Bach: Variaciones Goldberg
Haendel: Marcha fúnebre de Saul
  1. EL PROGRAMA
  2. GANADORES DE ENTRADAS
  3. SELECCIÓN MUSICAL

Dos músicos de vidas paralelas

El mismo oftalmólogo dejó ciegos a ambos



CÉSAR COCA

El invierno de 1685 fue el más afortunado que se recuerda en la historia de la música. Justo el día que terminaba la estación, el 21 de marzo, nacía en Eisenach Johann Sebastian Bach. Cuatro semanas antes, el 23 de febrero, Georg Friedrich Haendel había visto la luz en Halle, una ciudad situada muy cerca de Leipzig, donde el más ilustre representante de la más numerosa familia de músicos de la que se tiene conocimiento residiría los últimos 26 años de su vida. No son sino algunos puntos de conexión entre los muchos que vinculan a los dos compositores que dominaron la recta final del período barroco. Dos vidas de alguna forma paralelas, en el momento mismo de su existencia y más tarde en los libros que analizan lo mejor de la producción cultural europea en el siglo XVIII y por extensión en la historia de la civilización.

Ambos músicos –como la mayoría en aquella época– estuvieron obligados a trabajar para la Iglesia y la corte, aunque Bach lo hizo sobre todo para la primera y Haendel en especial para la segunda. Sin embargo, en la vida de los dos hay testas coronadas que resultaron fundamentales. En el caso de Haendel, fue Jorge II, el rey en cuya corte trabajó los últimos 36 años de su vida. Para él compuso himnos, la célebre ‘Música para los fuegos artificiales’ (que se interpretó en Green Park durante la celebración de la paz de Aquisgrán, en 1749) y a él le dedicó varias composiciones más, entre ellas alguna ópera. La relación de Bach con las cortes de los pequeños estados que formaban entonces lo que hoy es Alemania fue menor. Pero hay un nombre que está vinculado indisolublemente al músico de Eisenach: Federico el Grande. Le conoció con motivo de un viaje a Postdam, donde residía su segundo hijo. Corría el año 1747 y el emperador, que sabía de su fama, le hizo llamar y le pidió que improvisara para él. Allí, Bach esbozó lo que más tarde sería la ‘Ofrenda musical’, un trabajo soberbio que tiene algo de enigmático. No falta quien ha querido ver claves ocultas en la partitura.

Los dos músicos fueron muy célebres en su tiempo, pero el reconocimiento no fue permanente. Bach tenía un rival que le ganaba en popularidad y por extraño que parezca también en productividad: Telemann. Cuando Haendel, confiado en la fama que le daba haber compuesto obras para el rey, se decidió a ser empresario teatral y programar sus propias obras, cosechó más de un sonoro fracaso, mientras compositores muy menores triunfaban.
Los últimos años de ambos estuvieron caracterizados por la estabilidad creativa y personal. Vistos en los retratos de su tiempo, pudieran incluso confundirse: orondos, con sus pelucas blancas, seguros de sí mismos, bien relacionados, pero no sin tensiones con las autoridades, aclamados improvisadores que admiraban a cuantos les escuchaban... Bach estaba casado (lo estuvo dos veces, tuvo veinte hijos en total), Haendel no contrajo matrimonio pero se le conocieron algunas amistades femeninas. Quizá esa falta de compromisos familiares le permitió hacerse con una pequeña colección de obras de arte: a su muerte había en su casa varios cuadros de gran mérito, entre ellos dos pintados por Rembrandt.

Otro paralelismo les estaba aún reservado. A comienzos de 1750, la vista de Bach se había resentido en gran medida a causa de unas cataratas. Recurrió entonces a un célebre oftalmólogo que tenía una consulta itinerante por toda Europa: John Taylor. Dos intervenciones y el posterior tratamiento le dejaron definitivamente ciego y acortaron su vida. Murió el 28 de julio. En esos meses, Haendel estaba haciendo el que habría de ser su último viaje al continente. Una gira accidentada, porque la diligencia en la que se desplazaba volcó y a punto estuvo de morir. No fue así. Volvió a Londres y siguió componiendo. Al año siguiente, comenzó a ver mal. Los médicos le diagnosticaron cataratas. Le atendieron varios especialistas, pero ninguno dio con el remedio adecuado. Años después, se puso en manos de John Taylor. El resultado es el que cabe imaginar: ceguera total. Murió el 14 de abril de 1759 y fue enterrado en la abadía de Westminster. A partir de ese momento, la historia iba a presentar sus nombres de forma inseparable: Bach y Haendel, Haendel y Bach dominan la última parte del barroco en el norte y centro de Europa.