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Piotr Ilich CHAIKOVSKI.

Humano, demasiado humano

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CÉSAR COCA

El compositor y director Piotr Ilich Chaikovski conseguía éxito tras éxito; el hombre vivía sumido en la desesperación


El más fecundo creador de melodías de la historia de la música, al menos desde Mozart, fue un niño nervioso y frágil, que sufrió un profundo desgarro cuando murió su madre, víctima del cólera, y que nunca pudo superar el miedo a que trascendiera su homosexualidad. Piotr Ilich Chaikovski, «el más ruso de todos los compositores rusos», en palabras de Igor Stravinski, es también el más humano, en el sentido de que nadie como él puso tanto de sí mismo en cada nota. Sus alegrías y sus penas están en sus obras. Por eso hay un Chaikovski que se hace niño en el ‘Cascanueces’, otro que goza de la primavera romana y las tarantelas en el ‘Capricho italiano’ y otro que siente la llamada del amor en ‘Romeo y Julieta’. Pero enfrente hay un Chaikovski que percibe que el drama de su vida terminará por aplastarle, en el poema sinfónico ‘Fatum’, que sufre el desgarro del fallecimiento de su profesor Rubinstein en el Trío, o que termina por aceptar la muerte y se despide con la música más dolorosa que cabe oír en una sala de conciertos: el último movimiento de la Sinfonía ‘Patética’.

Su origen social le tenía reservado un puesto entre la clase acomodada de San Petersburgo. Hijo de un ingeniero y una mujer culta y sensible de origen francés, Chaikovski (1840-1893) aprendió pronto a tocar el piano. La presión familiar le llevó a estudiar Derecho y nada más terminar los estudios comenzó a trabajar en el Ministerio de Justicia. Pero no quería dejar de lado la música, y se matriculó en el conservatorio. Su primera obra fue dirigida en el estreno nada menos que por Johann Strauss. Pudo ser un signo del destino que aplastaba al compositor a cada paso, porque con el tiempo habría de componer algunos de los valses más bellos y conocidos, como el célebre ‘Vals de las flores’ del ‘Cascanueces’.

Chaikovski llegó a ser profesor en el conservatorio de Moscú y más tarde fue ‘becado’ por Nadezha von Meck, la mujer más rica de la ciudad, para que tuviera libertad de componer cuanto quisiera sin verse obligado a aceptar servidumbres de ningún tipo por razones económicas. El mecenazgo de von Meck, que también tuvo bajo su protección a un cuarteto en el que figuraba al violín un joven llamado Claude Debussy, duró hasta que llegó a sus oídos un rumor sobre la homosexualidad del músico. Años antes, esos rumores habían llevado a Chaikovski a tomar una decisión precipitada y que pronto se reveló errónea. Para acallar las habladurías, se casó con Antonina Miliukova, una antigua alumna de la que no se sabe muy bien si estaba enamorada o buscaba la notoriedad. El matrimonio fue un fracaso desde el primer día y tuvo un coste demasiado alto para ambos: ella terminó con un grave desequilibrio mental y él intentó suicidarse.

A partir de ahí se agranda la distancia entre los dos personajes que conviven en su alma: el Chaikovski público triunfa con sus composiciones y como director. Sus obras cosechan enormes éxitos y su gira con la batuta por los Estados Unidos (inauguró el Carnegie Hall, de Nueva York) es una continua aclamación. Pero cuando se apagan las luces, el otro Chaikovski vive sumido en la desesperación y no halla salida a sus problemas. Uno es muy grave: le amenazan con una especie de ‘tribunal de honor’ que deberá juzgar su homosexualidad y hacerla pública. Durante meses se tortura ante esa eventualidad. Mientras, compone la Sinfonía ‘Patética’, que se estrena en el otoño de 1893. Horas después, bebe un vaso de agua del grifo en mitad de una epidemia de cólera. Contrae la enfermedad y muere. Alguien, por lo bajo, se atreve a decir lo que toda la sociedad musical de San Petersburgo sabe pero no quiere reconocer: que el compositor, el niño de porcelana que siempre fue, no ha podido resistir más y ha puesto fin a su vida. Humano, demasiado humano.

c.coca@diario-elcorreo.com





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