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LA MIRADA (Opinión).

1812

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MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN


Los músicos toman a veces canciones de su tierra, le ponen el nombre de ésta a sus composiciones: Finlandia, Iberia, el Moldava… A veces, cuando esto sucede, los redactores de programas se arman un lío entre el patriotismo y el nacionalismo. El patriotismo viene de los padres. Es patriota el que quiere a sus padres, los paisajes de su infancia, a sus vecinos más amables. Ser más o menos patriota es lo natural, salvo cuando la patria es una cruel madrastra. El nacionalismo es un sentimiento patriótico unido a la desazonadora sospecha (fundada o no) de que existen fuerzas ajenas (otros países, determinadas ideologías) conjuradas para perjudicarnos.

En la Rusia de finales del XIX, los compositores del llamado ‘Grupo de los Cinco’ se definieron como nacionalistas. Chaikovski, en cambio, es un patriota ocasional y difuso. Toma a veces algunas de esas canciones populares que consiguen convertirnos en rusos por un instante, pero las armoniza con los hallazgos de sus predecesores en todas las naciones. Habla desde niño francés y alemán, viaja por Europa y América, le condecoran en París y recibe el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Cambridge.

La ‘Obertura 1812’ es una vibrante descripción de la campaña de Rusia. Han pasado setenta años de los hechos cuando la escribe (es una pieza de encargo para celebrar fastos patrióticos), pero apenas quince desde la publicación de ‘Guerra y paz’. La Marsellesa’ irrumpe en las estepas, crece en Smolensko y Borodino. Pierre Bezhukov, uno de los personajes más extraordinariamente humanos de la literatura universal, deambula por Moscú en llamas. Napoleón está perplejo ante la ausencia del zar, quien debería presentarse para firmar la capitulación, de acuerdo con el código de las guerras honorables. Entonces ordena el disparate de la retirada en pleno invierno, por los caminos nevados. El himno zarista crece solemne y suenan las campanas en las cúpulas de oro. Los zares retrasan cien años la revolución y la modernidad, pero hasta el melancólico Chaikosvski, aquella «criatura de porcelana», como le llamaba su institutriz suiza, se emociona por un momento, como un padrecito, al pensar en la patria.






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