye el marino suizo. Quedan horas para enfrentarse al reto. El tumultuoso Atlántico, las desesperantes calmas ecuatoriales, el anticiclón de Santa Helena y, por fin, el indómito Sur.
«Esta navegación tiene peligro. Dependemos del azar,
de no tropezar contra algo que flote entre dos aguas, de no chocar
con las ballenas, ellas, al fin, están en su casa... Luego
están los icebergs y los growlers. Sabemos por dónde
se mueven...».
Icebergs en el gran Sur
-La regata les obliga a no ganar demasiado Sur (la ruta sería
más corta, pero, también, más peligrosa al entrar
en el dominio de los icebergs y fuera de las áreas a las que
pueden acceder los equipos de salvamento) por lo que ha establecido
unas puertas de paso. ¿Qué opina de estas limitaciones?
-Que son para todos. Pero... allí abajo cada uno debería
tomar el camino que decidiera. Ahora, no. Ahora nos obligan a ir a
unos puntos determinados sean cuales sean las condiciones. El Sur
es muy grande.Allí decidiremos los rumbos, no la posición
de las puertas.
-Usted recuerda la vuelta al mundo en que Giovanni Soldini tuvo que
dar media vuelta para rescatar a Isabelle Autissier en el mar antártico,
su barco había volcado y estaba en peligro de muerte...
-Sí. Y ahora hay más peligro porque hay más
hielo suelto que en la época de Isabelle. Se funde más.
Vamos a encontrarnos hielo y más al Norte.
-¿Por qué hace esto?
-Para mí navegar 'en solo' es todavía algo romántico
aunque ya no es como en tiempos de Moitessier o Tabarly. Ellos no
conocían los lugares a los que llegaban, los descubrían.
Eran como Cristóbal Colón. Hoy hemos visto esas zonas
en televisión, tenemos imágenes por satélite,
sabemos qué tipo de viento sopla... Aún así el
Sur no es hospitalario, se lo aseguro. Allí no hay tierra que
frene al viento, gira y gira sin cesar alrededor de la Antártida...
Hace mucho más frío que en Suecia o Canadá. Los
cambios de temperatura son bruscos. Hay grandes olas a menudo. De
12 metros. Sí. Los senos entre ellas miden lo que un campo
de fútbol. Nuestro trabajo es surfear entre esas olas gigantes.
Pero bueno, este oficio también tiene sus compensaciones. He
podido ver un arco iris de Luna. Es algo raro, de color amarillo y
gris.
-¿Cómo se siente en tierra?
-Hummmm. Vivo como un salvaje. En el barco es el ritmo biológico
el que dicta el tiempo. Aquí es otra cosa. No tengo nada contra
la sociedad. Hay mucha gente viviendo cerca unos de otros. ¿Pero
sabe? Creo que eso no quiere decir que se sientan a gusto viviendo
juntos.