Bernard Stamm: «Vivo como un salvaje»

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País: Suiza
Edad: 37 años
Barco: 'Poujoulat Cheminées'
Casado con Catherine, dos hijas. Ha completado dos vueltas al mundo (se retiró en una Vendée Globe). Ganador de la Around Alone 2002-2003. Tuvo en su poder el récord de millas recorridas en 24 horas. Su barco, el 'Cheminées Poujoulat', es diseño de Pierre Roland y ha sido construido por él mismo. El mástil mide 28 metros.

JULIÁN MÉNDEZ / BILBAO, 18 de octubre


Bernard Stamm los tiene bien puestos. En julio de 2004 competía con su velero, el 'Cheminées Poujoulat', en una loca carrera a través del Atlántico, la Transat, cuando su Open 60 perdió parte de su orza y dio la vuelta quedándose con la quilla al sol a 400 millas al sur de Terranova. «Había salido a reducir vela porque notaba que, a partir de cierta velocidad, el bulbo se movía. Era peligroso. Acababa de entrar cuando la quilla empezó a dar golpes. Con el último, el barco se acostó. Tuve el tiempo justo de llamar por radio a la organización para dar mi posición antes de que todo se fuera al garete. Medio minuto después estaba en el techo. La situación era normal, navegaba con vientos de popa de 40 ó 45 nudos. Era duro, sin más...»

Stamm recuerda ahora aquellos momentos terribles con cierto desapego, como si la cosa no fuera con él. Pero es el hombre que estuvo perdido en mitad del Atlántico y que vive para contarlo, un club con muy pocos socios. «Al principio tuve que protegerme porque empezaron a caerme cosas encima desde 6 metros de altura. Hay que tener cuidado de que la cadena del ancla no te abra la cabeza, por ejemplo. El barco se vuelve muy agresivo, así que hay que conservar la calma, buscar el equipo de supervivencia, la puerta estanca de salida y organizar la espera. Como no tuve tiempo de cerrar, el buque se llenó de agua. El mar cubría la mesa de cartas y hacía bastante frío. Tuve que esperar...»

Las horas pasaban para Stamm en aquel paisaje aterido. Mientras, la organización ponía en marcha la operación de rescate. La casualidad quiso que el marino tuviera al lado de su refugio de fortuna una emisora VHF (que no debería haber estado encendida) por la que oyó algunas voces. Se asomó por la trampilla del velero y vio un avión canadiense que sobrevolaba el pecio. Radiaron su posición y un petrolero, el 'Emma', se desvió de su ruta para atender al náufrago. Había pasado 10 horas perdido.

«Los del petrolero se portaron de cine. Echaron al agua una lancha de salvamento, pero el motor no funcionó. Así que pasaron a mi lado para que pudiera saltar. Había olas de 4 metros, el mercante danzaba entre ellas. Se arriesgaron mucho para salvarme. Tuve que abandonar mi barco», suspira.

Un marino sin mar

Por poco tiempo. Una vez desembarcado en Saint Johns desde el patrullero 'Jean Charcot', Stamm consiguió a todo correr un rompehielos con el que fue en busca de su velero. Emplearon tres días, pero al final lo encontraron. El navegante suizo se ofreció para bucear y cortar el mástil y el aparejo para poder remolcarlo a tierra. Hoy, ese mismo barco está amarrado en el Puerto Deportivo de Getxo. Hombre, Stamm ha tenido que introducir algunos cambios como instalar depósitos de lastre bajo el compartimento central, lo que confiere a su camarote el aspecto de una estrecha mazmorra. Pero todo le viene bien a este hombre nacido en un país sin mar y que aprendió a navegar (como Ernesto Bertarelli, patrón del 'Alinghi' que compite en Valencia en la Copa América) en el Lago Lehman. «Conocí la mar en la Marina Mercante en la que estuve enrolado cuatro años como marinero timonel... Siempre he buscado este mundo. La mar es el espacio, el horizonte...».

Un osito en el camarote

Stamm reside ahora en Saint Pabu, un pueblito de Bretaña donde le esperan su esposa y sus hijas Chloé (8) y Camille (3). En la cartuja celda de fibra de vidrio y carbono que es su camarote, Stamm está rodeado de tecnología. Pero detrás de una antena, embutido contra el mamparo, asoma un osito, un Paddington Bear con su abriguillo azul y su sueste marino rojo. «Ellas siempre han conocido a su padre navegando por el mundo. La mayor empieza ahora a comprender de qué se trata. Sabe que me voy lejos, que es peligroso... es normal que me haga preguntas», sonríe. Bernard ha hecho del mar su vida y su profesión. Empezó diseñando y construyendo un barco de 6,5 metros con el que participó en la Minitransat, una locura de regata en la que barcos de esa mínima eslora atraviesan a toda mecha el Atlántico. Stamm financió su construcción vendiendo vaqueros y organizando fiestas en barcos.

 

«¿Por qué en solitario? La soledad es terrible cuando no se elige. Pero si la buscas, no dependes de nadie. Haces las cosas como quieres: las maniobras, la táctica, timonear, cocinar... Si te gusta luchar es un verdadero placer porque la competición es total. Y navegar en alta mar es espectacular, te enfrentas a todo tipo de condiciones: calmas, tempestades. Para mí, la vida es un hombre, un barco y la mar». Stamm tiene ya dos vueltas al mundo sobre las espaldas. En una de ellas, formando parte de la tripulación del 'Orange III', pulverizó el récord de travesía del Atlántico (8 días, 20 horas, 52 minutos) batiendo la marca del 'Mari Cha III', un impresionante barco de 43 metros de eslora. En la otra, ya en solitario, se impuso en 4 de las 5 etapas.

 

Su intento en la 'Vendée Globe', sin escalas, se saldó con un abandono por problemas mecánicos. «El mundo ha cambiado mucho desde que Knox-Johnston dio la vuelta al mundo, pero hacerlo sigue siendo una aventura. Como cruzar el Atlántico. Son los medios de comunicación los que parecen haber convertido la cuestión en algo banal. Es difícil explicarlo. Mire, si se toma este oficio como algo banal se vuelve muy peligroso. La mar no tolera errores. Te destroza», concluye el marino suizo. Quedan horas para enfrentarse al reto. El tumultuoso Atlántico, las desesperantes calmas ecuatoriales, el anticiclón de Santa Helena y, por fin, el indómito Sur.

 

«Esta navegación tiene peligro. Dependemos del azar, de no tropezar contra algo que flote entre dos aguas, de no chocar con las ballenas, ellas, al fin, están en su casa... Luego están los icebergs y los growlers. Sabemos por dónde se mueven...».

Icebergs en el gran Sur

-La regata les obliga a no ganar demasiado Sur (la ruta sería más corta, pero, también, más peligrosa al entrar en el dominio de los icebergs y fuera de las áreas a las que pueden acceder los equipos de salvamento) por lo que ha establecido unas puertas de paso. ¿Qué opina de estas limitaciones?

-Que son para todos. Pero... allí abajo cada uno debería tomar el camino que decidiera. Ahora, no. Ahora nos obligan a ir a unos puntos determinados sean cuales sean las condiciones. El Sur es muy grande.Allí decidiremos los rumbos, no la posición de las puertas. 

-Usted recuerda la vuelta al mundo en que Giovanni Soldini tuvo que dar media vuelta para rescatar a Isabelle Autissier en el mar antártico, su barco había volcado y estaba en peligro de muerte...

-Sí. Y ahora hay más peligro porque hay más hielo suelto que en la época de Isabelle. Se funde más. Vamos a encontrarnos hielo y más al Norte.

-¿Por qué hace esto?


-Para mí navegar 'en solo' es todavía algo romántico aunque ya no es como en tiempos de Moitessier o Tabarly. Ellos no conocían los lugares a los que llegaban, los descubrían. Eran como Cristóbal Colón. Hoy hemos visto esas zonas en televisión, tenemos imágenes por satélite, sabemos qué tipo de viento sopla... Aún así el Sur no es hospitalario, se lo aseguro. Allí no hay tierra que frene al viento, gira y gira sin cesar alrededor de la Antártida... Hace mucho más frío que en Suecia o Canadá. Los cambios de temperatura son bruscos. Hay grandes olas a menudo. De 12 metros. Sí. Los senos entre ellas miden lo que un campo de fútbol. Nuestro trabajo es surfear entre esas olas gigantes. Pero bueno, este oficio también tiene sus compensaciones. He podido ver un arco iris de Luna. Es algo raro, de color amarillo y gris.

-¿Cómo se siente en tierra?


-Hummmm. Vivo como un salvaje. En el barco es el ritmo biológico el que dicta el tiempo. Aquí es otra cosa. No tengo nada contra la sociedad. Hay mucha gente viviendo cerca unos de otros. ¿Pero sabe? Creo que eso no quiere decir que se sientan a gusto viviendo juntos.


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